Puntos
de Vista
Análisis
y opinión sobre energía y política
Soberanía
energética e integración regional:
El caso de PDVSA

Por
Gustavo Lahoud y Ricardo De Dicco
El
debate en torno a la temática energética está
alcanzando un lugar prioritario y estratégico en casi
todas las agendas político-institucionales latinoamericanas.
En verdad, la posibilidad de discurrir sobre el modelo energético
y las políticas públicas asociadas a su implementación,
nos conduce, indefectiblemente, a plantear la necesidad de
una mirada histórico-estructural e integral que recupere
-en clave de un presente vivo y dinámico- la propia
memoria histórica común que los sudamericanos
tenemos acumulada en relación a estas cuestiones.
En
orden a plantear algunas ideas vinculadas a una nueva manera
de percibir y comprender la problemática energética
como un factor de política pública que es vital
a la hora de planificar un desarrollo inclusivo y autónomo
a nivel sudamericano, es importante empezar a conocer y comprender
las experiencias históricas en materia de manejo de
activos y recursos energéticos organizados -en su planificación
estratégica- desde la esfera público-estatal
del poder.
Esta
línea de trabajo e investigación cobra impulso
en la presente coyuntura, a la luz de ensayos recientes de
reorganización de empresas energéticas con una
mirada tanto nacional como regional en lo que respecta a la
proyección de actividades no sólo directamente
vinculadas al hard core del negocio hidrocarburífero
-es decir, los eslabones de los segmentos upstream y downstream-,
sino también referidas a un papel estructuralmente
disímil que una empresa de estas características
-como fuerte generadora de divisas y riqueza nacional- puede
desempeñar en el orden del desarrollo económico-social
de sus propias comunidades, con una fuerte vinculación
con las problemáticas de la educación y la salud
públicas, la promoción de valores culturales
compartidos y el compromiso en pos de crear mejores condiciones
para el acceso igualitario de todos los ciudadanos a los bienes
públicos que todo Estado civilizado debe garantizar.
En
este sentido, esta referencia que se hace en relación
al modelo de organización de una empresa hidrocarburífera
estatal y las áreas que comprende el diseño
de su planificación estratégica como actor económico,
no es algo novedoso o sui generis en la historia político-institucional
de América Latina. De hecho, ya desde la década
del '20 del siglo pasado, la República Argentina se
convirtió en un pilar estratégico en la región,
en el orden de la planificación activa desde el Estado
de los recursos naturales en general y de los bienes energéticos
en particular.[1]
En
efecto, en función de recuperar y actualizar ese pasado,
en los últimos años ha resurgido un interesante
leading case en América Latina, a partir del proceso
político liderado por el Presidente venezolano Hugo
Chávez Frías.[2] Se trata de PDVSA, la empresa
nacional de petróleos del Estado venezolano.
Como
es sabido, esta entidad -que es vital para el sostenimiento
económico, financiero y administrativo de Venezuela-
es la principal empresa del país en términos
de producción, activos y ventas, con una fuerte presencia
tanto en el mercado interno como en los externos, a tal punto
que es la quinta petrolera del mundo por sus niveles de producción
y exportación.[3]
Por
ende, la columna vertebral del Estado venezolano se organiza
en torno al manejo de los recursos energéticos, y la
centralidad que PDVSA tiene como actor económico en
el mercado energético mundial es decisiva para la consolidación
del propio margen de maniobra externo de Venezuela.
No
obstante, resulta importante realizar una atenta mirada a
la caracterización que la Administración Chávez
hace respecto a la empresa nacional de hidrocarburos como
un actor estratégico que tiene -en su despliegue productivo
y funcional-organizacional- una multidimensionalidad vinculada
muy fuertemente a una necesidad estructural del país.
Esa
prioridad ha sido la de asegurar -mediante el eje pivotal
de la presencia diversificada de la empresa- un auténtico
desarrollo endógeno, armónico, integral e integrado,
que sea capaz de generar un tipo diferente de organización
del espacio económico interior que suprima las asimetrías
estructurales que se han acumulado como consecuencia de un
crecimiento económico que ha privilegiado aquellas
actividades y regiones que estaban ligadas a los mercados
externos como proveedoras pasivas de insumos y materias primas
esenciales para los países más desarrollados.
Ciertamente,
la relación dependiente de nuestras economías
con los centros de poder externos ha sido largamente señalada
como una condicionante estructural para consolidar esquemas
productivos diversificados que fueran capaces de dar cuenta
de la pervivencia de un auténtico estado de fragmentación
interna que, a la vez que postergaba regiones enteras en materia
de crecimiento económico, consolidaba auténticas
estructuras duales de poder, con sociedades divididas y polarizadas
al compás del reforzamiento de los vínculos
económicos de dependencia.[4]
La
consolidación de semejante situación ha relativizado,
en términos concretos, la propia capacidad soberana
de los Estados sudamericanos a la hora de planificar una explotación
racional e igualitaria de sus recursos energéticos.
Va de suyo, entonces, que estos procesos han terminado por
dañar las capacidades de control y autoridad del Estado
para hacer uso de los bienes de su comunidad en favor de un
desarrollo endógeno que fuera equilibrado y armónico
desde una óptica de organización antropocéntrica
del espacio geográfico y económico.
Venezuela,
como otros países de la región, ha sufrido este
proceso de desapropiación progresiva y persistente,
que había conducido a la fragmentación territorial,
a la pérdida real de soberanía económica
y a la acentuación de una polarización social
y económica, factores inherentes a una comunidad política
que, a la vez que se fractura social y espacialmente, se hace
más desigual e injusta.
En
efecto, esta percepción era ya clara para el ex Presidente
venezolano, Rómulo Betancourt, quien, hacia el año
1948, en pleno proceso de crisis político-institucional,
sostenía que "Venezuela está definitivamente
resuelta a ser ella misma, a través de sus órganos
estatales, la que determine la fórmula más beneficiosa
para el pueblo de explotar sus reservas petrolíferas,
pero en ningún caso debe hacerlo ya más mediante
el sistema colonial de otorgarles en concesiones a inversionistas
particulares".[5]
En
verdad, detrás de estas manifestaciones, había
toda una conciencia político-cultural que giraba en
torno a la imprescindible presencia del Estado en los procesos
de planificación de los recursos energéticos.
De hecho, tal como afirma el actual Canciller de Venezuela,
Alí Rodríguez, en América Latina se ha
desarrollado de manera particularmente original -en relación
a los procesos político-sociales ocurridos en otras
regiones del mundo-, "la conciencia sobre la propiedad
del petróleo como recurso natural"[6], lo cual
está ligado a los imprescriptibles derechos que las
comunidades nacionales tienen al usufructo racional y sustentable
de los recursos que existen tanto en el suelo, subsuelo como
en los espacios aéreos y marítimos circundantes.
Claro
que, para ello, es necesario, poder hacer efectiva la soberanía
sobre los recursos y, a su vez, estar en condiciones de hacer
un usufructo racional, eficiente y sostenible de los mismos.
Asociado a esto, debe tenerse en cuenta que un modelo de organización
empresarial que reivindique estas necesidades productivas
desde una mirada socialmente integradora, debe, primordialmente,
asegurar un manejo dinámico, eficaz y solvente de los
recursos económicos, científico-tecnológicos,
productivos y administrativos, que garanticen la transparencia,
el control y la existencia de mecanismos internos de asignación
de los bienes concernidos, de manera tal de evitar la aparición
de posibles focos de corrupción y de prebendas públicas
asociadas generalmente al manejo de importantes activos que
de por sí ya representan un poder demasiado importante
como para desdeñarlo.[7]
Ante
este diagnóstico persistente, ¿qué implicancias
tienen la reorganización del espacio geoeconómico,
la centralidad de un nuevo modelo de desarrollo endógeno
integrado y la caracterización de PDVSA como una empresa
energética con un criterio de planificación
inclusivo desde lo económico-social, lo político-institucional
y lo específicamente productivo en la reformulación
de la propia matriz de la soberanía energética
venezolana?
Para
contestar esta pregunta, es necesario, prioritariamente, definir
qué se entiende por soberanía energética
desde estas coordenadas o ejes ordenadores que plantean la
necesidad de dar cuenta de las carencias ligadas a la falta
de integración interna de las comunidades nacionales
aludidas.
En
tal sentido, se entiende por soberanía energética
la propia capacidad de una comunidad política para
ejercer el control y la potestad (entendida como autoridad)
y para regular de manera racional, limitada y sustentable
la explotación de los recursos energéticos,
conservando un margen de maniobra y una libertad de acción
que le permita minimizar los costos asociados a las presiones
externas de los actores estratégicos que rivalizan
por la obtención de esos recursos.[8]
El
sector energético es a la infraestructura material
básica, el equivalente de la educación para
la configuración cultural esencial. Ningún país
será realmente soberano mientras no tenga asegurado
el control y planificación irrestricta de estas áreas,
pues la soberanía, en la práctica, se manifiesta
en la elevación de las condiciones de vida del pueblo.
De
acuerdo con el aporte teórico del Dr. Carlos Emérito
González, el concepto de soberanía puede desprender
singularmente las siguientes ideas principales: potestad suprema,
facultades comprendidas en el poder del Estado, cualidades
propias del poder político, soberanía es libertad
y evasión de supeditaciones, su titular es el Estado,
ningún otro poder debe estar por encima de ella, es
la unidad del sistema normativo, es única externa e
internamente, es el símbolo del ordenamiento estatal,
se manifiesta expresamente en el derecho a legislar, es un
concepto jurídico y político que debe asegurar
el imperio del derecho, reside en el Pueblo y no debe admitir
otro origen, no hay provincias soberanas ni países
relativamente soberanos: hay soberanía o no la hay.
Tales
cualidades emergentes en el concepto de soberanía,
en el fondo, nos plantean una serie de facultades que configuran
el rol específico de un Estado. Por ello, cuando se
produce la emergencia de una nueva concepción, nos
planteamos, no la desaparición de dichas cualidades
sino la reconfiguración y resignificación del
sentido de las mismas, a partir de aquella nueva concepción
emergente.
"El
desarrollo energético exige planes, inversiones y sobre
todo, protección jurídica que impida, so pretexto
de ayudar, agotar las fuentes perecederas y prevea la sustitución
de unas fuentes por otras, en laudable propósito de
servir al país. La Constitución Nacional como
ley suprema de la Nación es la que debe legislar sobre
el dominio y la explotación inalienable e imprescriptible
de estas fuentes como medida de seguridad absoluta, proscribiendo
las concesiones o cualquier otra figura jurídica que
vulnere la soberanía sin cuyo ejercicio pleno no habrá
libertad efectiva".[9]
El
concepto de soberanía implica, entonces, una determinada
conformación de los roles de un Estado, que se traducen
en un tipo particular de ejercicio de la política,
el cual, no puede ni debe estar supeditado a las concentraciones
y centralizaciones del capital, porque dicha situación
se opone diametralmente a la soberanía como tal.
Es
por ello que, ante la necesidad de potenciar el desarrollo
endógeno de las distintas regiones del país,
se había previsto -en la planificación económica
del gobierno venezolano-, la consolidación de un programa
integral que indujera una "significativa democratización
del capital, dentro del concepto estratégico de cluster
y en función del equilibrio territorial, aprovechando
las ventajas y potencialidades regionales para crear núcleos
sostenibles de pequeños y medianos empresarios".[10]
Desde
esa óptica, entonces, se recupera la centralidad del
Estado nacional como agente planificador y decisor en materia
energética,[11] aunque no se deja de considerar que
las propias sociedades fragmentadas en las que estos procesos
ocurren, sumado al contexto regional y global -que es francamente
hostil a la idea de reapropiación soberana de los recursos
como una guía práctica para el mejoramiento
de los males desintegradores a los cuales se ha hecho referencia-,
son, en sí mismos, factores que deben ser analizados
a la hora de justipreciar los márgenes de maniobra[12]
reales y concretos con los que los Estados de la región
-y, particularmente, el Estado venezolano- pueden desenvolver
sus actividades de planificación, producción
y administración en materia energética.
En
conclusión, es vivificante la posibilidad de pensar
en una estructura productiva que ligue sólidamente
su futuro al mejoramiento permanente de su propio entorno
social, generando más y mejor ciudadanía política,
económica y social a través de una democratización
real de los procesos políticos-institucionales ligados
al manejo de empresas estratégicas -como es el caso
de PDVSA-, pero, debe también comprenderse que las
lógicas del poder que realmente actúan son muchas,
variadas y portadoras de intereses contrapuestos, lo cual
convierte al escenario en un hábitat complejo, que,
así como necesita de audacia desde el Estado para proponer
un camino como el de PDVSA, debe estar en condiciones de mirar
-con prudencia política- en propio espacio de acción
política primaria, el proceso de fragmentación
interna vinculado al mismo, y el contexto regional y global
que también influye a la hora de determinar los caminos
posibles.
Notas:
Gustavo
Lahoud y Ricardo De Dicco
son investigadores del Movimiento por la Recuperación
de la Energía Nacional Orientadora (MORENO) y del Área
de Recursos Energéticos y Planificación para
el Desarrollo del Instituto de Investigación en Ciencias
Sociales (IDICSO) de la Universidad del Salvador. E-mail:
idicso@yahoo.com.ar. Internet: http://www.salvador.edu.ar/csoc/
idicso/energia/energia.htm. Los puntos de vista expresados
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