Vuelta
a Bolivia: Apuntes del Re-entronque

Por
Harold Olmos
Los
párrafos que siguen son apuntes rápidos
al cabo de pocas semanas en Bolivia como observador
de los acontecimientos del país.
Lo
primero que llama mi atención es la frecuencia
con que se habla del “dinamismo” de
los procesos políticos en Bolivia. Hay que
subrayar que en sociedades con fundamentos institucionales
débiles, las experiencias transcurren con
una rapidez mayor que en sociedades con bases institucionales
sólidas. En las últimas, las experiencias
tienden a ser procesadas con detenimiento y profundidad.
En las primeras, las experiencias son más
efímeras pues su debilidad les impide desmenuzarlas
y examinarlas en cada una de sus peculiaridades.
A causa de esa debilidad los procesos no son “asimilados”
o metabolizados para formar parte del organismo
social. Esto es clave para entender la realidad
de tal supuesto dinamismo.
Por
qué unas “procesan” las experiencias
mejor que otras? Hay una respuesta fundamental:
educación. Las sociedades desarrollan bases
sólidas cuando sus componentes, especialmente
sus dirigentes, están mejor preparados. Las
experiencias pasan a través de todas las
capas interesadas, que las discuten, debaten, extraen
conclusiones y muestran sus objeciones y sus preferencias.
Esos debates tienen lugar en los centros de estudio,
en las organizaciones de todo nivel y, sobre todo,
en los medios. Si éstos no favorecen el debate
ni el análisis, o lo hacen superficialmente,
ejercitan sólo a medias el papel específico
de su existencia. Pero los medios son un reflejo
de la sociedad en la que actúan. Entonces,
por dónde romper este círculo? No
hay educación, no hay cómo forjar
instituciones sólidas; no hay instituciones
sólidas y toda la construcción del
estado es frágil y colapsa con facilidad.
Por
eso en Bolivia suele ocurrir que un año transcurre
como un mes. Es uno de los países donde los
gobiernos se agotan más prematuramente y
por lo general acaban en una vorágine de
violencia. No es casual que en cuatro años
Bolivia hubiese tenido a Sánchez de Lozada,
Carlos Mesa, Eduardo Rodríguez y, ahora,
Evo Morales. Chile y Uruguay fueron los últimos
en caer en la sombra de las dictaduras militares
en los años de 1970. No es casual que hubiesen
sido los países con instituciones más
sólidas en el continente y su población
gozaba (y aún goza) de niveles de educación
envidiables para sus vecinos en la región.
Una vez me dijeron que la debilidad institucional
se expresaba en que era más fácil
convencer de dar un golpe de estado a un militar
boliviano que a un chileno o un uruguayo.
En
estos tiempos el gobierno de Morales quiere imponer
una constitución a su imagen y semejanza,
dicen sus opositores, pero lo cierto es que la mayoría
aún desconoce el proyecto constituyente del
mandatario indio. Lo apoya, teóricamente,
poco más de una mitad de los bolivianos.
Pero también hay un poco menos de la mitad
que le ha negado apoyo. Bastan pocos puntos porcentuales
para convertir ese apoyo mayoritario en rechazo
mayoritario. Si no entiende esta simple matemática,
si no actúa para ganarse a los sectores que
lo ven con un recelo que basado en algunos detalles
parece razonablemente justificado, su desgaste será
tan acelerado como el de sus antecesores inmediatos:
el lado de los que no lo apoyan tenderá a
crecer, pronto tendrá la marea en contra,
y no seria raro que los bolivianos en poco tiempo
más tengan que designar nuevas autoridades
(en la hipótesis más benigna).
A
la reversión de la marea que lo llevó
a ser presidente con casi el 54% de los votos, contribuye
el torbellino de contradicciones o de indisimulada
parcialidad nociva para su imagen de mandatario
nacional en el que con frecuencia se hunde. Resulta
que en Cochabamba, en el más reciente ciclo
de violencia, hubo por lo menos dos víctimas.
Morales sólo habló de investigar y
castigar la muerte de un dirigente cocalero, pero
no la del estudiante acuchillado y estrangulado,
lo cual exhibe la doblez y parcialidad que le atribuyen
sus adversarios. Como cuando ataca a la Iglesia
Católica y luego se aproxima a sus obispos
para apagar incendios provocados por el propio gobierno
o por sus seguidores; o cuando gestiona concesiones
comerciales de Estados Unidos e impone visa a los
estadounidenses que quieran visitar Bolivia sin
siquiera evaluar los daños que eso puede
provocar a miles de familias que dependen de la
industria turística. O como cuando, hace
sólo unos días, ante sus colegas sudamericanos
exhibe un torpe desconocimiento de la realidad colombiana,
no consigue articular ningún concepto claro
y provoca una elegante y demoledora respuesta de
su colega Alvaro Uribe. (Poco he leído en
Bolivia sobre este episodio, uno de los peores gaffes
de la diplomacia boliviana en los últimos
tiempos). En menos de un año, ya perdió
la credibilidad de cuatro regiones -y tal vez de
cinco, si se incluye a Cochabamba. Muy pocos son
los líderes capaces de perder tanto en tan
poco tiempo y sobrevivir hasta cumplir el mandato
para el que fueron elegidos. A estas alturas, llegar
a fin de año con el gobierno intacto parece
un espejismo. Verlo cumplir cinco años luce
como una fantasía. El cambio reciente de
ministros puede ser el inicio de una inflexión
hacia maneras menos controvertidas de gobernar,
pero nada parece hasta ahora abonar esa expectativa.
Tal
vez nunca como con Morales Bolivia tuvo la oportunidad
de tener al mundo de su lado para respaldar grandes
tareas transformadoras. En educación, por
ejemplo, el área crítica de Bolivia
desde la cual se puede apuntalar sólidamente
la institucionalidad, Morales pudo convocar a una
gran cruzada para programas de educación
universal intensiva, para el mejoramiento de la
formación de maestros, para acelerar el acceso
de millones al Siglo 21. Pudo haber sido un movimiento
motivador a lo largo y ancho de toda la sociedad
boliviana. UNESCO, naciones vecinas, España
y toda la Comunidad Europea, México y Estados
Unidos, todos habrían visto con simpatía
una cruzada semejante y la habrían apoyado.
Bolivia podría haber puesto el pie en el
acelerador para cumplir las Metas del Milenio fijadas
para al 2015 y haberse efectivamente ubicado en
el camino del cambio. Pero Morales perdió
el tren de la simpatía universal que causó
su advenimiento como el primer presidente indio
de América del Sur. En vez de mirar al futuro
él y su entorno se preocuparon en retrotraer
el reloj al 11 de octubre de 1492, alimentar resentimientos
atávicos y propugnar tonterías como
la de revolucionar el desayuno escolar y suprimir
la leche por mate de coca con la disparatada afirmación
de que los indígenas vivían cientos
de años en base a esa dieta fabulosa (nadie
se preocupó en preguntarle al ministro que
lanzó la iniciativa por qué el promedio
de vida en el agro boliviano a no llegaba, hasta
no hace mucho tiempo, a los cincuenta años
o si era capaz de demostrar documentalmente cuánto
vivieron sus propios padres.)
He
intentado, en las cuatro semanas que llevo procurando
entroncarme (en el buen sentido) en Bolivia, entender
a Morales para así entender mejor lo que
ocurre en mi país al cabo de 25 años
de ausencia profesional. He quedado frecuentemente
perplejo ante los desplazamientos zigzagueantes
del responsable de las riendas del país.
He concluido que intentar entenderlo desde mi lógica
es dar un paso en falso. Morales es errático
-para mi punto de vista- por naturaleza. Esto no
implica un juicio de valor sino el reconocimiento
de una realidad con la cual es necesario aprender
a lidiar.
La
oposición política tampoco ha contribuido
a aclarar el horizonte ni a enriquecer cualquier
debate, pues parece incapaz de entender que en Bolivia
ha ocurrido un movimiento tectónico descomunal.
Todas las marcas orientadoras previas sucumben ante
la magnitud del cambio político que se ha
operado. La historia política de Bolivia
parece ahora escindida entre antes y después
de la llegada de un indio al gobierno como lo fue
entre antes y después de la revolución
de1952.
Se
destaca a favor del gobierno la percepción
de que es honesto en el manejo de los recursos públicos.
No he leído ni creo que se ha sabido de negocios
ilícitos ni de la aparición inexplicada
de fortunas de la noche a la mañana. En estos
días hay un ex ministro preso y dos parientes
muy próximos de un ex presidente han sido
convocados por un juez para aclarar si tuvieron
participación en un caso ostensible de desvío
de dineros públicos. Todo esto constituye
un punto muy importante al cabo de una tradición
de cinismo y deshonestidad de los políticos
en general.
En
lo económico ha sido sensato al no tocar
los fundamentos macroeconómicos. En eso ha
sido ayudado por el ascenso de los ingresos petroleros
gracias a una nacionalización cuyo mayor
pecado fue su forma envalentonada, que puede haber
provocado un descalabro en las relaciones a largo
plazo con Brasil además de poner en jaque
nuevas inversiones de la magnitud que requiere la
industrialización del gas sobre el que yace,
por ahora, el destino económico de Bolivia.
Harold
Olmos,
recientemente de vuelta a Bolivia tras más
de 26 años en el exterior, ha sido director
de la Associated Press en Venezuela y en Brasil.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de
Petroleumworld.