El
prestigio del fracaso
Por Jorge Rosales
Chávez ha dado un peligroso giro hacia un
régimen autoritario al obtener del Congreso
la delegación de poderes especiales.
En
selectos círculos de intelectuales y economistas
europeos suele repetirse, no sin un dejo de tristeza,
que América latina -salvo honrosas excepciones-
no puede escapar del prestigio del fracaso. Y cuando
la mirada se posa en los últimos acontecimientos
ocurridos esta semana en Venezuela, Ecuador y Bolivia,
ese pesimismo parece encontrar fundamento.
La
región latinoamericana, siempre cargada de
fuertes contrastes y profundas contradicciones,
cada día pierde más gravitación
en un mundo globalizado que avanza al ritmo de China
y la India, los dos colosos emergentes del siglo
que corre. Por ello, el deterioro institucional
en Venezuela a causa de la concentración
de poder en Hugo Chávez, quien pretende erigirse
en líder continental sentado sobre una abarrotada
caja de petrodólares, llena de sombras e
incertidumbre el futuro de la región, despejado
por los destellos de pragmatismo de Lula, quien
supo comprender para qué había sido
elegido para ocupar la casa de los presidentes en
Brasilia.
Poco
efecto tuvieron en Chávez las advertencias
del mandatario brasileño sobre la necesidad
de que el gobierno de Caracas hiciera un esfuerzo
por preservar las instituciones democráticas.
Tal vez Lula haya conocido de antemano la serie
de medidas radicales que el ex militar golpista
iba a adoptar cuando le aconsejó, tres semanas
atrás en Río de Janeiro, que no tomara
decisiones que pudieran debilitar las instituciones
democráticas en su país. El ex presidente
de Bolivia Jaime Paz Zamora había sugerido,
en una entrevista con LA NACION, que los presidentes
de la región con ascendencia sobre Chávez
tendrían que tratar de contener los desvaríos
del líder de la Revolución Bolivariana.
Y nadie mejor para ello que Lula.
Pero
nada parecen importarle a Chávez las advertencias
a las que lo sometió su colega del Partido
de los Trabajadores brasileño, porque hizo
todo lo contrario.
En
una demostración de fuerza, hizo votar al
Congreso una ley para que le otorgase plenos poderes,
que, en el fondo, significa la desaparición
del Parlamento durante 18 meses. Poco tiempo les
llevó a los legisladores del partido del
presidente aprobar esa norma -gracias a la ausencia
de opositores, porque en una muestra de inmadurez
éstos no concurrieron a las elecciones-,
que el mandatario venezolano bautizó "la
madre de todas las leyes" por tratarse de la
herramienta para avanzar hacia "el socialismo
del siglo XXI".
El
presidente venezolano tendrá un año
y medio para manejar a su antojo y por decreto once
de los dieciocho sectores más sensibles del
país, el quinto productor mundial de petróleo.
De hecho, pasaron pocas horas para que anunciara
que su gobierno tomará el control de los
campos petroleros operados por compañías
transnacionales de los Estados Unidos, Francia,
Noruega e Inglaterra. También quedó
habilitado para transformar las instituciones del
Estado y avanzar en la propagación de mecanismos
de participación popular "de la comunidad
organizada", además de meter mano sin
controles de ningún tipo en la educación,
la seguridad ciudadana y jurídica, en la
ordenación territorial y en el presupuesto,
entre otras áreas.
Todo
se justifica en el lenguaje de este ex militar que,
con el norte puesto en la construcción de
un nuevo modelo que se oponga al capitalismo moderno
adoptado en el mundo, celebra hoy 15 años
del fallido intento de golpe de Estado contra el
entonces presidente Carlos Andrés Pérez.
Tal es el desprecio por la democracia que hasta
se organizaron festejos y un desfile militar.
América
latina asiste, con este paso dado por uno de los
principales financistas del gobierno de Néstor
Kirchner, al peligroso corrimiento de Venezuela
hacia un régimen autoritario, que sólo
deja en la votación popular escasos rastros
de democracia representativa. No es casual, entonces,
que sectores medios y progresistas de ese país
inunden los consulados de países extranjeros
para obtener la documentación que les permita
emigrar.
Ecuador
y Bolivia
Las
dos naciones a las que Chávez ha abrigado,
Ecuador y Bolivia, también presentan signos
de enorme debilidad. Los graves disturbios en el
Congreso de Ecuador encabezados por simpatizantes
del flamante presidente, Rafael Correa, para exigir
una consulta popular con el fin de convocar a una
asamblea para reformar la Constitución fueron
sólo una muestra de cuán lejos puede
llegar esta atribulada nación. Correa, quien
no cuenta con legisladores propios en el Parlamento,
controlado por la oposición, lanzó
una advertencia que quita el aliento: "Esta
es nuestra última oportunidad para hacer
un cambio pacífico en el país. Temo
que si fracasamos, el cambio tendrá que ser
con mucha violencia", dijo el mandatario ecuatoriano
que asumió en los primeros días del
mes pasado y que la semana última recibió
el asesoramiento del gobierno argentino sobre cómo
resolver el problema de la asfixiante deuda que
agobia a su administración.
El
otro país que no logra salir de la crisis
política, económica y social es Bolivia.
La nación gobernada por Evo Morales no puede
superar la encerrona en la que ha caído gracias
a su tozudez ideológica y falta de apertura
hacia otros sectores políticos bolivianos.
El estancamiento en la asamblea constituyente es
una clara demostración de la imposibilidad
de alcanzar acuerdos mínimos con los demás
sectores políticos, sociales y económicos,
que le permitan al gobierno zafar del pasado para
comenzar a mirar hacia el largo plazo.
La
preocupación por el futuro de América
latina no está sólo en el Viejo Continente,
donde los lazos de sangre y relación histórica
permiten una mirada diferente de la que se puede
hacer desde otros países. Los senadores y
diputados demócratas, que desde la derrota
estrepitosa del presidente George W. Bush en noviembre
último controlan el Congreso de los Estados
Unidos y le marcan el ritmo a la política
norteamericana, desviaron la mirada por unos minutos
de Irak para concentrarse en la situación
de sus vecinos latinoamericanos.
¿Puede
tomarse ese gesto como una señal de cambio?
Sí, pero con reservas. En la realidad que
viven hoy los Estados Unidos, cuando los demócratas
se concentran en la región es para castigar
los descuidos de Bush y cuestionar la poca atención
prestada por su administración a los gravísimos
problemas que han ocurrido en el último lustro
al sur del río Bravo.
La
pesadilla de la guerra en Irak y el rechazo masivo
de los norteamericanos a la política de Bush
para esa región han dejado libre el camino
a los demócratas para soñar con recuperar
la Casa Blanca en 2008. Esa hipótesis provoca
en los líderes latinoamericanos autodenominados
progresistas la sensación de que, si finalmente
se cumplen esos pronósticos, buena parte
de los problemas y enfrentamientos con el país
del Norte serán superados. Esa es una mirada
demasiado simple.
Si
los demócratas acceden al poder, es probable
que haya tirantez en el nivel comercial, porque
han sido tradicionalmente más proteccionistas.
No sería descabellado pensar que con el Congreso
en sus manos, los acuerdos de libre comercio ya
firmados con Colombia, Perú y Panamá
sufran alteraciones o no sean aprobados. Es allí
donde se tiene que medir la profundización
de las relaciones, más allá del giro
que se podría dar en el trato cotidiano.
Los
cambios también dependerán de lo que
aquí se haga. América latina seguirá
dependiendo de las decisiones de sus líderes
y el resto de las naciones no detendrá su
marcha para auxiliar a quienes, una y otra vez,
no se resignan a dejar de coquetear con el fracaso.
Jorge Rosales
es periodista, actualmente trabaja en la redacción
de La Nación. Miembro de la Cátedra
Nacional de Economía “Arturo Jauretche”.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de
Petroleumworld.