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Bolivia: Política y Sociedad

Por Marcelo Ostria Trigo

I Diálogo, frustración e incertidumbre

Bolivia no es un país aburrido. Hay sorpresas y acontecimientos inesperados, aunque muchos preferiríamos el tedio de que pase sólo lo intrascendente, en vez de estar en vilo, porque esas sorpresas –frecuentemente desagradables– nos causan desasosiego y no pocas veces penurias. Pero no solamente éstas son las que alborotan el ambiente político. También cuenta una acumulación de disparates –muchos deliberados, con afanes espurios– que preocupan a todos. Y como el asombro ya se acumula con una variedad de abusos e ilegalidades, estamos viviendo de sobresalto en sobresalto, temerosos de que suceda lo peor: el enfrentamiento.

Es por esto, es que hubo fundadas dudas cuando el 7 de enero pasado se abrió el diálogo de los prefectos de departamento con el presidente, para encontrar la deseada concertación en asuntos trascendentales, entre los que se destacan el cuestionado texto, pretendidamente constitucional, aprobado ilegalmente en Oruro, y la demanda al oficialismo de no desnaturalizar la opción autonómica de cuatro departamentos, cuyos ciudadanos eligieron como una manera de llevar adelante su desarrollo integral.

Muchos, en verdad, creyeron en la bondad de este intento. Seguramente pocos programas de los canales de televisión han obtenido tanta audiencia como las de las transmisiones “en vivo” de esta tentativa de llegar a acuerdos. Algunos no creímos en esto, y ahora estamos apenados por no habernos equivocado. Es que teníamos elementos para desconfiar del populismo.

Esa pena por haber acertado al mostrar el peligro de el populismo actuaba sin buena fe, prueba, una vez más, que tiene más vigencia que nunca, aquello de “piensa mal y acertarás”. Dije, procurando interpretar a muchos compatriotas, que veía que “el oficialismo se avino a dialogar sin abandonar su conocido afán de avasallar e imponer”. Y como así fue, sólo quedaba el “réquiem para el diálogo”.

Casi da miedo pronosticar, porque los nubarrones –claro no habrá nada en el carnaval, que los bolivianos respetamos religiosamente– ya vendrán. Como se esperaba, el gobierno no se ha desviado de su política de imponer con hechos consumados. ¿A quién quejarse, por esto que confirma una conducta signada por las ilegalidades del populismo en el poder? Parece que a nadie; todo fue urdido desde que se desmanteló el Tribunal Constitucional. Ayer, ya se empezó a gastar los recursos de las prefecturas, y qué…

El oficialismo ha dado el esperado intento de cerrar el paso a las autonomías que ciertamente impedirán la concentración abusiva y antidemocrática del poder populista, encaprichado en la dominación total. Es el populismo en acción. Pero esto puede ser una grave equivocación de quienes se sienten predestinados a gobernar sin límites. No se puede, como lo dijo Franz Tamayo, ser impunemente poderoso. El poder, arbitrariamente impuesto, no es duradero. La atormentada historia de Bolivia está repleta de ejemplos.

Los nubarrones pueden traer una cosecha de tempestades para quienes sembraron vientos. Pero esa cosecha de males no sólo alcanzará a quienes son los responsables. Es que, al fin, ¿quién va a pagar los platos rotos, es decir por las tragedias que siempre producen los enfrentamientos? Seguramente el pueblo, al que el populismo tanto invoca.

Hay que repetirlo: ¡Qué pena da haber acertado! Siempre pensamos que, de este diálogo con el populismo tramposo como interlocutor, nada saldría en favor de la justicia, la paz y la unidad de la Patria.

II Apuntes sobre los partidos, sindicatos y los movimientos sociales

Los partidos, movimientos, agrupaciones ciudadanas, o como se quiera llamar a los actores de la política, tienen el afán de predominar y alcanzar el poder público. Lo hacen –así lo proclaman todos– para poner en práctica sus postulados. No se puede imaginar una organización que actúe en la política que renuncie a este objetivo.

Pero no todo es tan simple. Ahora se ha complicado mucho. Hasta hace unos años, las organizaciones sindicales incursionaban en la política nacional, agrupándose en centrales de trabajadores para negociar, con fuerza, con el gobierno al que apoyaban –o para ubicarse en lugar preferente en la oposición–, y así influir en la política con la esperanza de un futuro trato preferencial para los trabajadores. Este movimiento agrupaba a sindicatos, federaciones, confederaciones y centrales obreras.

En Bolivia, los movimientos sindicales, a la caída de su aliado, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (1964), fueron debilitándose y, al fin, perdieron su capacidad de negociar para integrar gobiernos. Esta declinación se prolongó más allá del advenimiento de la etapa democrática, que se inició en 1982, y que fue dominada por los partidos que, sin embargo, al final, no pudieron superar su paulatino y creciente desgaste.

Parece válido afirmar que un movimiento social tiene una “categoría político-popular” y, como tal, es una “agrupación informal de individuos u organizaciones dedicadas a cuestiones político-sociales que tiene como finalidad el cambio”. “Los movimientos sociales como estructuras de cambio social tienen su origen en las crisis de las organizaciones de la izquierda socialdemócrata y del socialismo real, principalmente partidos políticos y sindicatos.

“Los movimientos sociales rara vez confluyen en un partido político; su labor se basa en presionar al poder político mediante reivindicaciones concretas o en crear alternativas. Estas alternativas o reivindicaciones se convierten en su principal identidad, sin tener que llegar a plasmar un ideario completo”. Es, precisamente, por esta carencia de ideario y proyectos políticos nacionales que en Bolivia tales movimientos sociales, cuando intervienen en los acontecimientos nacionales, como en la violenta caída de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2002, aunque se los percibe como incontenibles para influir decisivamente en la política, no fueron capaces de tomar el Gobierno. Entonces nació una nueva alternativa: la del Movimiento al Socialismo (MAS) del líder cocalero Evo Morales, que llenaría el vacío dejado por la coalición de Gobierno en desbande: la del Movimiento Nacionalista Revolucionario. En estas circunstancias, el MAS triunfó fácilmente en las elecciones de 2005 ante un ingenuo e incapaz intento de formar una fuerza política electoral alternativa con los despojos de los derrotados.

Los movimientos sociales no tuvieron entonces otro camino que unirse al carro vencedor, así éste no tenga ni el discurso y ni las posibilidades de encarnar las aspiraciones populares de alcanzar mejores niveles de vida.

Conformado un gobierno con uno o más partidos, o con la presencia siempre amenazante de los nuevos movimientos sociales, no se acaba el forcejeo; más bien continúa peligrosamente. Surgen entonces las tensiones partido–movimientos sociales, por las crecientes demandas de los últimos. Esta alianza constituye siempre un modelo que se agota rápidamente por sus contradicciones internas.

La mezcla de populismo y movimientos sociales poco definidos, siempre desemboca en fricciones que van minando la fortaleza de un régimen. Según la experiencia boliviana, las demandas de prebendas de los dirigentes de los movimientos sociales –no se sabe quién los elije ni como se los selecciona– generalmente van creciendo, puesto que así reparten beneficios entre sus adherentes para cimentar una nueva clase ante un gobierno siempre temeroso de enfrentarlos con la ley. Los ejemplos están a la vista: dirigentes de El Alto (léase movimientos sociales) ya mostraron las garras, al exigir al gobierno de Evo Morales cuotas de poder, como la designación de uno de ellos como ministro de Estado.

Por ahora, la unidad gobierno-movimientos sociales se asienta, fuera del propósito de incentivar la acción oficial prebendalista, en enfrentar lo que se considera el mayor peligro común: los gobiernos departamentales que han resuelto emprender el honroso camino de la autonomía. De esta manera, la resistencia oficial a las autonomías contribuye temporalmente a esa unidad, Sin embargo, su fragilidad no desaparece. Tarde o temprano el afán de medrar entrará en colisión con los designios de dominación –que vienen del exterior– de un régimen populista resuelto a perpetuarse en el poder.

 

Marcelo Ostria Trigo es abogado y diplomático, ex representante de Bolivia en la Organizacion de los Estados Americanos. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

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Petroleumworld Bolivia 10 02 08

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