El fracaso del Proyecto Neoliberal
Por
Fernando Molina
Los años 90 presenciaron el despliegue de .una propuesta integral de reforma de la sociedad, que llevó el nombre local de “gonismo” (por Gonzalo –“Goni”– Sánchez de Lozada, su principal exponente). Libertad de empresa más inversión extranjera igual acumulación por parte de una capa de capitalistas y, en un segundo paso, reinversión y desarrollo. Sistemáticas acciones sociales para impedir que este proceso produzca más envidia de la soportable. Y orden social basado en un método reglamentado de resolución de disputas: la democracia, que en esencia debe ser representativa, es decir, un juego de instituciones de validez universal, tales como el voto; pero que (en consonancia con la época que nos toca vivir, la del derrumbe de las centralidades intelectuales, raciales y culturales) también debe admitir la participación directa de los indígenas en las decisiones, en un grado que no afecte la esencia del régimen.
Se trataba de un proyecto de racionalización de la economía y la política boliviana. Alain Touraine asegura que la “ola liberal” de fines del siglo veinte fue el momento en el que la racionalidad económica se impuso a todas las otras racionalidades que antes habían ejercido una suerte de “control social” sobre el quehacer público. Mejor sería decir que el auge finisecular del liberalismo fue un intento (otro) de imponer un tipo de pensamiento, el pensamiento ilustrado, el que puede reducirse a causas, el que se presenta como verdadero o falso, y puede verificarse o falsarse, el que es el instrumento fundamental de las ciencias. Este tipo de pensamiento debía imponerse sobre el enredo de lo irracional: las pasiones nacionales y étnicas, el odio de clases; el deseo de recompensa inmediata, que se satisface a costa del sufrimiento futuro.
Fue y es, por supuesto, un intento fracasado. No es posible reducir al hombre al tamaño de su razón. Como decía Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Traducido a la política, esto significa que no puede esperarse que un pueblo tan pobre como el boliviano vea tranquilamente pasar por delante suyo los grandes negocios que se hicieron bajo el amparo del Consenso de Washington (plan de liberalización universal, aprobado en los años 80 por las instituciones de Bretton Woods), y no haga nada para coger una tajada de ellos, por el solo cálculo de que obrando así los estropearía. Este cálculo sería el racional. Pero no respondería a los sentimientos y las actitudes de la colectividad, cuya cristalización llamamos “cultura”. Mariano Grondona, quien ha escrito sobre la influencia de la cultura en el desarrollo, dice que los latinoamericanos representan la realidad como juegos de suma cero, en los que la victoria de uno implica la derrota de otro. Así, por ejemplo, el triunfo de las empresas, las regiones y los grupos de poder ligados a la industria petrolera significaría la derrota del pueblo y del resto del país. Otras culturas, en cambio, dice Grondona, tienden a ver las cosas bajo la forma de juegos win-win, en los que ganan unos (más) y los otros (menos). Ahora bien, aquel que prefiere que pierdan todos, antes que ganar menos que los demás, está carcomido por la envidia, una de las pasiones irracionales (es decir, irreductibles a la razón) de las que el liberalismo nos quiere salvar.
En el siglo XXI las pasiones regionales y étnicas han reflotado con todo su vigor y, por qué negarlo, todo su encanto. Mientras la razón suele ser más bien reseca, parcial, falible, poco cautivante, los sentimientos comunican a los hombres con sus semejantes y, por medio de ellos, con lo absoluto. Hoy nos hallamos bajo su embrujo.
Al mismo tiempo –y explicando en parte lo que acabamos de narrar– el proyecto modernizador de la sociedad fracasó en varios puntos. Había erigido instituciones necesarias para el país, pero sin la solidez que requerían para perdurar frente a los vaivenes políticos. Había exagerado en las ventajas ofrecidas a los inversionistas extranjeros, sin calcular sus costos económicos y políticos. Había desmantelado el aparato del Estado más allá de lo admisible, no sólo en el área económica, sino en otras como el mantenimiento caminero o la investigación tecnológica. Había creado y ajustado leyes por pequeños intereses, en especial por los de los propios partidos. Y sobre todo había repartido los recursos públicos, esto es, los cargos, los sobre-sueldos, los gastos secretos (“reservados”), igual que una tribu paleolítica se arrebata el cadáver de un búfalo. La corrupción se desarrollaba en la democracia de una forma más exuberante que en los tiempos dictatoriales. El esfuerzo modernizador había echado las pasiones por la puerta, pero sólo para que enseguida se colaran por la ventana. La sociedad boliviana mostraba una apariencia intachable y en diferentes puntos del planeta se pretendía imitarla, pero hedía por dentro.
Por las razones que acabamos de señalar y otras como la recesión de finales de los noventa, el pueblo boliviano se hartó del proceso de modernización y racionalización de la economía y la política del país, inclusive de la democracia formal. Esto coincidió con el inicio de este siglo. En este siglo vivimos un nuevo auge de las pasiones étnicas, del resentimiento de clases; un ascenso de los sentimientos de solidaridad social, que conducen a la intención de “radicalizar la democracia”, así como al deseo de distribuir la riqueza entre los pobres.
Este material emotivo explica la vigencia de ciertas ideas económicas (generalmente estatistas y “nacionalizadoras”) y políticas (la búsqueda de un cambio holísitico, de la “refundación del país”; el desprecio por las instituciones, la exaltación acrítica del pueblo o de la región); de una simbología (las “dos Bolivias”: una en la que el proyecto modernizador perdura, otra en la que ha perdido la batalla), y de una retórica inflamada, truculenta y sin humor.
Fernando Molina es periodista y escritor boliviano, especializado en la historia y el análisis de las ideas. Actualmente dirige el semanario Pulso. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor:
Este comentario fue originalmente publicado en Ingles por El Pulso, el 09/05.09. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.
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