Historia
de la sordidez
Por Winston Estremadoiro
Si convocase a un concurso de crónicas de la corrupción, de seguro
saturarían de casos mi correo electrónico. Sería fantástico,
cual saga de las mil y una noches. Empezaría por un \'había una
vez un país cuya democracia se empantanó en el fango de la corrupción
y el miasma de la componenda, y cayó en las arenas movedizas del populismo\'.
Es alegoría que bien prologaría un recuento de la triste situación
de Bolivia. Sin ilusión mía de llegar a los talones del genial
ciego, el título evoca la Historia de la infamia de Jorge Luis Borges.
Pero la sordidez en nuestro país decuplicaría páginas
de su libro. Vaya un par de casos a guisa de entrada de vomitivo banquete.
Ahí está el
ex presidente del Servicio Nacional de Caminos, ente cuya institucionalización
empezó con designar a José María Bakovic
por concurso de méritos supervisado por un organismo
internacional. La Administradora Boliviana de Carreteras (ABC),
la misma chola con otra pollera, es hoy dirigida por la co-signataria
de contratos que ya costaron vacaciones entre rejas y una retahíla
de procesos judiciales a su ex jefe, el Ing. Bakovic. Fueron
promovidos por la que le serruchó el piso, asesorada
por una abogada que de primeras fue concejal de la alcaldía
valluna, siendo luego censurada por movidas de escasa laya
moral.
El
dinero, como el sexo promiscuo, atrae a gonococos y estreptococos
de purulentas infecciones de corrupción. Hay mucho en
construir los caminos que vincularían a esta Bolivia
que, como la España que retratara Ortega y Gasset, debe
muchos
achaques -pobreza, provincianismo y regionalismo entre ellos-
a la invertebración. Imagínense, se ahorraron
43 millones de dólares de sobreprecio en la carretera
Potosí-Uyuni por una denuncia del Ing. Bakovic, al que
metieron en la chirola en vez de darle una medalla. Quizá otra
vacación entre rejas le costará advertir que
fue chambonada rescindir contrato con la empresa a cargo de
la carretera Tarija-Potosí. Aparte de postergar para
las calendas griegas la obra, ¿a quién van a
reclamar la reparación de las deficiencias observadas?
Mientras el país sigue desvinculado, harán su
agosto los leguleyos, entre ellos, la asesora legal otrora
censurada.
Contaba
un prominente médico, que dejó floreciente práctica
privada para dar su óbolo como servidor público
a la buena administración del país, que en La
Paz existe una infraestructura hospitalaria de las mayores
del país. En un gobierno anterior, se consiguió un
crédito español de 13 millones de euros en especie,
para equiparlo y echarlo a andar. El trámite listo,
con los papeles en mano se buscó la anuencia del Poder
Ejecutivo. Se toparon con la exigencia de un asesor que hacía
los amarres: un millón tenía que venir para el
Palacio Quemado. De nada valieron razones, ¿acaso se
puede pagar coimas con tomógrafos y bisturís?
El hospital aún no atiende enfermos como debería.
Un
suizo disciplinado, laborioso y obediente de la ley, como seremos
los bolivianos dentro de una década según el
pregonero de ilusión que ejerce de Presidente, anotaba
que aquí se pide la luna so pena de bloquear o destruir
el patrimonio del país. En Bolivia, a diferencia de
Suiza, los servidores públicos de estamentos esenciales,
como la educación y el orden público, en vez
de ser ciudadanos seleccionados y capacitados, son piezas deleznables
en estructuras de agitación política o de exacción.
Sobre
el primero, olvidando tiempos de Vilma Plata y su cucharón,
ahí están los futuros apóstoles de la
educación rural en Arani, que enseñaron con ejemplo
criminal cómo dañar los oleoductos que abastecen
energéticos al occidente del país. ¿Importa
acaso que los ductos sean las venas de un país; que
los caminos bloqueados sean las arterias? Del segundo, si parecen
haber hallado la solución del desempleo con atosigar
las calles con transportistas públicos, ¿cómo
esperar que policías controlen el caótico flujo
vehicular y sean ecuánimes en incidentes de tránsito,
si los transportistas tienen un amarre con ellos, disponiendo
hasta de oficina en dependencias policiales?
Dice
la canción “cambia lo superficial, cambia también
lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este
mundo”. Mentira. En Bolivia el cambio es cosmético,
es poda de fronda, no tratamiento de virus sistémico.
Lo
evidencia el lavaje cerebral con la campaña “Bolivia
cambia, Evo cumple”, que satura los medios para lograr
un buen índice de popularidad para una gestión
gubernamental de mucho ruido y pocas nueces. Todo cambia para
seguir igual: evoquemos que en 1982, en el festín político
del retorno a la democracia, la papelería oficial rezaba “Por
la Revolución Nacional Liberadora”; en la farra
de cambio actual, debe ser “Por la Revolución
Originaria Socialista”. Similares son las hojas secas
que caen del árbol de la propaganda vacua, como ese “El
mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber”,
de la fiebre que conmemoró los 100 años de la
desidia boliviana de 1879.
El
cambio en Bolivia tiene recetas varias. A la tuberculosis del
ejercicio del poder como camino a la riqueza, se debe inyectar
vacuna de pena ejemplar a los corruptos. La anquilostomiasis
de la práctica política como demagogia politiquera,
merece un vermífugo que haga priorizar la economía.
En la democracia que estamos a punto de perder, el cambio dependería
del voto castigo, si no fuera por la ceguera provocada por
la propaganda.
Se
requiere educar, empezando por inculcar la formación
moral. Pero en vez del calostro rico en anticuerpos, de sólidos
valores éticos inducidos en la familia y en la escuela,
los jóvenes maman del biberón aguado del culto
al pendejo. Que se ensalza en nuestra parte del mundo, al darle
una acepción de persona astuta y taimada; en el resto
de Hispanoamérica, tilda a un hombre cobarde y pusilánime,
o a una persona tonta, estúpida.
Winston
Estremadoiro es antropólogo (winstonest@yahoo.com.mx). Los puntos de vista expresados
no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este artículo
fue originalmente publicado por El
Nuevo Día, el 10 05 07.
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Bolivia 06 10 07
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