La
Constituyente: ¿un gran fracaso?
Constituyentistas
Por
Alfonso Gumucio
El pecado
original de la Asamblea Constituyente fue la propia convocatoria.
En lugar de llamar a deliberar a los movimientos
sociales, a las organizaciones de campesinos, de mineros, de
obreros, de mujeres, de estudiantes, de empresarios, de indígenas,
de maestros, y otros sectores, lo que se hizo fue convocar a
los partidos políticos para crear un engendro: un clon
del Congreso, con los mismos vicios y mañas.
El MAS diseñó una Asamblea partidista en lugar
de una Asamblea popular, porque tenía la certeza de que
iba a obtener una mayoría aplastante de asambleístas,
los dos tercios necesarios para imponer rápidamente su
proyecto de Constitución. Las cosas no salieron como quería
el partido de gobierno, pero el daño ya estaba hecho:
una Asamblea partidizada es una Asamblea desgarrada y estéril.
Lo estamos viendo cada día.
El Art. 24
de la Ley Especial de Convocatoria a la Asamblea Constituyente,
establece con claridad la conclusión del
mandato de la misma, el 6 de agosto de 2007, pero el gobierno
como siempre quiere pasar por encima de toda legalidad. No cesa
ahora de lanzar bosta con ventilador a todos quienes discrepan
con su manera de actuar. Siete de los nueve departamentos se
oponen a la ampliación de los plazos de la Asamblea Constituyente,
y por ello, según el gobierno del MAS, pretenden “el
fracaso de la refundación del país”.
Como sucede
en el Congreso, no es de extrañarse que los
asambleístas se aferren a su curul. La paga es buena,
y mientras más dure, mejor, de ahí la necesidad
de prolongarse en el tiempo. Cada mes eso le cuesta al Estado
(es decir a los bolivianos), la friolera de 9 millones de bolivianos,
es decir, más de un millón de dólares. Ojalá todos
los asambleístas siguieran el ejemplo de los potosinos,
que han anunciado trabajar sin honorarios en caso de extenderse
los plazos hasta fin de año. (Claro que ya conocemos estos “anuncios” que
en Bolivia rara vez se cumplen: Evo Morales criticó los
gastos de presidentes anteriores, y anunció “cero” gastos
reservados, pero él ha gastado hasta ahora más
que nadie en sus viajes dentro y fuera de Bolivia.)
Mayorías
y dos tercios
En cualquier
caso, le correspondería al Congreso de la
República cambiar la ley por una mayoría de dos
tercios. Pero al final, eso poco importa, pues la Asamblea Constituyente
ya ha fracasado, está muerta. Nació muerta. El
fracaso de la Asamblea Constituyente estaba cantado hace muchos
meses, y la principal responsabilidad de ese fracaso, es del
MAS. La historia los juzgará por ello.
A lo largo
de este año de existencia de la Asamblea Constituyente,
el MAS ha sido el principal obstáculo para el avance.
Su afán por arrollar con aplanadora lo ha llevado a bloquear
la Asamblea o a hacer trampa. No ha habido peor enemigo de la
deliberación y el diálogo que el MAS. El autoritarismo
del gobierno ha sido el principal freno.
El MAS no
cesa de cambiar las reglas del juego cuando no le convienen.
La Ley de Convocatoria a la Asamblea Constituyente
es muy clara cuando indica que debe sesionar por un tiempo “mínimo
de seis meses y máximo de 12 meses”. El MAS quiere
cambiar las reglas, como hace con todo, violando la ley.
El precedente
de extender el tiempo de funcionamiento de la Asamblea Constituyente
es nefasto, porque indica que no hay nada
en el país que se respete. No hay ley, no hay reglas de
juego establecidas, no hay acuerdos que valgan… El Gobierno
patea el tablero y cambia lo que le da la gana, sin respetar
a nadie.
La continua
intromisión del Poder Ejecutivo, es decir,
del gobierno del MAS, en el proceso de la Asamblea Constituyente
no solamente contradice las declaraciones iniciales de que se
iba a respetar la autonomía de esa instancia deliberante,
sino que entorpece su funcionamiento y le quita legitimidad.
Nadie puede creer en una Asamblea “ fundacional” donde
un partido político influye en las decisiones y peor aún,
las anuncia antes de que sean aprobadas. El Gobierno está constantemente “ anunciando” lo
que la Asamblea Constituyente todavía no ha decidido.
Un ejemplo de ese abuso es el tema de la reelección presidencial,
anunciada desde arriba por la cúpula del MAS, no por la
Asamblea Constituyente.
Un proceso
Lo único bueno de la Constituyente, a estas alturas,
es que luego de un año, podemos suponer que los asambleístas
han leído finalmente la Constitución Política
del Estado, y seguramente han encontrado que no era tan mala
como ellos y sus partidos decían antes de haberla revisado.
Para el MAS,
la Asamblea Constituyente ha sido una cortina de humo que permite
esconder las falencias de su gestión
de gobierno, su incapacidad de crear un nuevo escenario y de
generar planes y programas para el futuro del país. La
dedicación absoluta del Ejecutivo a la demagogia política
no le ha permitido generar nada sustancial en el plano del desarrollo
económico y social. Nada se concreta a pesar de los reiterados
discursos, todo está pendiente: gas, Mutún, reforma
educativa, seguro social, infraestructura… No pasa nada,
salvo el tiempo.
Durante nueve
meses el MAS se negó a reconocer los propios
términos de la Ley de la Asamblea Constituyente, que dicen
de manera muy clara que la aprobación de los artículos
debe hacerse por una mayoría de dos tercios. El capricho
del MAS por cambiar las reglas del juego cuando ya no le convienen,
hizo que pasaran esos primeros nueve meses absolutamente estériles.
Ahora que ya se va a cumplir el plazo, no hay resultados. No
hay un solo artículo que se haya aprobado en plenaria
por los dos tercios que manda la ley. Todo se hace en comisiones,
por consensos partidistas de mayorías y minorías,
sin ninguna garantía de que en la plenaria se vaya a respetar
los dos tercios que indica la ley.
La Asamblea
Constituyente es una payasada. Se ha convertido en la Asamblea
Prostituyente porque ha prostituido las esperanzas
que habíamos puesto en ella. Ha perdido toda razón
de ser y ha traicionado a la mayoría de los bolivianos
que ya no creen en su legitimidad.
Lo que pudo
ser un ejercicio de diálogo y debate constructivo,
se ha convertido en un circo de mediocres, un clon del Congreso,
donde los partidos políticos se agarran de las mechas
para ganar espacios y cuotas de poder.
Quedó muy lejos el sueño de una Asamblea donde
todos los sectores de la sociedad se reúnen para dialogar
sobre un futuro mejor para el país, con entusiasmo y fe
en el futuro. Una nueva Constitución que nace del consenso,
de la hermandad, del reconocimiento de la diversidad, del respeto
entre todos los bolivianos, podría augurar un futuro digno
para un pueblo. Pero una Constitución que sale de una
olla de grillos, construida a través de la negociación
de los odios y los resentimientos, no puede llegar muy lejos.
Cualquier gobierno que venga después la puede anular.
Todo lo que
esta Asamblea Constituyente nos va a dejar, es un estudio de
caso de cómo no se deben hacer las cosas.
Alfonso
Gumucio es escritor, cineasta, periodista, fotógrafo.
Los puntos de vista expresados no necesariamente
son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor:Este comewntaril fue publicado originalmente
por Hoja del Sur, en Agosto 16, 2007. Reproducimos
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