LAS
AMÉRICAS: Una oportunidad en Colombia
Por
Marcela Sánchez
La
agrupación guerrillera más antigua de América
Latina, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, no podrían
pedir una mejor oportunidad para hacer lo correcto. Por 43 años
las FARC han combatido al estado colombiano y más recientemente
se han beneficiado del narcotráfico y los secuestros.
Ahora están usando 45 rehenes de alto perfil, incluida
una ex candidata presidencial y tres ciudadanos estadounidenses,
como peones para negociar la liberación de cientos de
miembros de las FARC de cárceles colombianas.
El último intento de canje adquirió nuevo impulso
hace menos de dos meses. El 15 de agosto, el presidente Álvaro
Uribe, alejándose de su línea dura, anunció el
nombramiento de su archirrival política, la senadora Piedad
Córdoba, como facilitadora de un intercambio. Córdoba
se acercó al presidente venezolano Hugo Chávez,
quien ha aceptado mediar e incluso sostener negociaciones en
Venezuela.
La
participación de Chávez es el elemento más
importante que hace de este esfuerzo el más prometedor
en años. Chávez está proporcionando "una
esperanza, una luz que ya no veíamos hace mucho tiempo",
dijo Mariana Howes, esposa de uno de los estadounidenses, tras
una reunión con Chávez en Caracas el martes en
la noche. Las FARC parecen confiar en él y su perfil como
líder de la izquierda y sucesor simbólico de Fidel
Castro le dan prestigio dentro del movimiento guerrillero. Incluso
la Administración Bush ha bajado el tono a su discurso
en contra de la negociación con terroristas y le ha dado
a Chávez, su enemigo rotundo en la región, cierto
margen de maniobra. El nuevo embajador estadounidense en Bogotá,
William Brownfield, ha considerado "positiva" la mediación
de Chávez.
Otros
líderes también respaldan a Chávez,
incluido el presidente Luiz Inacio "Lula" da Silva,
quien la semana pasada ofreció territorio brasileño
para las negociaciones, y el presidente francés Nicolás
Sarkozy, que ha estado presionando a Uribe para que negocie un
acuerdo particularmente para la liberación de Ingrid Betancourt,
la ex candidata presidencial que es también ciudadana
francesa.
Todos
estos elementos elevan el perfil de las negociaciones mientras
que
la participación de líderes de izquierda
en la región significa, al menos en términos de
cierta afinidad política, la presencia en la mesa de negociaciones
de figuras más comprensivas. Córdoba, quien ve
el acuerdo como un primer paso hacia una negociación de
paz, me dijo en una conversación el viernes que si los
colombianos tienen alguna razón para confiar en las FARC
se debe precisamente a que esos líderes de izquierda personifican
la opción pacífica y democrática que las
FARC podrían significar algún día.
¡Qué mejor momento para dejar ir a los secuestrados!
Pero si 43 años con las FARC le han enseñado algo
a los colombianos es a estar preparados para desilusionarse.
Las FARC muchas veces han generado esperanzas sólo para
después arrojarlas por la borda.
En
mayo Jhon Frank Pinchao, un policía colombiano que
escapó a sus captores de las FARC después de estar
secuestrado casi nueve años, informó que Betancourt,
los estadounidenses y otros estaban todavía vivos en la
selva colombiana. Pero un mes después surgió la
noticia de que 11 habían sido asesinados. A comienzos
de este mes la Cruz Roja rescató los cadáveres.
Muchos tenían heridas de bala, algunas a quemarropa.
Incluso
con la participación de Chávez, las FARC
continúan poniendo obstáculos. En una carta al
mandatario venezolano la semana pasada, el comandante de Manuel
Marulanda insistió en que el gobierno colombiano debe
garantizar la seguridad de sus representantes, desmilitarizando
una zona de Colombia donde las negociaciones se llevarían
a cabo.
Durante
el gobierno del predecesor de Uribe las FARC usaron una táctica similar para hacer creer que tomaban en serio
un diálogo de paz. Después de tres años
de escaso progreso, se hizo claro que las FARC estaban usando
la zona para recuperar fuerzas y cometer actos ilícitos.
En febrero de 2002 el entonces presidente Andrés Pastrana
terminó las conversaciones. No sorprende entonces que
Uribe haya rechazado en repetidas ocasiones la nueva condición
de Marulanda.
Si
de alguna manera Chávez logra sacar adelante una negociación
exitosa y los secuestrados regresan a casa, su posición
a nivel internacional se elevará. Uribe también
podría llevarse el crédito de haber nombrado a
Córdoba y permitido que Chávez mediara y las FARC
podrían recuperar cierta legitimidad política.
Claro
que esas evaluaciones escasamente importan a los capturados.
Dichos
cálculos no debieran interponerse a un acuerdo
humanitario. La vida de los secuestrados depende de ello.
Marcela
Sánchez es
periodista del Washington Post. Los puntos de vista expresados
no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este articulo fue originalmente publicado
por La Opinión, el 29 de julio del 2007.
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