Puntos
de Vista
Análisis y opinión sobre energía
y política
América
Latina y el Big Bang Occidental
Por
Carlos Alberto Montaner
Iniciemos
estos papeles con un hurto. Robémosle una palabra a la
astrofísica y llamémosle big-bang. Ahora, arbitrariamente,
con el objeto de entendernos, califiquemos ese fenómeno
como “occidental”, palabra siempre sospechosa cuando
sabemos que estamos precariamente instalados sobre una esfera
que gira vertiginosamente. En todo caso, hace varios millares
de años, en la llamada Mesopotamia asiática, en
un entorno cultural semítico, aproximadamente entre el
Tigris y el Eufrates, donde la Biblia sitúa el Paraíso,
se produjo una singular explosión cultural que puso en
marcha una todavía inacabada onda expansiva: fue el confuso
inicio del big-bang occidental.
De manera
espontánea, y sin que nadie lo programara o advirtiera,
el destino de diferentes pueblos, más o menos vecinos,
comenzó a encadenarse en direcciones paralelas. A lo largo
del tiempo, de mucho tiempo, sumerios, caldeos, acadios, judíos,
árabes, fenicios, egipcios, griegos, etruscos, romanos,
y otra buena docena de etnias y civilizaciones, fueron mezclando
mitos e informaciones, hallazgos y descubrimientos, formas de
hacer la guerra, teogonías y teodiceas, éticas y
estéticas, comportamientos y valores, hasta constituir
de forma imprecisa el núcleo fundacional de eso a lo que
hoy llamamos Occidente y en el pasado denominamos Hélade,
Roma o Cristiandad, porque la definición cambiaba de contorno
y sucesivamente podía afincarse en expresiones culturales
de diversa entidad que iban sintetizándose y subsumiéndose
en un riquísimo proceso de asimilación y mezcla.
En su momento,
posteriormente, los pueblos celtas, germanos y eslavos fueron
atrapados y agregados a la onda expansiva que a cámara
lenta barría y, de alguna manera, unificaba el espacio
europeo y buena parte de Asia menor y África, pero el rasgo
esencial de la cultura que se estaba gestando mantenía
como signo básico de identidad ese carácter proteico
y mestizo. Incluía a la Crónica de Gilgamesh y a
Homero, al Zigurat y al Partenón, a la Biblia, al Libro
de los muertos y a las sagas nórdicas. Todo era asumible
y provechoso. Los jeroglíficos egipcios acababan pariendo
el alfabeto grecolatino por intermediación de los fenicios.
Los signos hindúes, siglos más tarde, eran traídos
de contrabando por los árabes para forjar un nuevo sistema
de numeración. Las disquisiciones de los estoicos teñían
el judeocristianismo con una nueva dimensión ética.
Aristóteles y Platón, siglo tras siglo, morían
y renacían con cada generación que se asomaba a
sus escritos desde cualquier lengua indoeuropea. En algún
momento, comparecieron Santo Tomás de Aquino, Erasmo y
Descartes, heraldos que anunciaban a Kant, Husserl o a Ortega
y Gasset. Copérnico y Galileo se prolongaron en Newton
y en Einstein. Giotto, Leonardo y Caravaggio, tras detenerse en
Velásquez y Manet devinieron en Picasso. Es fácil
descubrir los antecedentes de Locke: están en el judío
Zenón que predicaba en Atenas la doctrina de los derechos
naturales o en los romanos que grabaron en bronce sus leyes siglos
antes del nacimiento de Cristo, prefigurando el moderno constitucionalismo.
Occidente es siempre filiación, tradición y continuidad.
Cambia, a veces vertiginosamente, para permanecer fiel a sus orígenes.
“Europa”
no es el inicio del big-bang sino una de sus etapas más
significativas. Alguna vez el corazón de la onda expansiva
estuvo en Ur, donde acaso surgió el fenómeno. Eventualmente,
se trasladó al Egipto de los faraones, a Atenas, a Cartago,
a Roma, a Constantinopla o a la Aquisgrán de Carlomagno.
En cierto instante de fines del siglo XV, el azar histórico
y la evolución de la cartografía en el Mediterráneo,
más las técnicas de navegación perfeccionadas
por los portugueses, colocaron sobre el océano Atlántico,
entonces desconocido, tres frágiles barquichuelos comandados
por un marino visionario y terco nacido en Génova. Se llamaba
Cristóbal Colón y, apoderado por la reina castellana,
se empeñaba en llegar a las islas de las especias, en las
cercanías de China, para enriquecerse con un cargamento
de estos apreciados condimentos, entonces tenidos por medicinales,
o acaso con pepitas de oro, si se lo deparaba la suerte y conseguía
regresar vivo a Europa con su apreciada mercancía.
Aparece América
Lo que entonces
ocurrió lo conocemos todos: de improviso apareció
un continente, hasta ese momento insospechado desde la perspectiva
del viejo mundo, y el milenario big-bang, como hacen los huracanes
sobre el Atlántico, cobró un nuevo ímpetu
al chocar con tierras americanas. Casi inmediatamente, un diluvio
antiguo e inacabable de animales, plantas, artefactos y construcciones
culturales cayó de manera incesante sobre América.
El cristianismo, los caballos, el alfabeto, los libros, el románico,
el gótico, el barroco, el trazado en cuadrícula
de las ciudades, las lenguas europeas, la pólvora, los
cañones, las catedrales y conventos, las universidades:
todo llegó como un torrente incontenible que a su paso
fue barriendo el perfil de los pueblos precolombinos hasta arrinconar
a los supervivientes en una orilla insignificante y melancólica
de la historia. Les ocurrió a todos los pueblos autóctonos:
en el norte, a los comanches o a los apaches; más al sur,
a aztecas y mayas, a incas y guaraníes. Eran cientos de
pueblos que hablaban -dicen- millares de idiomas y dialectos.
Fue un vasto
e implacable etnocidio, pero no se trataba de un fenómeno
nuevo ni único: eso también había ocurrido
dentro de las propias y elásticas fronteras de Occidente.
Del primigenio mundo mesopotámico sólo quedaban
vestigios arqueológicos y algunos rastros lingüísticos.
El panteón de los dioses paganos se había extinguido
bajo el peso del cristianismo sin dejar otra herencia que unas
cultas referencias en beneficio de poetas y filósofos.
Ciertas culturas gloriosas, como la fenicia o la egipcia, se disiparon
en la bruma dejando como homenaje a sí mismas algunos monumentos
misteriosos. En el espacio europeo, decenas de pueblos prerromanos
desaparecieron al paso implacable de las legiones. El big-bang
era así: una fuerza irresistible y ciega que con el mismo
ímpetu con que derribaba pueblos y civilizaciones facilitaba
el liderazgo y encumbramiento de nuevos agentes históricos.
Como Occidente,
pese a la palabra, no es un concepto geográfico, sino un
quehacer y una cosmovisión, la cúpula no le estaba
vedada a nadie: germanos y anglosajones sustituyeron paulatinamente
a los pueblos latinos como motor central de la historia. Pero
luego se abrieron paso los asiáticos, comensales tardíos
a la mesa de la revolución industrial. Primero los japoneses
se incorporaron vigorosamente al quehacer occidental. Más
tarde los imitaron surcoreanos y singapurenses. Luego, recientemente,
llegaron los chinos, sabios y viejos, taiwaneses y continentales,
y hoy están instalados a la cabeza del mundo, o en su proximidad,
junto a europeos y norteamericanos, mientras los hindúes
comienzan a asomarse en el horizonte. Todos escalaron esas cimas
esgrimiendo las mismas armas desarrolladas por Occidente: racionalidad,
ciencia, tecnología, comercio furioso, colaboración,
competencia y culto por el progreso creciente. El proceso era
obvio: primero se imitaba, luego se innovaba, posteriormente,
se creaba con originalidad. Así se explica la historia
de Roma, construida sobre peldaños etruscos y griegos.
Así se entiende la gloria de la Europa carolingia, edificaba
cuando los pueblos germánicos sustituyeron el liderazgo
del debilitado mundo latino, abriéndole la vía a
la eventual irrupción de los anglosajones.
Este atropellado
recuento no es ocioso. Sirve para ilustrar el inmenso error que
significa juzgar con un estrecho criterio ético los efectos
del big-bang cultural occidental al otro lado del Atlántico,
como suele escucharse entre los llamados enemigos de Occidente,
seres permanentemente agraviados por el atropello de que fueron
víctimas los pueblos precolombinos a partir de 1492. Consuela
recordarlo: toda hegemonía tenía y tiene un componente
avasallador. Las quejas de los indigenistas latinoamericanos poseen
el mismo peso moral que si los españoles y portugueses
les reclamaran a Italia, humillados y ofendidos, la extinción
de las culturas prerrománicas. Por otra parte, el big-bang
occidental ni siquiera era un fenómeno único aunque
haya sido el más poderoso y duradero que recuerda la historia.
En la propia América, a la llegada de los europeos, a otra
escala ocurría algo parecido. Los aztecas, deudores de
los olmecas y toltecas en Mesoamérica, y los incas en Sudamérica,
fagocitaban a otras etnias y culturas americanas incorporándolas
por la fuerza o la intimidación a un núcleo civilizado
superior en desarrollo y organización.
Lo que sucedió
a los pobladores autóctonos de América tras la llegada
de los europeos no fue otra cosa que una variante de esa misma
tendencia centrípeta que se observa en la permanente interacción
entre los grupos humanos. Tradicionalmente, los que poseen mayor
complejidad social y una base material o intelectual más
sólida, imponen su modelo de civilización. Lo único
acaso diferente en la trayectoria del big-bang occidental es la
ininterrumpida continuidad en el tiempo, su exitosa implantación
y el carácter planetario que posee, dado que ya abarca
todos los continentes, aunque con diferentes grados de penetración,
como podemos ver en ciertos espacios asiáticos o en África
subsahariana, zonas del mundo hasta ahora escasamente influenciada
por Occidente.
América
como parte de Occidente
Una vez hechas
estas observaciones preliminares miremos a la América latina
contemporánea. ¿Qué vemos? Unas sociedades
que se comunican en idiomas europeos, mayoritariamente rezan a
Jesucristo, y con diversos grados de dificultad, al menos teóricamente,
organizan sus Estados de acuerdo al modelo republicano liberal
concebido durante la Ilustración en el siglo XVIII, luego
mixturado y adulterado con componentes tomados del autoritarismo
fascista, el caudillismo militarista y el colectivismo marxista.
Casi todo lo que allí acontece –lo bueno y lo malo-
nos remite siempre a las raíces europeas.
Las ciudades
se trazaron con la cuadrícula propuesta por Vitrubio. Los
templos tienen planta románica, gótica o barroca,
especialmente barroca. Las ciudades modernas están llenas
de edificios construidos con el ojo del modernismo, de la Bahaus,
del funcionalismo hecho de altura, acero y cristal. La mentalidad
social o cosmovisión proviene del Viejo Continente. Incluso
los excesos y disparates tienen ese origen.
¿Qué
es América Latina (como Estados Unidos o Canadá)
sino una deriva de Europa? ¿Qué son nuestros populistas
colectivistas sino rezagos extemporáneos de Marx? ¿Qué
son (o fueron) nuestros fantoches militares, o algunos civiles
autoritarios, convertidos en dictadores, sino herederos del fascismo
europeo? ¿Dónde, sino de una mala lectura de Keynes,
tomaron nuestros políticos populistas sus ideas inflacionistas
y estatistas para justificar el abultado gasto público?
América Latina, pues, aun cuando en una orilla del Atlántico
lo nieguen los indigenistas, y en el Viejo Continente o en Estados
Unidos lo pongan en duda algunos escépticos, no es otra
cosa que una de las zonas más vastas de Occidente, aunque
sea la más pobre, atrasada y convulsa.
El pariente
pobre
Admitamos,
pues, que América Latina es el pariente pobre de Occidente.
¿Qué se hace con los parientes pobres? El Primer
ministro británico, Tony Blair, dijo recientemente algo
con relación a España e Irlanda que vale la pena
tomar en cuenta. Refiriéndose a los fondos de cohesión
otorgados por la Unión Europea (UE) a estas dos naciones,
llegó a la conclusión de que se justificaban por
los espléndidos resultados obtenidos con el desarrollo
de estos dos países. Según sus datos, las transacciones
anuales entre Gran Bretaña y España alcanzaban ya
los cuarenta mil millones de dólares. Blair se congratulaba
del éxito de España porque sabía que la prosperidad
de una nación le conviene al resto del planeta. Entendía,
como toda persona inteligente e informada, que a nosotros nos
beneficia la riqueza del otro.
Ese razonamiento
también es válido con relación a América
Latina. A la UE le conviene que desaparezca o se reduzca sustancialmente
la pavorosa cifra de doscientos millones de pobres que pululan
en América Latina. Si hoy China, de un plumazo, es capaz
de comprar 2000 autobuses a la Volvo sueca, o está a punto
de efectuar en Occidente la mayor compra de aviones comerciales
de la historia, es porque las reformas económicas en dirección
del mercado y de la existencia de propiedad privada han rescatado
de la miseria a 300 o 400 millones de chinos que hoy tienen formas
de producción y hábitos de consumo parecidos a los
de Occidente.
Naturalmente,
aunque fuera en beneficio de todos, no sería sensato, realista
ni factible esperar una transferencia de recursos económicos
desde la UE hacia América Latina para conseguir el desarrollo
de la región, pero abrir los mercados europeos y hacer
un esfuerzo para integrar a esta región en los circuitos
económicos, tecnológicos y, de alguna manera, políticos,
parecería una decisión sabia y universalmente conveniente
a ambos lados del Atlántico, de la que se beneficiarían
cientos de millones de consumidores y miles de productores.
Es un error
circunscribir Europa a su exclusiva dimensión geográfica
y circunscribir a ésta un justo trato comercial. La distancia
cultural que separa a un argentino o a un cubano de un español
o de un italiano tal vez es menor que la que separa a un danés
de un griego o de un rumano. Las diferencias que uno puede observar
entre los usos y costumbres de un británico y un portugués
son claramente mayores que las que se aprecian entre un portugués
y un brasilero. Son sólo matices una misma y vasta familia,
variada y plural, que por el bien de todos debe hacer un enérgico
esfuerzo por fortalecer los vínculos que la unen.
En 1993, cuando
las autoridades europeas se dieron cita para fijar los requisitos
mínimos que se les exigiría a los próximos
miembros de la UE, los que finalmente ingresaron en el 2004, se
determinaron unos rasgos básicos que pueden resumirse en
cuatro: comportamiento democrático plural, respeto por
el Estado de Derecho y los Derechos Humanos, incluido el rechazo
a la tortura y a la pena de muerte, modelo económico abierto
al mercado y a la competencia, con control de la inflación
y del gasto público, a lo que se añadía una
decisión clara de asumir los compromisos y responsabilidades
que en materia de defensa y otros aspectos imponía la pertenencia
al organismo supranacional.
A estas alturas
de la historia Europa era eso. No había en los Criterios
de Copenhague, como se llamó al acuerdo oficial, una referencia
religiosa o geográfica. No se hacía mención
de requisitos idiomáticos ni de cánones culturales.
Parecía poco, pero no lo era. Esa Europa dibujada con trazos
gruesos era la síntesis última de una gran sociedad
abierta y libre, basada en la racionalidad y la libertad, que
sin olvidar la defensa, renunciaba al uso agresivo de la fuerza
y reconocía la dignidad plena de todas las personas.
Pero esa Europa,
que en la OTAN y en otras instituciones, cuando invoca los lazos
trasatlánticos ya agrega a su horizonte histórico,
cultural, económico y militar a Estados Unidos y a Canadá,
estará incompleta o mutilada si no integra de alguna manera
efectiva en ese circuito a la porción latinoamericana del
planeta, así como a Australia o Nueva Zelanda, otros dos
retoños del tronco europeo desovados en el Pacífico
lejano.
Nada de esto
tiene que ver con una visión de conquista imperial. Parece
obvio que el big-bang cultural occidental, lejos de perder fuerza,
continúa en expansión, como dicen que sucede con
los astros y galaxias en el espacio. Pero desde mediados del siglo
XX esa fuerza avasalladora ha adquirido un comportamiento significativamente
diferente: la conquista de nuevos territorios y la subordinación
de las sociedades a sus usos y costumbres ya no es por la fuerza,
sino por la necesidad de cooperación y por la convicción
moral.
En realidad,
nadie forzó a los soviéticos, a Europa del Este
o a los chinos a abandonar las supersticiones marxistas o la forma
leninista de organizar el Estado o las transacciones económicas.
Lo que los obligó a variar el rumbo fue el peso abrumador
de los resultados de una competencia global que habían
perdido. Es verdad que los ingleses le impusieron su sello cultural
a la India milenaria, pero, tras la independencia del país,
lejos de contemplar un regreso a las tradiciones, lo que observamos
es una creciente y exitosa occidentalización en todos los
órdenes de la convivencia hindú. En la década
de los veinte del siglo pasado, nadie conminó a los turcos,
bajo la mano dura de Attaturk, a secularizar las relaciones entre
la sociedad y el Estado, a cambiar el alfabeto, y a adoptar las
grafías latinas, para acercar su país a las fuentes
culturales europeas: fue la convicción de que ése
era el camino para vencer el evidente proceso de decadencia que
afectaba a Turquía desde el siglo XVIII. Si hoy casi todas
las autoridades educativas del planeta, desde Kasajastan hasta
Burundi, se empeñan en que los estudiantes aprendan inglés
y dominen la computación, es porque hay una aceptación
tácita de que esos son instrumentos de la modernidad occidental,
esenciales para la adquisición de destrezas y conocimientos
que les permitirán desenvolverse con mayores posibilidades
de éxito. Pero qué duda cabe de que con esos saberes,
paulatinamente, también vendrán la creciente necesidad
de adoptar el pluralismo, las libertades políticas y económicas,
el respeto por los derechos humanos y el resto de los rasgos característicos
de la democracia liberal.
Es posible,
pues, que estemos presenciando el triunfo definitivo del big-bang
occidental, con una especie humana cada vez más homogénea
en sus quehaceres vitales y en sus comportamientos civiles. Pero
lo extraordinario de este fenómeno es que no se trata del
triunfo de una nación sobre otra, sino de la hegemonía
de un modo de hacer las cosas. Si hoy la China se perfila como
la segunda potencia planetaria, y quién sabe si dentro
de medio siglo será la primera, ese cetro no le correspondería
de manera permanente, porque el relevo del protagonismo principal
está en la naturaleza misma del big-bang occidental, lo
que objetivamente abre la puerta a las esperanzas latinoamericanas.
Si hace cincuenta años China era más pobre y atrasada
que Bolivia o Ecuador, no hay razón alguna para suponer
que nuestros países estén inevitablemente condenados
al fracaso. Todo depende de que hagan bien su tarea durante un
tiempo prolongado, y nada sería más sano que esa
tarea la llevara a cabo muy cerca de las raíces culturales
a las que indisolublemente pertenece.
Carlos
Alberto Montaner
es escritor y Periodista, nacido en Cuba, vive en España
hace más de 40 años. Autor entre otros libros "Viaje
al Corazón de Cuba". Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue publicado originalmente en en
la revista LETRAS LIBRES, Madrid-México, abril de 2006.
Petroleumworld lo reproduce en beneficio de los lectores.
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