Puntos
de Vista
Análisis
y opinión sobre energía y política
Carlos Mesa y las Manos Manchadas de Sangre

Por Carlos Alberto Montaner
Mesa se retiró como consecuencia de su carácter vacilante frente a la
injusta violencia ejercida por una minoría agresiva.
Carlos Mesa, el ex presidente boliviano, renunció porque no quería
ancharse las manos de sangre. Esa postura demuestra al menos tres cosas: primero, el señor Mesa es una buena persona dotada con un admirable componente de dulzura; segundo, no estaba capacitado para ejercer el poder; tercero, fue una irresponsabilidad total colaborar con la destitución de su antecesor -Gonzalo Sánchez de Lozada- en octubre del 2003 cuando éste
utilizó la fuerza pública para tratar de mantener la seguridad de los
ciudadanos.
Es verdad que hubo varias decenas de muertos, pero la precariedad y la mala preparación de las fuerzas policiales bolivianas, unidas a la agresividad
de los manifestantes, hicieron que fuera casi imposible calibrar la represión
al extremo de dominar los desórdenes sin que se produjera un número
lamentable de muertos.
Quien aspira a ejercer el poder debe saber que la primera responsabilidad
de los gobernantes es guardar el orden público y hacer respetar las leyes. Si
no se está preparado para asumir esa incómoda tarea, aun a riesgo de
derramamiento de sangre, debe dedicarse a otra cosa. El señor Mesa, por
ejemplo, era un historiador imaginativo y un periodista agudo. No debió
abandonar ese ámbito. No servía para mandar. Lincoln, que no era
exactamente un guerrero, fue un gran presidente porque no vaciló en utilizar al
jército para contener la sedición del sur. Tan importante como el decreto que puso fin a la esclavitud fue el que firmó para lanzar sus tropas con el objeto
de mantener la vigencia de la Constitución. En proporción a la población,
desató la guerra con mayor número de bajas nacionales de toda la historia
del país. Los norteamericanos veneran su memoria.
La mayoría de los bolivianos, en cambio, recordarán al señor Mesa como un
hombre amable e irresoluto que le falló a la nación en uno de sus peores
momentos.
Porque no es verdad que Mesa cae por la acción del pueblo. Mesa se retiró
como consecuencia de su carácter vacilante frente a la injusta violencia
ejercida por una minoría agresiva que intimida sin compasión al conjunto de
la población. Esos mineros que desfilan lanzando ''pequeños'' cartuchos de
dinamita, como un recordatorio de que mañana pueden ser grandes, no son el pueblo: son un grupo de matones.
Esos revoltosos que impiden el paso de los vehículos a las ciudades,
sitiándolas como si se tratara de cercar a un castillo medieval, no es el
pueblo que lucha por sus derechos conculcados: es una desalmada pandilla de sacatripas y saltamuros que destrozan sin piedad la convivencia civilizada
de la ciudadanía.
Es cierto que la sociedad boliviana está dividida y desconcertada entre dos
modelos económicos opuestos: el colectivismo comunistoide que propugnan Evo Morales, Felipe Quispe y otros radicales del arco jurásico de la izquierda, frente a quienes desean abrirse al mercado y jugar la moderna carta de la globalización y la democracia, pero el lugar para dirimir esas diferencias no es la calle, sino el Parlamento, y el mecanismo para tomar las decisiones es el voto y no la quema de llantas, las pedradas o los cócteles Molotov contra las oficinas públicas.
Hace varios siglos que en Occidente se aclaró la cuestión: en las ociedades
modernas y bien organizadas, el monopolio de la violencia le corresponde al
Estado por decisión soberana de la sociedad, generalmente expresada en la
legislación. En América Latina se ha olvidado este principio fundamental y
proliferan los ocupadores de tierra, los piqueteros, las maras, las
narcoguerrillas comunistas, los paramilitares y las simples mafias
gangsteriles dedicadas al secuestro, los asaltos y la extorsión.
Pero aún más terrible que la existencia de estos grupos es el elaborado
respaldo ideológico que todos suelen encontrar invocando la pobreza general
como justificación de sus fechorías. Bolivia tiene muy mal arreglo. A
quienes les toque ejercer el poder en medio de la violencia que sacude al
país, habrá que hacerles una pregunta clave: ¿Están dispuestos a recurrir a
la fuerza para garantizar el orden público y el derecho a la vida de la
sociedad? Si dicen que no, o si vacilan, no son aptos para gobernar.
La democracia y el Estado de Derecho a veces exigen mancharse las manos de sangre. Peor es el caos, porque el caos conduce inevitablemente al horror.
Carlos Alberto Montaner es escritor, periodista y columnista que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Los
puntos de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este articulo escrito en Madrid, fue publicado el 12 de junio en El Nuevo Herald, o reproducimos en el interés de los lectores. Petroleumworld en Español
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