Cuando
se hace difícil votar…

Por
Marcelo
Ostria Trigo
A
tres semanas del referendo revocatorio en Bolivia, que definirá la
continuidad o no del presidente y el vicepresidente de la República
y de ocho de los nueve prefectos de departamento, se plantean
cuestiones peliagudas:
¿Es sensato votar con reglas absurdas e ilegales, sabiendo
que el resultado puede desembocar en la negación de la
mayoría? ¿Tendríamos, más bien, que
abstenernos, dejando el campo libre al populismo que hace de
este referendo una plataforma para el lanzamiento de esquema
radical y autócrata?
¿Será que votar en el referendo equivaldrá a
cohonestar el desembozado fraude electoral montado y del oficialismo,
del que sólo asoma la punta del iceberg, pues se advierte
el desenfrenado afán populista de perdurar en el gobierno,
más allá de este período constitucional?
¿Vamos a ser parte de un ejercicio electoral que no resolverá ninguno
de los problemas nacionales?
¿Estamos dispuestos a secundar el abandono de la regla
de oro de la democracia: el predominio de la mayoría sobre
las minorías? La ley, diseñada por el populismo,
muestra fórmulas para favorecer sólo al presidente
que, en hipótesis, puede seguir en el cargo aún
perdiendo la mayoría, ya que, si los votos adversos llegan
al 53.73 % y el presidente obtiene menos del 46.27%, igual se
quedará, mientras que un prefecto de departamento podrá ser
revocado con poco más del 32 % de los votos.
Lo
que precede son algunas de las causas que desalientan a votar.
No se trata
de cumplir o no con un deber ciudadano, sino de preservar
el derecho de conformar, libremente y sin fraude, una legítima
mayoría que se imponga al engaño.
Hay
un paralelismo –no es sorprendente– con lo sucedido
en Venezuela. La oposición venezolana, presionada y vilipendiada
por el chavismo, con la ingenua intención de “deslegitimar” los
resultados viciados por el fraude “bolivariano” (¡cómo
cuesta mencionar este apelativo, devaluado por un déspota!).
El cinismo de Chávez prevaleció, y la abstención
no contó para nada. Luego, en diciembre de 2007, la oposición
votó, e hizo valer su condición de abanderada de
la lucha democrática, imponiéndose al tiranuelo
de Caracas y al fraude.
Pese
a esta experiencia, muchos ciudadanos bolivianos –más
de los que imaginamos– siguen en el dilema de votar o no,
porque tienen la certeza de que sus votos serán equiparados
a los del fraude gigantesco; es decir que serán igualmente
válidos que los emitidos con cédulas de identidad
falsas o adulteradas, –con la complicidad de una Corte
Electoral Nacional sectaria– en muchos casos, con la fotografía
de un paisaje (¡sí de un paisaje, aunque sea difícil
de creer!) en lugar de la imagen de un ciudadano, las que fueron
extendidas por el oficialismo con asesoramiento y financiamiento
venezolano. El fraude está montado, y con cuánto
cinismo…
Algo
más: ¿Será confiable la intervención
secretaría general de la OEA que destacará una
misión de observación electoral para este acto?
En un agudo artículo sobre esta misión, y sobre
el secretario general de la OEA, se dice: “Insulza –hay
que reiterarlo– está alineado con el populismo boliviano
de Evo Morales…”. Y añade: “Habrá que
recordar que Insulza, dominado por su irracional sectarismo,
justificó el antijurídico proyecto de constitución
del MAS, sin leerlo, y se negó, en acuerdo con el populismo,
a que la secretaría general de la OEA observe los referendos
para la aprobación de los estatutos autonómicos”.
(Sergio P. Luís. “Referendo revocatorio: La misión
de observación electoral de la OEA”. La Paz, 16.07.2008). ¿Tiene
esta conjura populista alcances internacionales?
Sea
para bien o para mal, votaré por el “no” en
el los casos del presidente y el vicepresidente, es decir para
que vayan, y por el “sí” en favor de los prefectos
que luchan por la autonomía y la libertad.