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Puntos de Vista
Análisis y opinión sobre energía y política


La nueva Bolivia de Evo Morales


Por Tomás Eloy Martínez

Hasta hace apenas un par de años era impensable que Bolivia tuviera un
presidente indígena.

Parecía, además, un país condenado a tener sólo dictadores presidentes
efímeros.

El último, Carlos Mesa, un periodista de televisión bien intencionado pero
sin experiencia, fue arrasado por los vientos de la ira pública en junio de
2005. El anterior, Gonzalo Sánchez de Lozada del que Mesa había sido
vicepresidente, impresionaba como un funcionario prestado por otro país para
representar un papel en el que siempre anduvo perdido. Hasta hablaba el
castellano con un indómito acento gringo.

Pudo gobernar apenas quince meses. A mediados de octubre de 2003,
una de las peores revueltas populares en dos décadas dejó una estela
de 70 muertos y acabó con su gobierno.

Lo que quedaba no era siquiera un país, sino un espejo roto de fragmentos
desiguales. Con caminos y rutas interiores que siempre han sido muy malos, a
los bolivianos les costaba entenderse entre sí. Los separaban no sólo los
nudos de la geografía sino también la cultura, la lengua, las honduras de la
pobreza. A nadie se le habría ocurrido que un pobre entre los pobres podría
ser presidente. Tampoco a Evo Morales, que se veía a sí mismo sólo como un
dirigente sindical cuya misión excluyente era defender la cultura de la
coca, que en Bolivia es como el pan. En 1995 su nombre empezó a sonar
durante la marcha a pie que los campesinos de El Chapare emprendieron
durante cuatro semanas hacia La Paz, al grito de ¡Cahuachun Coca! ¡Wañuchun
yanquis!

(¡Viva la coca! ¡Fuera los yanquis!).

Por venir de donde viene, Evo sigue sin ser tomado en serio por las élites.
A comienzos de 2002 fue expulsado del parlamento, para el que había sido
elegido como diputado por Cochabamba con casi el 62 por ciento de los votos.
Esa expulsión que el gobierno de esos años trató de justificar atribuyéndole
la muerte de cuatro miembros de las fuerzas de seguridad fue un exceso tan
claro que le permitió a Morales consolidar su partido, el Movimiento al
Socialismo, y convertirlo en una fuerza nacional. Perdió por un margen
ínfimo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2002, pero
tres años más tarde ganó en la primera sin problemas. Su carrera es tan
fulgurante como su fama.

Ahora todos se preguntan qué hará con eso.

Ha desconcertado al mundo presentándose en su primera gira oficial vestido
con una informalidad que no se habían permitido ni los cubanos. Su pulóver
con dibujos andinos le dio una fama equívoca e instantánea tanto en Pekín
como en Madrid, donde el Rey, confundido, le regaló una corbata. Esa
reivindicación de sus orígenes es quizá un gesto trivial, pero revela que
Evo está dispuesto a ser siempre él mismo.

El 1 de mayo cumplió una de sus más importante promesas presidenciales:
nacionalizó el gas y el petróleo, inició una nueva reforma agraria y dio los
pasos necesarios para una transformación política que conceda los mismos
derechos a todos los bolivianos. Los hidrocarburos, que durante décadas
habían sido manejados de una manera u otra por intereses extranjeros, ahora
dependerán por completo de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, una
empresa del Estado. Y los precios de exportación se fijarán a valores
internacionales, lo que pone fin a la paradoja de que el país más pobre de
Suramérica esté subvencionando los precios de Brasil, que es casi cinco
veces más rico.

Esas políticas pueden atribuirse los consejos de uno de sus ministros más
talentosos, Andrés Sóliz Rada, un ex senador que trabajó en el diario La
Opinión de Buenos Aires durante su exilio en los años 70, para quien está
claro que si las nacionalizaciones no producen mejoras más o menos rápidas
en la salud, la educación y las condiciones de vida de los campesinos y los
mineros, el arduo camino recorrido por Evo habrá sido en vano.

Como sucede con casi todos los gobiernos latinoamericanos surgidos en esta
década, la mano larga de Hugo Chávez ha tratado de influir también sobre los
asuntos internos de Bolivia. El caudillo venezolano ha intentado sumar a Evo
a su retórica anti estadounidense.

Es innegable que Evo, al principio, sucumbió a su seducción. Pero hay
diferencias profundas entre un presidente y otro. El anti-americanismo de
Chávez es, casi siempre, un estrépito vacío, que puede resultar irritante
para Washington pero que en modo alguno afecta los negocios entre los dos
países. Chávez sigue cumpliendo religiosamente con la cuota de petróleo que
se ha comprometido a entregar a los Estados Unidos, y sus 14.000 estaciones
de gasolina llamadas Citgo, una subsidiaria de Petróleos de Venezuela siguen
vendiendo combustible barato en las ciudades norteamericanas, desde San
Francisco a Newark, en New Jersey.

Además, lo que le importa claramente a Evo es recuperar para Bolivia la
decisión sobre sus propios asuntos, que durante años dependieron de la
voluntad del Departamento de Estado norteamericano.

Hay en él una voluntad de reivindicar la soberanía nacional que merece aun
el respeto de sus adversarios.

Evo ha crecido desde los sótanos de la sociedad boliviana, y ha llegado a
ser quien es por su propio esfuerzo, en elecciones democráticas que nadie
discute.

La idea fija de Chávez, en cambio, es la acumulación de poder personal. Ha
amenazado con seguir siendo presidente de su país hasta 2030, ya sea por
elecciones o por las imposiciones de un referéndum.

Evo Morales, con su modesta chompa andina, está demasiado ocupado por
resolver los problemas propios. Se ha mudado a San Jorge, la residencia de
los presidentes en La Paz, y allí fija sus primeras audiencias a las cinco
de la mañana. Trabaja en gobernar tanto como antes trabajaba en el cultivo
de la coca. Todo indica que le interesa Bolivia más de lo que se interesa en
sí mismo, pero todavía es temprano para saber si las buenas intenciones le
bastarán para hacer historia.

Tomás Eloy Martínez, escritor, periodista, profesor universitario, autor de Santa Evita, premio Alfaguara de Novela 2002, por El vuelo de la reina. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por El New York Times, y su version en espanol en El Nacional, el 09 de Julio de 2006. El presente artículo es parte de una ponencia presentada en el taller internacional sobre integración regional, comercio y desarrollo sostenible organizado por CLAES en Montevideo, en abril de 2006. Petroleumworld no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion, por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.

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