Un pretendido liderazgo

Por Marcelo
Ostria Trigo
Quizá estemos nomás ante un evidente “corsi
e ricorsi”, es decir en una ronda de avances y, en el caso
de nuestro país, también de dramáticos retrocesos.
La celebración del vigésimo quinto aniversario
de la inauguración de un nuevo ciclo político en
la vida de la Nación –el de la democracia–,
y la otra conmemoración: los cuarenta años de la
muerte en Bolivia de un guerrillero extranjero, confirman que
ha vuelto la confrontación entre dos visiones de país,
cuando ya han pasado dos décadas desde la caída
del muro de Berlín, que fuera el símbolo de un
mundo peligrosamente dividido.
Aunque ahora se trata de una anacrónica disputa por el
predominio de una de esas dos visiones: la democrática
liberal y el marxismo – leninismo, se repiten renovados
los “slogans”, aunque sus ahora exponentes en América –Chávez,
Correa, o Morales– parece que no están en condiciones
de llevar adelante una revolución marxista – leninista
ortodoxa, cualesquiera sean sus matices: stalinismo, castrismo,
maoísmo, trotskysmo, etc.; especialmente cuando el mundo
se liberaliza, cuando hay naciones–continente que, hasta
ayer nomás, tenían regímenes radicales y
ahora están en la tarea de la apertura, tanto interna
como externa.
Pero los nostálgicos del extremismo buscan el reacomodo
político. Y lo hallan de distintas maneras. En Bolivia,
por lo menos, muchos se inscriben en el populismo indigenista,
variando el postulado de la clásica lucha de clases, a
la lucha por el predominio étnico. Y es notorio, por otra
parte, que ya no se pone el antiguo énfasis en la revolución
proletaria que tanto enfervorizó a los radicales del pasado
siglo, sino que ahora el fetiche es el cambio supuestamente democrático –claro,
sin decir qué cambio, ni el por qué del mismo.
Estas manifestaciones del actual populismo, con
ropaje socialista, nacieron con Hugo Chávez en Venezuela –el mismo
Chávez candidato que el día anterior a su primera
elección afirmaba que Cuba es una dictadura– que
fue radicalizándose a medida que crecían sus recursos
con la reciente y dramática alza en los precios del petróleo.
Y, con tanto dinero, no se resistió a intentar un megalómano
plan: constituirse en el líder radical de Latinoamérica,
logrando lo que no pudo Fidel Castro que, junto a su socialismo,
agoniza en la isla.
Chávez no se quedó “en chiquitas” y
por cuenta propia –no tiene país protector como
Cuba que tuvo a la Unión Soviética– interviene,
financia y alienta campañas electorales en diversos países
y, cuando no tiene éxito, insulta y entra en conflictos
verbales abiertos, como fue con varios presidentes, entre ellos
nada menos que los presidentes Vicente Fox de México y
Alan García del Perú. En sus diatribas incluyó al
parlamento brasileño que había cometido el pecado
de pedirle que respete la libertad de expresión, amenazada
con el cierre de un canal de televisión. Los insultos
a los Estados Unidos y a su Presidente, ya son parte de un anecdotario
negro.
Por supuesto que la tarea de erigirse como líder del
continente no es fácil, menos aún para un ex–golpista
y un provocador. Pero este personaje lo intenta precisamente
por los enormes ingresos que le da el petróleo a su país.
Sin embargo, para otros como Bolivia este experimento del socialismo
del siglo XXI, se presenta como una aventura mucho más
peligrosa.
Para Chávez, aunque el megalómano no lo reconozca,
será difícil seguir en su asumido papel de líder
continental, pues hay obvias diferencias entre países,
considerando su población, extensión territorial,
desarrollo económico y social, nivel cultural, todo añadido
a que también hay gobiernos serios a los que no parece
importarles esos pretendidos liderazgos efímeros, asentados –se
insiste– en una coyuntura favorable de precios de una materia
prima, como los hidrocarburos.
Pero en su insistencia, ya Chávez asumió el papel
de padre y protector de Evo Morales, dándole consejos,
tratándolo con un paternalismo insólito, seguramente
aceptado por el favorecido, porque le entrega cheques, destaca
funcionarios y guardias y lo hace pasear en avión y helicópteros.
Es más: mete en el juego a Irán. Y se da, entonces,
la incongruencia del pretendido socialismo del siglo XXI que
se alía con una dictadura secante, mezcla de fascismo
y teocracia, dominada por una clase: la eclesiástica,
al punto que su líder nacional –que no es el presidente
y no participa ni gana una elección democrática–,
es un ayatolá supuestamente predestinado para proteger
a su patria y su religión.
Y aquí resalta lo amargo: el gobierno de Morales –y él
mismo– juegan el papel secundario; de segundón
de un experimento informe y audaz, sin que se haya reparado
en que al régimen venezolano –pequeño en
dimensión universal– sólo le espera el
ocaso de una dictadura más. Así será una
anécdota amarga en la historia de nuestra Latinoamérica,
tan castigada por “salvadores”.
Marcelo
Ostria Trigo es abogado y diplomático,
ex representante de Bolivia en la Organizacion de los Estados
Americanos. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
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Bolivia 20 10 07
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