Introducción
El término “sabiduría ancestral”
tiene hoy dos connotaciones. La usual, que es la cronológica
referida en los dicionarios, la cual remite el término
a un “legado de los antepasados, algo tradicional
y remoto”. Y otra cualitativa, mas contemporánea,
surgida al calor de las carencias de nuestra época,
que ve a lo ancestral como una sabiduría perdida
que añoramos; una sabiduría anterior mas
conectada con la esencia mas natural y genuina del ser
humano y su entorno; una sabiduría mas sabia
–valga la redundancia. Porque en verdad estamos
reaprendiendo, luego de que por tanto tiempo se nos
enseñara lo contrario, que “no todo lo
nuevo es siempre mejor; ni todo lo viejo, peor”..sino
que la historia humana se ha movido mas bien en especie
de ciclos donde a veces los tiempos pasados han sido
mejores o mas sabios –aunque nada se ha repetido
nunca igual porque ha sido mas bien una especie de movimiento
espiralado.
Hoy existe la sensación generalizada de que hemos
estado viviendo una parte baja o desfavorable en la
onda cíclica; una “era de oscuridad y desarmonía”;
y anhelamos, buscamos de nuevo, la vuelta a otra “era
de luz y bienestar”, segun la conciencia de lo
posible que late en nuestra memoria recóndita.
Todo lo anterior, reivindicado en muchas tradiciones
espirituales y proféticas, tiene encuentro común
en el estudio y enseñanzas de la sabiduría
ancestral. En la cual descolla el acervo indígena,
tan conectado con el Orden Natural y sus Leyes; libro
abierto del Gran Espiritu y de Dios. Libro donde yacen
las claves de la realización humana resumidas
en el concepto de la Felicidad. Sobre las cuales discurriremos
en este trabajo.
La Felicidad en la búsqueda humana
Ser feliz ha sido siempre una aspiración fundamental
del ser humano desde que se tenga memoria. De allí
que todas las tradiciones de sabiduría se hayan
referido de una forma u otra a cómo lograrlo;
conceptuando con frecuencia la felicidad como sumum
o pináculo de la realización humana.
La meta de la felicidad ha sido incluso consagrada como
valor fundacional para naciones o gobiernos. Asi lo
preconizó Simón Bolívar, líder
de la independencia de varias repúblicas suramericanas,
quien afirmó: “El sistema de gobierno mas
perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad
posible”. La Declaración de Independencia
de los Estados Unidos señaló a la “búsqueda
de la felicidad” como una de las aspiraciones
fundamentales de la nueva nación; y padres de
dicho manifiesto como Thomas Jefferson y Benjamín
Franklin hicieron del valor de la felicidad parte central
de su ideario político. A la felicidad en esos
tiempos del siglo XVIII-XIX se le solía vincular
con sentimientos de seguridad y estabilidad personal
y social.
A pesar de lo anterior, a algunos escépticos-pragmáticos
de hoy les sonará quizás demasiado general
o utópico tal ideal, y algunos incluso dirán,
con sorna, que si en esa época hubiese existido
el concepto del Producto Nacional Bruto (PIB), la medida
monetaria que los economistas han entronizado hoy como
valor supremo del bienestar nacional, los próceres
lo habrían preferido.
Pero la meta de la felicidad sigue hoy retornando a
la agenda de líderes y pueblos, cual aspiración
vital insatisfecha. En ello han coincidido países
tan diversos como Bhutan, cuyo gobierno ha declarado
en tiempos recientes, en base a ancestrales enseñanzas
budistas, que “el Producto Nacional de la Felicidad
es mas importante que el Producto Nacional Bruto”;
e Inglaterra, donde el gobierno ha decidido incorporar
en las políticas públicas la promoción
del bienestar y la felicidad social como objetivos explícitos.
Por cierto, esto ultimo es emblemático puesto
que fue en Inglaterra desde donde la ideología
del PIB inició su proyección a todo el
mundo.
Un reciente gran recuento de la BBC, la reconocida agencia
de noticias inglesa, sobre la atencion que el tema de
la felicidad esta logrando en la actualidad concluye
lo siguiente: “La felicidad no es precisamente
uno de esos temas que los medios que se llaman a sí
mismos "serios" habrían considerado
tratar hasta hace unos años....Pero de un tiempo
a esta parte, como si se tratara de un virus infeccioso,
el tema ha penetrado la cobertura de todos aquellos
que se creían por encima de tal territorio...
Ya sea que se trate de una cuestión de mercado
o de las influencias de la llamada Era de Acuario, lo
cierto es que el tema está de moda” El
reportaje de la BBC documenta además algo revelador
que puede explicar el cambio en las políticas
públicas inglesas antes mencionado: “De
décadas de trabajo monitoreando la felicidad,
uno de los datos cruciales que ha emergido es que, a
pesar del enorme aumento de la riqueza vivido en los
últimos 50 años en los países ricos,
los niveles de felicidad no han aumentado”. Finalmente,
de todos los estudios consultados, la BBC termina resumiendo
las siguientes dos claves principales para el logro
de la felicidad: “’En primer lugar, familia
y amigos. Los estudiosos sostienen que mientras más
amplio sea el círculo de personas con las que
nos relacionamos y más profundas sean esas relaciones,
mejores efectos tienen sobre el organismo.. El segundo
ingrediente vital es tener un significado en la vida,
el creer en algo más grande o más poderoso
que uno, ya sea en forma de religión, espiritualidad
o una filosofía de vida”. Ambas claves
también centrales en la sabiduría indígena
sobre la felicidad–como veremos mas adelante a
lo largo de este trabajo.
En la Cumbre del Milenio de la ONU, celebrada en el
2000 en Nueva York, el Secretario General de dicha Organización,
Kofi Anan, presentó a los Jefes de Estado los
resultados de una encuesta Gallup internacional, la
cual ha sido la encuesta de opinión pública
mas grande que se haya realizado y que abarcó
unos 60 países. La encuesta concluyó que
“la gente valora la buena salud y una familia
feliz como lo mas importante sobre cualquier otra cosa”.
Como ya hemos dicho, una de las tradiciones de sabiduría
mas iluminadora, a los efectos de la búsqueda
de la felicidad, ha sido la de los pueblos indígenas.
Y dentro de ésta, la sabiduría de los
pueblos indígenas de Las Américas, la
cual influenció mucho el pensamiento de prominentes
líderes revolucionarios de los siglos XVIII y
XIX en Europa y Las Américas, en su lucha en
contra del autoritarismo monárquico-feudal y
en pro de sociedades mas humanas y libres.
Entre ellos estaban líderes como Franklin, Jefferson
y Bolívar.
La admiración de Jefferson por la sabiduría
indígena en materia de felicidad llegó
a ser tal que le hizo comentar: “Estoy convencido
que sociedades como las indígenas, que viven
sin ningún gobierno, disfrutan en su población
general de un infinitamente mayor grado de felicidad
que aquellas que viven bajo los gobiernos europeos”.
Jefferson había notado además que: “Los
indígenas norteamericanos no están sometidos
a ningunas leyes, poderes coercitivos o sombras de carácter
gubernamental. Sus únicos controles son sus propias
costumbres y sentido moral de lo correcto e incorrecto.
La violación de ello es castigado con el desprecio
o la exclusión de la vida social..Imperfecto
como este tipo de coerción pudiera parecer, los
crímenes son muy raros entre los indígenas”
(Johansen, 1982).
Bolívar por su parte nos dejó los siguientes
comentarios: “El indio es de un carácter
tan apacible que sólo desea el reposo y la soledad;
no espera acaudillar a su tribu, mucho menos a dominar
las extrañas...esta especie de hombres es la
que menos reclama preponderancia; aunque su número
excede a la suma de los otros habitantes....es una especie
de barrera para contener a los otros partidos, ella
no pretende la autoridad, porque ni la ambiciona ni
se cree con aptitud para ejercerla, contentándose
con su paz, su tierra y su familia. El indio es amigo
de todos.”
El mismo Cristóbal Colón había
comentado en sus primeras crónicas lo siguiente
en relación a su encuentro con la cultura indígena
del “nuevo continente”: “Son la mejor
gente del mundo y mas sana. Aman al prójimo como
a si mismos. Son fieles y sin codicia de lo ajeno..su
discurso es siempre dulce y gentil, y acompañado
con una sonrisa..”
La información llegada a Europa sobre las felices
bondades del autogobierno indígena influenció
en verdad una serie de pensadores revolucionarios a
lo largo de varios siglos; desde Tomas Moro hasta John
Locke, Rousseau, Engels y Marx. La ideas de éstos
a su vez regresarían al continente americano
para influenciarlo en un interesante flujo en reverso.
A pesar del distinto sentido ideológico de cada
uno de ellos (la anarquía ilustrada de Moro,
el énfasis en los derechos naturales de Locke
y Rousseau, la sociedad comunista de Engels-Marx, etc),
y aún de las diversas formas en que dichas teorías
fueron llevadas a la práctica, todos dichos pensadores
tuvieron en común haberse nutrido de lo indígena
como pauta idealista de la felicidad y armonía
social –tal como lo hicieron los Jeffersons y
los Bolívar en el propio continente americano
de la observación directa de lo aborigen.
Pero antes de seguir con tanto ensalzamiento de lo indígena,
que lamentablemente probó ser de limitada duración
en las Américas ante el posterior genocidio de
los aborígenes que tuvo lugar, detengámonos
a intentar precisar en que consiste la felicidad. Y,
a partir de esa precisión, hagamos un juicio
mas objetivo de hasta que grado la ancestral sabiduría
indígena la lograba.
En qué consiste la Felicidad
La felicidad puede ser entendida como un estado profundo
de bienestar y satisfacción-contentamiento fundado
en nuestra identidad natural.
En cuanto a nuestra identidad natural, se admite en
general universalmente que los seres humanos somos materia
y espíritu, cuerpo y alma; dependiendo de la
forma en que quiera llamarse a los dos componentes característicos
de nuestra identidad: el denso y el sutil
La dimensión del “bienestar” en el
concepto de felicidad se referiría a los aspectos
mas físicos, densos y externos de nuestro ser.
Mientras que la dimensión de la “satisfacción-contentamiento”
se referiría a los aspectos mas sutiles e interiores,
mas espirituales, de nuestra identidad.
La dimensión de bienestar podríamos aparejarla
también con la de la salud, definida en el sentido
amplio que le da la Organización Mundial de la
Salud (OMS). Para la OMS, salud es: “Un estado
de completo bienestar físico, mental y social,
y no tan sólo la ausencia de enfermedad”.
Dicha amplia concepción destaca la importancia
de los aspectos afirmativos y preventivos de la salud
(mas allá de sólo lo reparador-curativo
en que se ha quedado la medicina moderna); así
como enfatiza a la salud como un estilo de vida, en
lo cual, además de la atención a la salud
como tal, iría incluida la atención a
la alimentación, vivienda, vestido, ejercicio
físico, educación, calidad ambiental,
y el afecto y protección en vida comunitaria.
Sin embargo es evidente que la salud se entrecruza y
tiene una relación de continuidad con la otra
dimensión mas sutil. Tanto el término
“enfermedad” mismo, el cual proviene del
latin “infirmus” que significa “falto
de firmeza o equilibrio”, como el ámbito
mental de la salud, citados en la definición
de la OMS, nos recuerdan de los aspectos sutiles de
la salud. Se ha dicho también que la materia,
en definitiva, no es sino energía concentrada.
En lo referente a la dimensión de satisfacción-contentamiento,
prerrequisito para la felicidad es tener sabiduría,
pues ésta nos dará las pautas correctas
para diferenciar lo que nos hace feliz de lo que no
nos hace. Relacionarnos con nosotros mismos y otros
seres desde una perspectiva de amor, compasión,
respeto por toda vida, así como sentirnos útiles,
son otros requerimientos fundamentales para una vida
feliz. En relación a lo anterior, el eminente
biólogo chileno Humberto Maturana ha observado:
“Nuestra esencia biológica se fundamenta
en el amor y en la cooperación”. Añadiendo,
en un señalamiento que nos revierte a la vinculación
con la dimensión de bienestar-salud: “..tendemos
a enfermarnos por falta de amor, pero nunca por falta
de agresividad o violencia”.
A pesar de la mencionada vinculación entre las
dos dimensiones, la de bienestar-salud y la de satisfacción-contentamiento,
es evidente que esta última, ligada a lo mas
espiritual, es la mas crucial. Pues, como han dicho
los indigenas norteamericanos anishinabes, en verdad
“no somos sino espíritus en una travesía
humana” (por cierto, una aserto muy similar al
del teólogo cristiano Pierre Teilhard de Chardin:
“No somos seres humanos en una búsqueda
espiritual, somos seres espirituales en una experiencia
humana”).
Recapitulando, a partir de la expuesta definición
de la felicidad surgen los siguientes requisitos básicos
para lograrla:
-En cuanto a la dimensión de bienestar-salud:
salud como tal, implicando también la alimentación,
vivienda, vestido, ejercicio físico, educación,
afecto-protección en comunidad, calidad ambiental,
adecuados.
-En cuanto a la dimensión de satisfacción-contentamiento:
sabiduría, amor, compasión, el respeto
por toda vida, y el sentirse útiles.
-Teniendo en cuenta que, si vamos a ser fieles a la
mayor jerarquía de lo espiritual, el último
conjunto de requerimientos en verdad sería el
que tendría mas prelación.
Sabiduría indígena y Felicidad. Comparación
con la sociedad moderna.
¿Cómo calificar la sabiduría indígena
ancestral en función de estos requerimientos
para la felicidad? Y por otro lado, qué decir
de la sabiduría de la civilización moderna
misma? Procedamos ahora a algunas consideraciones sobre
tales preguntas.
En cuanto a la primera, no se debería idealizar
o “romantizar”” la sabiduría
indígena, ni desconocer que ha estado sujeta
también a degeneración propia, en un ciclo
del cual no parece haberse escapado ninguna parte de
la humanidad. Los próceres y pensadores del siglo
XVIII que se deslumbraron con lo indígena incurrieron,
en verdad, en cierta idealización de la sabiduría
aborigen, la idealización de quien tiende a ver
en otro lo que profundamente le falta, o sencillamente
la idealización del simplificador o conocedor
limitado. No todas las culturas indígenas conque
se encontraron los europeos cuando llegaron a Las Américas
estaban en su estado de mayor sabiduría; algunas
como las de los aztecas, mayas e incas estaban en descenso
de sus “épocas más doradas”.
Pero, a pesar de todo lo anterior, en lo referente a
lo indígena primigenio o ancestral, las crónicas
de admiración de los europeos y americanos de
tal descendencia no estaban lejos de la verdad.
Al referirnos a lo indígena primigenio o ancestral,
cabe destacar que para nosotros lo indígena,
mas que un color de piel o raza, es un estado de conciencia
que consiste en una comunión íntima y
respetuosa con la Madre Naturaleza y sus leyes.
Aunque el término “felicidad” no
siempre figura explícitamente en las lenguas
indígenas, los valores y pautas sobre el estilo
de vida para ser feliz siempre aparecen.
En la lengua de los waraos, los ancestrales aborígenes
del Delta del Orinoco en Venezuela, el término
existía como tal, bajo la acepción: “oriwaka”.
Oriwaka para los waraos tiene los siguientes significados:
“esperar juntos”, “tener fiesta”,
“goce de compartir con otros”, “paraíso
donde los muertos son felices”, significados que
destacan la importancia del compartir, de la alegría
y de lo trascendente como claves de la felicidad. En
lengua piaroa, etnia del amazonas venezolano, “felicidad”
se dice “eseusa”, y significa principalmente
“goce de compartir con otros”, en valor
afín a la concepción warao. Para los antiguos
achaguas arawakos, también habitantes de la Venezuela
precolombina, su palabra-saludo “chunikai”
significaba tanto “felicidad” como “salud”
(en relación que nos retrotrae a la precisión
que hiciéramos antes en la definición
de la felicidad). Para los Bari, al occidente de Venezuela,
cuando su Creador Sabaseba les dio vida lo hizo con
el siguiente mandato: “Seran llamados Bari y serán
siempre felices y sonrientes”; por ello en su
tradición oral los Bari aun cuentan que: ‘’Por
ello no nos está permitido ponernos bravos, porque
felices nos hizo Sabaseba, como nuestros ancianos siempre
lo han dicho. Porque asi siempre hemos sido desde el
comienzo, y asi habremos de seguir siendo”
En cuanto a los mayas, es interesante notar la importancia
atribuida a la felicidad en el comportamiento prescrito
en su código moral El Pixab: “Es bueno
algo mientras no cause daño a nadie. Es correcto
algo en tanto contribuya a la felicidad y a la vida”
(subrayado nuestro).
En el idioma maya Q’eqchi felicidad se dice sahil
ch’oolejil y significa literalmente: “”tener
el corazón contento”. En confirmación
de la gran centralidad que tenía el valor de
la felicidad en la vida cotidiana maya Q’eqchi,
el saludo social permanente es masa’ laa ch’ool,
que significa: “¿Cómo está
tu corazón?” .
El contraste con el estilo de vida europeo sirvió
para que el indígena concientizara los méritos
de su estilo de vida ancestral en cuanto a la felicidad.
En tal sentido, expresiva es la siguiente reflexión
del Cacique Micmac en Norteamérica hacia el año
1676: “¿ Cúal es mas sabio y feliz:
aquél que labora sin cesar y sólo obtiene,
con gran esfuerzo, apenas suficiente para vivir, o aquel
que vive en comodidad y encuentra todo lo que necesita
en el placer de cazar y pescar...No hay indio que no
se considere infinitamente más feliz y poderoso
que los franceses” (Nerburn y Mengelkoch,1991).
O la siguiente comparación del Cacique Maquinna,
de la nación Nootka, también en Norteamérica,
luego de haber conocido la práctica bancaria
traída por la civilización blanca: “Nosotros
los indígenas no tenemos ese tipo de banco; pero
cuando tenemos mucho dinero o mantas, los regalamos
a otros caciques y gentes, siendo el pago de interés
que nuestro corazón se siente bien.
La forma en que damos es nuestro banco” (Idem).
Compárese lo anterior con la codicia y el individualismo
que, a pesar de las iniciales intenciones de próceres
como Franklin, Jefferson y Bolívar, persistieron
como legado de la conquistadora cultura europea. Tales
inclinaciones devendrían, a la postre, en las
funestas prácticas de avasallamiento y esclavitud
a las que los colonos someterían a los indígenas
y los posteriormente “importados” africanos,
así como en el creciente materialismo mercantilista
y corporativo que luego se entronizaría. En este
último sentido, en cuanto al caso de Estados
Unidos analistas como el historiador Richard Beard han
destacado que los estrechos intereses económicos
truncaron mucho del alto espíritu de la Declaración
de Independencia de ese país, redactada en 1776;
sobre todo al momento en que tocó aplicarla a
la Constitución Nacional de 1787. Lo que explicó,
entre otras cosas, por qué la esclavitud de los
negros no fue abolida en este último documento,
de cuyos proclamados “derechos universales”
fueron excluidos tantos los indígenas como los
africanos. Esta omisión en cuanto a la esclavitud
de los afro-norteamericanos le salió al final
muy cara a la nueva nación, pues tuvo que ser
dirimida unos 80 años después con una
pavorosa guerra civil. A partir de dicha guerra, por
otro lado, las corporaciones y el dinero adquirieron
un decisivo poder en dicho país; lo que hizo
al Presidente Lincoln, vocear las siguientes preocupaciones,
cargadas de aire profético para todo el posterior
devenir norteamericano: “Veo en el futuro próximo
una crisis en gestación que me desvela y me causa
ansiedad por la seguridad de mis país. Como resultado
de la Guerra, las corporaciones se ha entronizado...Una
era de corrupción en las altas esferas vendrá
a continuación, y el poder del dinero en el país
se empeñará en prolongar su dominio manipulando
los prejuicios del pueblo” (Waserman, 1984).
Las estrechas ambiciones económicas también,
por supuesto, jugaron su parte al “sur del Río
Grande” y también truncaron los sueños
solidarios y de felicidad social que abrigaban los padres
fundadores de las nuevas repúblicas en esa parte
del continente. Las nuevas élites de hacendados
y comerciantes buscaron el parcelamiento político
y económico inescrupuloso al servicio de sus
propios fines.
Cabe encontrar la raíz de toda esta codicia económica
en la propia Revolución Industrial, la cual,
propagada desde Inglaterra al resto del mundo, ironicamente
en forma contemporánea a las grandes revoluciones
políticas e independentistas de fines del siglo
XVIII y principios del XIX , terminó predominando
sobre mucho de lo que éstas pretendían,
incluyendo sus ideales de felicidad social. El gran
historiador Arnold Toynbee ha dejado sentado el siguiente
juicio sobre el particular: “Hubo paradójicas
e infelices consecuencias humanas del incremento de
la producción de riqueza material. La causa de
este descarrilamiento social fue el motivo que animaba
a los empresarios que habían impulsado a la revolución
industrial. Su motivo fue la codicia, y la codicia había
sido liberada de sus tradicionales amarras dictadas
por las leyes, las costumbres y la conciencia”.
La codicia desde ese entonces se ha desbordado tanto
que está hoy en el tapete central de discusión;
luego de sucesos como la gran ola de escándalos
corporativos que ha sacudido al mundo en los últimos
tiempos en forma generalizada, con casos emblemáticos
a nivel internacional como el de la empresa Enron de
Estados Unidos y europea Parmalat.
Dimensión de Bienestar-Salud en la Felicidad
En base a la anteriormente expuesta definición
de la OMS, que (la) define a la salud fundamentalmente
como un estilo de vida, mucho puede aprenderse de la
sabiduría de nuestros ancestros indígenas
pues en dicha sabiduría se privilegia, precisamente,
el estilo de vida y lo preventivo como pivotes de la
salud. Ello, en base al cumplimiento de las leyes de
la Naturaleza (sobre lo cual nos extenderemos mas adelante)
y su amplia gana de remedios naturales.
Estos últimos incluyen no sólo a las plantas
(tanto en su acepción medicinal como alimentaria),
sino también a la tierra misma (a través
de usos como la “arcillaterapia” y la ingesta
directa de sus minerales y sustancias), la luz y el
calor (a través de la apropiada exposición
a los mismos), el aire (a través de apropiadas
técnicas de inhalación y exhalación),
y el “éter” o energía mas
sutil (la cual incluye prácticas como las oraciónes,
cánticos, danzas sagradas, y en general pensamientos
positivos y valores espirituales). Todo lo anterior,
basado en el pleno aprovechamiento de los también
llamados Cinco Elementos Básicos de la Creación:
“Tierra”’, “Agua”, “Fuego”,
“Aire” y “Eter”; en forma respetuosa
y ecológica, sin explotación mercantilista,
y en servicio desinteresado al prójimo.
En cuanto al uso de las plantas, la “medicina
indígena” se basa en el uso de la planta
(o su parte correspondiente) completa, y no en fraccionamientos
químicos de la misma como los llamados “principios
activos”. Estos últimos, que han sido el
basamento de la medicina moderna para la confección
de su remedios o drogas, además de desnaturalizar
el poder de la materia prima vegetal introducen los
riesgos de toxicidad (los llamados “efectos secundarios”
que a veces han probado ser peores que las enfermedades
que intentan curar) y son de mas difícil asimilación
(al perderse la importante complementariedad de los
ingredientes de toda la planta completa). Un caso emblemático
ha sido el uso de la “cocaína” versus
la coca. De hecho, la forma en que la farmacopea moderna
interviene o manipula las plantas sería considerado
normalmente como irreverente y profanador por cualquier
auténtico chamán indígena. Otras
medicinas tradicionales conservadas hasta hoy como la
china han sabiamente mantenido -aun a pesar de su práctica
en gran escala- el uso de las plantas completas (normalmente,
deshidratadas, lo que comporta una mínima intervención);
La medicina indígena ha tenido asimismo cánones
rigurosos sobre la recolección de las plantas
para el uso medicinal (en relación al tiempo
y horas para hacerlo, normas para “pedir permiso”
a las “animas” de las plantas antes de hacer
uso de ellas, normas sobre el estado anímico
mismo del recolector, etc); así como en cuanto
a su posterior disposición y preparación
-directrices todas normalmente enmarcadas en elaborado
ritual.
El conocimiento indígena sobre las plantas como
remedios ha sido en verdad muy sofisticado. El repertorio
de plantas curativas no infrecuentemente asciende a
centenares por cada etnia indígena -particularmente
en el mundo tropical. En el caso de una cultura como
la azteca, se ha estimado que sus curanderos utilizaban
unas 1200 plantas para tratar enfermedades específicas.
En cuanto a la catalogación de enfermedades,
el conocimiento indígena también ha mostrado
gran sofisticación. Tan sólo en cuanto
a una afección, por ejemplo: la conocida como
“disentería” por la medicina moderna,
los kayapo de Brasil han diferenciado 250 diferentes
tipos de ella, para cada uno de los cuales han tenido
prescrito un remedio herbal específico.
Sin embargo, siempre el uso de las plantas en la cultura
indígena tradicional ha estado acompañado
por prescripciones en estilo de vida. Así, el
tratamiento de la malaria no se reducía al uso
de la planta científicamente conocida como chichona
calisaya, contentiva de la hoy tan renombrada “sustancia
activa “ quinina; la terapéutica preventiva
indígena también abarcaba medidas sanitarias
medio-ambientales (en particular evitar aguas estancadas-criaderos
propicios de los zancudos, y asegurar ambientes en que
las poblaciones de éstos fueran naturalmente
mantenidas a raya por depredadores naturales de los
mismos como peces y sapos), así como prescripciones
en la dietas alimentarias (por ejemplo, un mayor consumo
del sabor amargo y menos del dulce) –sobre todo
en las épocas de lluvia o de mayor proliferación
de los mosquitos.
La pretensiones modernas de apropiarse, “patentar”
ó “encapsular” ciertos aspectos parciales
del acervo médico indígena, incluyendo
los “principios activos” de las plantas
utilizadas en el mismo, no pueden conducir, pues, muy
lejos en términos de garantía de salud,
a menos que se incluya el tema del estilo de vida –algo
en definitiva inapropiable, impatentable y dependiente
de condiciones in situ.
Para los indígenas, en verdad, tradicionalmente
no ha existido la noción separatista de “plantas
medicinales”, sino la de plantas benéficas
en general, que son al mismo tiempo que remedio también
nutrimento; en coincidencia con la vieja noción
hipocratiana“Que tu alimento sea tu medicina y
que tu medicina sea tu alimento”, hoy olvidada
en general por los médicos modernos que dicen
seguir los dictados de Hipócrates. El “qué,
cómo y cuando comer”, pues, era parte intrínseca
y primordial de la medicina indígena (algo que
también ha terminado mayormente olvidado por
los médicos modernos). Contrariamente al trillado
estereotipo de que los indígenas eran primordialmente
“cazadores y pescadores” -quizás
un producto del prejuicio carnívoro de antropólogos
de influencia europea o norteña que lo han propagado,
la alimentación indígena en el Trópico,
y ciertamente en el trópico americano, era mayormente
vegetariana. Los mayas eran 80% vegetarianos; los incas,
90%; y los sacerdotes o amautas de estos últimos,
100% . En coincidencia con lo prescrito frecuentemente
en otras culturas indígenas a lo largo del trópico
americano para los ritos de realización chamánica-éspiritual,
así como en muchas otras culturas espirituales
del mundo en general. Los indígenas americanos
no conocían el consumo de la vaca, el cerdo,
el chivo y la gallina; todos ellos fueron traídos
por Colón. Ni la nociva fritura de los alimentos
(también traída por los europeos); los
aborígenes preferían asar o cocer.
Ni el queso. Tampoco, el consumo social del tabaco y
el alcohol, cuya ingesta para los indígenas estaba
confinada a excepcionales actividades ceremoniales (fueron
también los europeos los que propagaron el consumo
social cotidiano de estos rubros, con consecuencias
funestas).
Todas las aseveraciones anteriores las hemos documentado
en detalle en nuestra compilación titulada “La
alimentación de los pueblos precolombinos”,
que publicáramos en nuestro libro “Del
Materialismo al Bienestar Integral (ver Bibliografía).
Entre los testimonios acopiados en la misma, cabe citar
el siguiente del historiador Rafael Cartay, que en forma
magistral ha reseñado el gran “choque de
civilizaciones” en torno al tema alimentario que
tuvo lugar en nuestro continente a raiz de la conquista
europea, asi como las consecuencias del mismo: “La
colonización española dislocó la
vida indigena, arruinando elementos esenciales como
fue la economía campesina de carácter
colectivo. En lugar de la economía tradicional
impuso una economía latifundista basada en la
explotación de la mano de obra indígena.
La ruptura de los equilibrios establecidos por los sistemas
indígenas de uso de la tierra, empobreció
la alimentación indigena y trajo consigo la desnutrición.
La triste trilogía de la insuficiencia alimentaria,
las epidemias y las extenuantes condiciones de trabajo,
se convirtió en la vía mas expedita para
el exterminio indígena, despues de la Conquista.
El paisaje americano comenzó a ser cambiado y
se impuso una dieta cárnica a los habitantes
del Nuevo Mundo. El ganado (traido por Colón)
inundó los sembradíos indígenas
desestabilizando la producción agrícola
y trayendo habre masiva”
Algunos cultivos-alimentos, como por ejemplo el caso
del amaranto, tan prodigioso y venerado por culturas
indígenas como los incas y los aztecas, fueron
incluso sistematica y brutalmente reprimidos por los
españoles.
Pero también cabe destacar, del mismo mencionado
recuento, el siguiente testimonio del insigne estudioso
naturalista de la América colonial Alexander
Humboldt, en cuanto a la naturaleza principal de la
alimentación indigena:“’Es que gentíos
excitados por la necesidad y debiendo casi toda su alimentación
al reino vegetal, descubren principios nutritivos, sustancias
harinosas y alimenticias donde quiera que la naturaleza
las ha depositado, en la savia, la corteza, las raíces
o los frutos de los vegetales”.
Asi como este otro, del conquistador portugués
de Brasil Pedro Alvarez Cabral en 1500 en relación
al tipo de producción indígena en dicho
territorio y su afición por la yuca: “Ellos
no labran ni crían. No hay bueyes ni vacas, ni
cabras, ni ovejas, ni gallinas. Ni ningún animal
que esté acostumbrado a vivir con los hombres,
ni comen sino esa iñame (la yuca), que aquí
hay mucho, y de esa simiente y frutos que la tierra
y los árboles de si mismos arrojan, y con esto
andan tan duros y rollizos como no lo somos nosotros
tanto”.
En relación a la última aseveración
de la cita anterior, los estudios del Instituto Smithsonian,
ademas de los de Manuel Cartay y Francisco Herrera Luque,
muestran suficiente evidencia sobre la superioridad
biológica y en materia de salud de los indígenas
sobre los europeos. Aún en materia de prácticas
curativas para tratar enfermedades, los indígenas
eran por lo general superiores. Verano y Ubulaker, del
Smithonian, citados también en nuestra mencionada
compilación, han señalado para el caso
de Mesoamérica lo siguiente: “Los conquistadores
sumidos en una generalizada falta de confianza en su
propias habilidades, con frecuencia preferían
a los curanderos aztecas por sobre los propios compatriotas
curanderos”.
Por otro lado, la siguiente declaración del líder
indígena norteamericano Tenskawata, de los shawnee,
en 1805, ha mostrado lo siguiente en relación
a la historia de su gente:“Nuestro Creador nos
puso en esta amplia, rica tierra, y nos dijo que éramos
libres de ir a donde estuviera la cacería y donde
el suelo fuese bueno para sembrar. Ese era nuestro estado
de verdadera felicidad....Así fuimos creados.
Así vivimos por un largo tiempo, dignos y felices.
Nunca habíamos comido carne de cerdo, ni probado
el veneno llamado whisky, ni usado la lana de oveja,
ni encendido el fuego ni cavado la tierra con acero,
ni cocinado en hierro, ni cazado o peleado con ruidosos
fusiles, ni sufrido nunca enfermedades que tornaban
ácida nuestra sangre o pudrían nuestros
órganos. Eramos puros, y por tanto fuertes y
felices” (Windwalker, 2002).
Cuando se perdía la salud, el indígena
recurría a la purificación para recuperarla.
Como señala el El Pixab de los mayas: “Cuando
la enfermedad, los problemas, el dolor y la desesperación
invaden nuestros días, es necesario hacer una
purificación para que retorne la armonía,
para que retorne la paz y la felicidad”. La purificación
tenía diversos métodos y profundidad,
según la necesidad; ayunos, desintoxicación
con múltiples remedios, penitencias, el servicio
a otros, ofrendas, retiros espirituales, etc.
Cabe señalar que en el plano mental, sutil o
espiritual, la medicina indígena ha sido también
particularmente atenta y poderosa. La conciencia aborigen
sobre la Interdependencia de la Vida (“Todo es
Uno y Todo está vivo” dice la máxima
chamánica), la ha llevado a ser sumamente respetuosa
de la Ley de Causa y Efecto a fin de tener un comportamiento
adecuado para no perturbar el vital equilibrio natural
espiritual y traer sobre si serias consecuencia o enfermedades.
Lo anterior, por tanto, también conducente a
la previsión de distintos remedios espirituales
de purificación para el restablecimiento del
orden perturbado. Por eso es que los cánticos
chamánicos curativos, danzas sagradas, y otros
diversos recursos para las enfermedades del sutil mundo
espiritual y anímico, fuente última de
toda enfermedad del mundo corporal, han sido empleados
con frecuencia en las culturas indígenas. Así
puede verse en tradiciones como las de los chamanes
wisiratus waraos y meñeruas Piaroas en Venezuela,
asi como la de los legendarios kallawayas de Bolivia
– tan sólo para citar algunos ejemplos.
Sin embargo, a pesar de todas las bondades de la cultura
indígena y toda su sabiduría en materia
de bienestar, ella no pudo contra el arrollador avance
europeo de la Conquista, que a la postre terminó
infligiendo sobre los aborígenes uno de los mas
grandes genocidios que ha conocido la historia de la
humanidad. Al término de la conquista y la colonia,
cerca de un 90% de la población amerindia había
sucumbido. Como se desprende de lo dicho anteriormente,
mas que debido a la acción de los arcabuces o
armas de fuego, debido a las enfermedades que diezmaron
a los aborígenes. Y éstas, mas que provenientes
del contagio directo del europeo como usualmente se
dice, provinieron mas bien mayormente del derrumbe del
estilo de vida aborigen, en lo físico y espiritual,
ante al asalto y avasallamiento colonialista europeo.
Ello significó el derrumbe de todo su sistema
inmunológico y ser, por tanto, pasto para todo
tipo de enfermedades.
Se trata de la misma suerte que espera, por cierto,
a la actual humanidad, la cual ha llegado tan lejos
en la profundización de una vida anti-natura
y la destrucción o contaminación del ambiente
natural, que se enfrenta ya a un similar colapso –como
lo muestra toda la actual proliferación de enfermedades
de los mas diversos tipos.
A menos que la humanidad cambie oportunamente su suicida
curso, y aprenda de la enseñanza mas sabia de
culturas como la de nuestros antepasados indígenas.
Y, en particular, del tipo de alimentación indígena,
muy distinto al de la actual desnaturalizada y enfermante
comida chatarra moderna-promovida por un inescrupuloso
aparato empresarial-mediático); de la preventiva
medicina natural aborigen (en contraste con la reduccionista
y quimiquizada medicina moderna); y de los hábitos
de vida sanos y cuido del medio ambiente indígenas.
En relación al tema ambiental, por cierto, éste
hoy se ha convertido en gran causal de enfermedad. En
la visión indigena tradicional el ser humano
y el ambiente son una misma cosa. La palabra “ambiente”
como tal incluso es en general desconocida en las lenguas
indígenas. Por consiguiente, el bienestar humano
estaba indisolublemente ligado a la calidad del entorno:
el equilibrio climático, el agua, los suelos,
el aire, los bosques y los otros seres vivos. Como bien
nos lo dejara dicho el inmortal sabio indígena
Seattle: “El hombre no tejió la trama de
la vida, tan solo es una hebra de ella; por tanto todo
lo que él le haga a la trama se lo hará
a si mismo”.
La generalizada y masiva actual destrucción y
contaminación del ambiente, sobre la cual Seattle
también proféticamente advirtiera; y en
particular de industrias de efectos planetarios como
el petróleo, el gas y la petroquímica,
en virtud de la inherentemente destructora-contaminante
extración de sus respectivas materias primas
asi como sus miles de altamente contaminantes productos,
han generado todo tipo de nuevas patologías de
intoxicación, cancerígenas, desquiciantes
hormonales y derrumbadoras del sistema inmunológico;
asi como el recrudecimiento de enfermedades infecto-contagiosas
como el paludismo y el dengue –por el calentamiento
del planeta y la intervención y el envilecimiento
de las aguas. Es lamentable que algunos de nuestros
paises del Sur sigan prestándose a seguir siendo
territorios de explotación de tan insano y suicida
tipo de “riqueza”, llamándola ilusamente
“bienestar”o “fuente de poder político”
(¿Cómo podría serlo algo logrado
a costa de la destruccion de las fuentes mismas de la
Vida ?).
A pesar de todo el previo colapso del mundo indígena,
asi como de la penetración de nuevos valores
envilecidores o desnaturalizadores, sobreviven, todavía
algunas culturas indígenas auténticas,
que, de la mano con nuevas fuerzas afines como la ecología,
el naturismo y otros sistemas de” medicina alterna”,
pueden ser luz en el rescate de la medicina natural
basada en un estilo de vida integrado al Orden Natural
-marco básico para la supervivencia humana. Toca
a los estudiosos rescatar, fortalecer y aprovechar el
maravilloso patrimonio terapeútico indígena
para el bien de la humanidad.
Dimensión de satisfacción-contentamiento
en la felicidad.
Tornemos ahora nuestra atención principal a la
dimensión de satisfacción-contentamiento
en el concepto de felicidad. Se trata, como hemos dicho
antes, de la mas sutil pero también mas clave
dimensión de la felicidad. Aún con salud
física, y en posesión de muchos bienes
materiales y relaciones sociales, podemos terminar infelices.
Parte de ello puede estar en tener demasiado apego a
todas esas cosas, con lo cual podemos terminar como
“poseedores poseídos”. Cuando la
codicia entra en juego en este proceso, el asunto se
hace mas grave. Como hemos dicho antes, la codicia es
anatema en grado mayor para la felicidad, pues nunca
deja satisfechos a los seres humanos de los que se posesiona.
Como bien lo dijo Gandhi: “El mundo tiene suficiente
para satisfacer las necesidades de todos, pero no para
saciar la codicia de tan sólo uno”. La
codicia nos hace querer acumular en forma insaciable
bienes o dinero con frecuencia a expensas de las necesidades
de otros y del Orden Natural, en contra de los preceptos
del amor, la compasión y el no dañar la
vida. Los bienes acumulados terminan así convertidos
en “males’’.
Bajo la influencia en buena parte de las nociones indígenas,
la propiedad había sido excluida de la Declaración
de Independencia de los Estados Unidos por Jefferson
de la categoría de “derecho natural”,
categoría reservada en dicha proclama sólo
para la vida, la libertad y la felicidad. Jefferson
consideraba que la propiedad debía tener límites
sociales, y por tanto ser mas bien un “derecho
civil” -sujeto a regulación. La propiedad
privada y su mal uso a través de la codicia o
la avaricia era, en efecto, vista de similar manera
en la cultura indígena, como lo muestra la siguiente
declaración del ohiyesa santee sioux Charles
Eastman: “La tribu reclamaba para si el suelo,
los ríos, la caza; solo la propiedad personal
era del individuo, y aun en ese caso se consideraba
vergonzoso incrementarla demasiado. Pues la codicia
devenía en crimen, y mucha propiedad hacía
a los hombres olvidar a los pobres....Sin ningún
complejo de verguenza o mendicidad, la nación
cuidaba de los jóvenes, los indefensos y ancianos,
en retribución de los tiempos de servicio de
éstos a la sociedad.¿Cómo ello
funcionaba? La avaricia, considerada la raíz
de todo mal, y la característica dominante de
la razas europeas, era desconocida para los indígenas;
en verdad el sistema que ellos habían desarrollado
la hacía imposible” (Windwalker, 2002).
Otra parte de la explicación sobre el por qué
la posesión de cosas o relaciones puede no necesariamente
hacernos felices podría estar en la calidad de
lo que se tiene o disfruta. Podemos tener mucho, de
pero no de la calidad necesaria para satisfacernos.
Pero la razón mas importante para explicar el
por qué el tener o disfrutar de cosas no garantiza
la felicidad es el carácter efímero de
muchas de ellas, lo que ocasiona que todo apego a las
mismas esté inexorablemente destinado al sufrimiento
cuando éstas desaparezcan –como inevitablemente
habrán de hacerlo- de nuestra vida. En cuanto
a esto último, el mayor apego de todos puede
ser el apego a nuestra a propia vida física,
pues, en verdad, lo único seguro de ella es que
terminará en su propia muerte, sin que podamos
tener la certeza del exacto cuándo y cómo.
De lo anterior surge entonces la importancia de apegarnos
sólo a lo trascendente, a lo permanente; y ello
sólo se consigue en el terreno de Dios y en el
terreno del alma, ó, para ponerlo en términos
mas indígenas, de El Gran Espíritu o Creador
y del espíritu de cada uno de nosotros.
De El Creador, y su obra el Cosmos Natural, viene toda
la sabiduría indígena para ser feliz.
Y recordemos que la sabiduría es prerrequisito
-junto al amor, la compasión, el respeto por
toda vida y el sentirse útiles- para la realización
de la dimensión de satisfacción-contentamiento
segun señaláramos antes.
A la luz de lo anteriormente expuesto, cobra plena significación
la sagrada “Oración de Acción de
Gracias” de los Oneidas de Norteamérica:
“Nuestra Madre Tierra cuida de todas nuestras
vidas. Pongamos nuestras mentes juntas. Así sea
en nuestras mentes...Al que hizo todas las cosas agradecemos
aquí en la tierra. Pongamos nuestras mentes juntas.
Así sea en nuestras mentes”.
Separarse del Orden Natural era para el indígena
separarse de la sabiduría. Como lo reconocía
la siguiente declaración del cacique Oglala Sioux
Oso Parado Luther: “Los antiguos dakotas eran
sabios. Ellos sabían que cuando el corazón
del hombre se alejaba de la Naturaleza se endurecía;
ellos sabían que la falta de respeto por otros
seres vivientes conducía pronto a la falta de
respeto por los humanos también. Así que
ellos mantenían a sus niños cerca de la
gentil influencia de la Naturaleza” (Nerburn y
Mengelkoch, 1991).
Por todo lo anterior, cabe reflexionar acerca de hasta
que grado las primigenias culturas recolectoras indígenas
(sin haber entrado a lo agrícola o industrial)
eran tan primitivas como ha rezado la actual sabiduría
convencional. Esta nos dice que la progresión
evolutiva del hombre ha ascendido desde lo recolector
como el estado “mas atrasado” hasta lo industrial
como lo “mas avanzado”. Sin embargo, contariamente
al anterior señalamiento, las culturas recolectoras,
por requerir de un íntimo conocimiento del Orden
Natural, a fin de poder sobrevivir establemente en base
a los frutos silvestres, eran sofisticadas conocedoras
del mismo, y, por tanto, se acercaban mas a una mayor
sabiduría–desde el punto de vista indígena
que enfatizaba la compenetración con el Orden
Natural.
Por otro lado, suele también decirse convencionalmente
que culturas aborígenes como la Caribe, que pobló
a Brasil, Venezuela y el Mar Caribe, fueron mas atrasadas
que los aztecas y los incas por haber carecido de la
monumentalidad de éstas -reflejada en sus grandes
urbes, templos, pirámides, etc. Pero ¿No
podría decirse mas bien que el Caribe fue mas
libre, feliz y sabio, precisamente por evitar caer en
lo anterior y contentarse mas bien con vivir de un aprovechamiento
de baja intensidad del medio natural, a través
de una descentralizada cultura recolectora-cazadora-agrícola,
incluso en buena medida de carácter itinerante;
sin las amarras de la monumentalidad y la estratificación
social de los grandes imperios indígenas de Las
Américas ? La evidencia histórica parece
indicar que, de hecho, los Caribes, conocidos por su
gran devoción a la libertad, se mantuvieron en
ella como algo deliberado, y en verdad fueron mas difíciles
de someter por los conquistadores europeos.
Sabiduría, Leyes del Orden Natural y Felicidad.
Para el indígena, pues, la sabiduría para
ser feliz estriba en estar sintonizados con la Naturaleza
y sus leyes. Destaca entre éstas la de “La
Unicidad de la Vida” o la del “Todo es uno
y todo está vivo” –la gran máxima
chamánica que antes hemos mencionado. Si los
humanos somos tan sólo “una hebra en la
trama de la vida” –como dijo el Gran cacique
Seattle- entonces ello tiene como consecuencia –según
el mismo Seattle- que “cualquier cosa que hagamos
a la trama nos la haremos a nosotros mismos”.
De allí el corolario de que debemos evitar hacer
daño a toda vida (el mandamiento ama guaña
de los Incas análogo al ahimsa de los budistas
e hinduistas) y, por el contrario, mas bien profesar
amor a toda la Creación. La creación misma,
en verdad, es un acto de amor; aún nuestra propia
vida como seres humanos proviene por lo general de la
fusión amorosa entre dos seres. La Creación
toda surge del amor, se nutre del amor, vive para el
amor, y termina disolviéndose en amor.(No en
balde el primer mandamiento cristiano, en coincidencia
con todas las otras principales religiones, se refiere
al Amor –en una ”regla de oro” de
todas éstas que engloba a todos los otros preceptos)
Otra ley cardinal del Orden Natural es la de la “Ley
de la a impermanencia”, que nos dice que “lo
único constante es que nada es constante”.
La muerte en ese sentido es una gran maestra en la cultura
indígena porque nos recuerda que hoy toca vivir
a plenitud. En la tradición indígena todo
“guerrero espiritual” se prepara para cada
batalla como si fuese su última y al así
hacerlo alcanza la excelencia. La impermanencia nos
enseña a valorar lo trascendente y lo inmortal
como lo mas importante para la felicidad. Como dijo
el yamparika comanche Diez Osos: “Busco por los
beneficios que duren por siempre y así mi cara
brilla de goce”. De las enseñanzas del
fabulado sabio yaqui Don Juan resalta la de “tener
siempre la muerte de compañera y maestra”
como clave para la sabiduría”.
Una tercera ley fundamental es la “Ley de Causa
y Efecto”, que nos dice que “toda acción
produce una consecuencia o reacción”. De
allí que en toda cultura indígena tradicional,
el nativo cuida mucho todos sus pasos, está en
permanente estado de alertez para prever las consecuencias
de lo que hace, y se relaciona con el medio natural
desde una perspectiva de gran respeto a fin de no causar
consecuencias indeseables que inevitablemente recaerían
sobre él. Por la misma razón, en la sabiduría
indígena también es común la noción
de tratar de reparar inmediatamente cualquier daño;
y la noción de procurar mas bien siempre acciones
positivas a fin de obtener efectos favorables. Ilustrativa
en relación a todo lo anterior es la siguiente
enseñanza del Cacique Joseph, de la nación
nez perce en Norteamérica: “Se nos enseñó
que El Gran Espíritu ve y oye todo, que nunca
olvida, y que consecuentemente da a cada hombre un espíritu-hogar
de acuerdo a sus acciones; si ha sido un buen hombre,
tendrá un buen hogar; si ha sido un mal hombre,
tendrá un hogar malo” (Nerburn y Mengelkoch,
1991). En Venezuela, en relación a culturas indígenas
como los waraos y los pemones, impresiona ver como se
le rinde culto a la ley de causa y efecto en sus minuciosos
códigos tradicionales de comportamiento, llenos
de “tabués”, “contras”
(para reparar daños o contrapesar sus efectos),
y recomendaciones, a fin de mejor llevarse con el medio
natural y otros seres vivos.
Otras leyes mas, como la “ley del movimiento cíclico-espiralado
de la Vida y su procesos” (fácilmente discernible
para el indígena en su estrecha comunión
con los “ciclos” de las estaciones, de la
recolección, la siembra, el agua, etc.), la “ley
de la analogía” (el microcosmos refleja
el macrocosmos y viciversa), y la “ley de la complementaridad
de los polos”, también fueron parte del
acervo vital de la sabiduría indígena.
La Felicidad: Un asunto del “Ser” mas que
de “tener”.
De todo lo anterior se deriva que, para el alcance de
la felicidad, en definitiva, los aspectos del “Ser”
, vinculados a lo trascendente y mas perenne, son mas
importantes que los del “tener”, vinculados
a lo menos trascendente y lo mas transitorio.
Y que en el caso de la sabiduría indígena
ancestral el “Ser”, en la forma mas satisfacedora,
en la forma mas proclive a la felicidad, se vinculaba
a la mayor integración posible con la Creación,
con el Orden Natural y sus leyes. No en balde, el credo
de paz y felicidad de los indígenas Hopis, tan
reverenciados por su sabiduría ancestral, se
resumía en su exclamación: Techqua Ikachi
!, que significaba: “fusionarse con la tierra
y celebrar la vida”. Esta noción de la
vida como una celebración nos recuerda la siguiente
enseñanza en la tradición quechua del
Intij Inti, El Creador, cuando en su génesis
del indígena sentenció: “Id al mundo
a disfrutar, porque disfrutando aprendereis, y aprendiendo
crecereis y creciendo se cumplirá el sagrado
propósito de la evolución” No en
balde en general el celo de los indígenas tradicionales
en reverenciar y respetar el Orden Natural, como bien
lo resumiera la siguiente enseñanza del Cacique
Joseph que además hacía comparación
con la actitud del europeo conquistador: “A nosotros
nos contentaba dejar las cosas como El Gran Espíritu
las había hecho. A los blancos no, ellos cambiarían
los ríos y las montañas si no eran de
su conveniencia” (Nerburn y Mengelkoch, 1991).
Epílogo. La Felicidad: Una vital misión
de vida
Todo lo anterior nos retrotrae a un aspecto fundamental
de la definición de felicidad, su conformación
con la identidad natural, con lo que somos de acuerdo
a los designios de El Creador, con nuestra natural misión
de vida existencial.
A la luz de lo anterior, adquiere significado universal
la siguiente aguda apreciación de Henry Steel
Commager refiriéndose a la sabiduría perdida:
“Sólo el hombre en estado natural era feliz”.
O, para, para decirlo en sentido inverso, si realizamos
nuestra identidad natural seremos automáticamente
felices, pues, como ha dicho el quechua Chamalu (Luis
Espinoza): “La felicidad es nuestra condición
natural y el principal síntoma de estar en nuestro
sitio”
Para ser feliz, sin embargo, hay que añadir,
a la común misión existencial de vida
que tenemos como humanos y seres vivos conscientes,
la misión de vida individual de cada quien. En
relación a esto último la siguiente aclaración
sobre el concepto nawal de los mayas lo resume muy bien:
“..La felicidad y la realización plena
de la vida se obtienen al cumplir el trabajo o la función
encomendada en el momento de la concepción y
el nacimiento..Nadie viene al mundo porque quiere venir,
dicen los Ancianos, quienes sabiamente aseguran que
todos tenemos una misión que cumplir en la vida.
Una papel que jugar en beneficio de la humanidad. Todo
ser humano tiene un nawal que define una personalidad
en particular y que lo hace diferente a las demás
personas.....la misión de vida dependerá
entonces de sus cualidades, aptitudes, virtudes y defectos,
regidos por su nawal, que no es mas que una divinidad
que ayuda y guía al individuo. El ser humano
no puede renunciar a su misión. Es su don, su
regalo, su responsabilidad, y si renunciara a esa misión
se enfermaría o, lo peor de todo, se moriría”
(Oxlajuj Ajput, 2001).
Somos felices, pues, si cumplimos la misión a
la que estamos destinados como seres humanos, tanto
en lo cósmico como en lo individual. Somos felices,
pues, si simplemente somos lo que nos toca ser. Y ello
constituye un camino mas que un destino, en el aquí
y el ahora.
Para hacer una analogía con el mas sencillo mundo
animal: “el pájaro no canta por estar feliz,
está feliz porque canta”.
Y al ser felices trascendemos, nos liberamos de lo subalterno
y lo perecedero.
Análogamente al pájaro que no teme el
momento en que la rama en que reposa empieza a crujir
pues él tiene alas para volar.
Como las alas a las que podemos apelar cuando nos llegue
la muerte física, porque, como dijo el indio
Seattle, en definitiva:“no hay tal cosa como la
muerte, sino un cambio de mundos”.
Como las alas puestas sobre las figuras humanas indígenas
de la cuidad sagrada de Tiwanaku en Bolivia o de las
rocas de Atures en el Orinoco venezolano, que nos recuerdan
nuestra propia conexión con la trascendencia.
La trascendencia donde mora la felicidad.
Corolario:
La Felicidad como base de la visión y agenda
para un Mundo Nuevo
En base a todo lo anteriormente expuesto en este trabajo,
cómo aplicar toda la redescubierta “sabiduría
de la felicidad” a la construcción del
Mundo Nuevo hoy requerido ante la inoperancia y derrumbe
del actual ?..Cuál debe ser la nueva visión
y agenda?
La Visión debe ser el poner al Ser Feliz en el
centro de las motivaciones personales y las políticas
públicas; y la Agenda, favorecer todo lo que
nos haga feliz y descartar lo que no.
Cabe entender porque a tantos, atrapados en tanto problema
abrumador del mundo de Hoy, les pueda parecer algo “cuesta
arriba”, un imposible, el ser feliz.
Pero en verdad, si ser feliz es algo consustancial a
nuestra identidad natural, como hemos demostrado ampliamente
en este trabajo, debería ser mas bien todo lo
contrario de lo anterior. Ser feliz sería lo
mas facil, lo “cuesta abajo”; y ser infeliz,
lo mas difícil, lo “cuesta arriba”.
Hasta los estudiosos de la fisonomía lo han notado:
se requiere mover menos músculos faciales para
sonreir que para ponerse bravos !!!
El problema es que la civilización que nos ha
regido es anti-natura y se ha acostumbrado a hacer todo
al reves. El Producto interno Bruto, ese valor monetario
que mide lo producido en un pais, y que los economistas
nos han vendido como “el índice máximo
del bienestar nacional”, no sólo no se
preocupa ni por la calidad o sustentabilidad de lo producido
sino que suele prosperar de la enfermedad, la muerte
y la infelicidad. Si la gente se enferma mas y hay mas
gastos médicos o de consumo de medicinas, el
PIB sube; como sube cuando se contamina o se destruye
el medio ambiente (en lo cual están incursas
la mayor parte de las industrias que aportan al PIB);
o cuando hay mas divorcios (mas gastos de abogados,
mas liquidación de bienes, etc)! Las flagrantes
contradicciones del PIB con el logro de real bienestar
y felicidad son una perogrullada que no hemos querido
ver.
El haber perdido la capacidad de ver perogrulladas,
de ver lo obvio, de ejercer el “sentido común’’
(que hoy parece en verdad el menos comun de los sentidos);
por tanto enredo en que nos hemos o nos han metido,
por tanta información/instrucción confundidora
–que no sabiduría ! es uno de los síntomas
mas reveladores del desvarío humano actual.
Asi como el diagnóstico es obvio, las soluciones
también. Tenemos que redefinir el sentido del
bienestar y el progreso a fin de reenfocarlo hacia la
vieja y vital ansia de ser feliz. Tan vital, que a pesar
de toda la alienación y confusión actual,
esta volviendo a la palestra en forma incontenible –como
mostráramos al comienzo de este trabajo.
Lo anterior implica cambiar la falsa y suicida ideología
del PIB, inventada por los economistas y perpetuada
por el poder político-económico, por un
nuevo sistema de índices de bienestar que ponga
a la felicidad y a la salud otra vez en el centro.
Un sistema de índices de bien-estar y bien-ser
que valoren lo cualitativo sobre lo cuantitativo, la
solidaridad sobre el egoísmo, la responsabilidad
sobre la irresponsabilidad, lo espiritual sobre lo material,
las omni-sabias leyes del Orden Natural o Divino por
sobre las estrechas o ego-céntricas leyes humanas.
Y todo esto último, en definitiva, está
opuesto al sistema del PIB, el cual descansa incluso
en una concepción totalitaria-opresiva de la
Vida, al pretender confinar todo lo que vale a la capacidad
de hacer dinero; concepción totalitaria-opresiva
de la que se han embebido incluso los “Estado-Nación”
(forma de organización política que, con
sus apenas 300 años de vida, ha pretendido regir
sobre formas de organización humana de miles
de años de antigüedad o sabiduría),
así como otras instituciones como el Fondo Monetario
Internacional y la Organización Mundial del Comercio
custodias del actual colapsante “orden mundial”.
Tenemos que re-aprender que las cosas mas importantes
de la Vida como la felicidad, la salud y el afecto,
en verdad no se compran ni se venden, ni son cuantificables;
se viven y se sienten. Y re-aprender que aun las recetas
de bien-estar y bien-ser mas obviamente universales
deben dejar libre un espacio para la autodeterminación
personal y local para que puedan ser instrumentadas
e internalizadas según la respectiva especificidad
y ritmo personal y local –sin la desvirtuadora
imposición “de un arriba hacia abajo homogenizante”.
Por tanto, no pueden seguir teniendo cabida en la agenda
del Mundo Nuevo actividades que dañen a los seres
vivos y que vulneren la felicidad social y ambiental.
Lo cual descalifica a industrias tan notorias en este
sentido como la de los hidrocarburos (incluyendo el
petróleo, el gas y la petroquímica); la
minería depredadora; la industria forestal depredadora;
la agricultura de los monocultivos agroquímicos
o de los frankesteins-transgénicos (devastadora
o contaminante de los suelos, el agua, la diversidad
biológica; desnaturalizadora de los alimentos);
industrias basadas en productos o vicios enfermantes
como el tabaco, el alcohol o los casinos; para citar
sólo algunos ejemplos emblemáticos..Todo
este tipo de actividad, por lo demás, en frontal
riña con la genuina sabiduría indígena,
sabiduría de salud y vida, sabiduría de
responsabilidad...Lo que sin embargo no ha obstado para
que, a fin de legitimar su explotación en territorios
o culturas indígenas, dicho tipo de actividades
se hayan pretendido presentar a lo largo del continente
americano como compatible con lo indígena –cuando
mas bien significan su perversión o extinción
definitiva !
Los Estados-Nación, tanto los de las grandes
potencias como de los países mas chicos que ha
imitado tal modelo, con frecuencia se han escudado tras
el concepto de la “soberanía nacional’’
no sólo para evadir su responsabilidad para con
el medio ambiente –local y planetario- en cuanto
a sus actividades, sino también para reclamar
en forma centralista propiedad sobre los “recursos
naturales”. Ambas pretensiones están en
riña con la visión indígena. En
cuanto al tema de la “soberanía”,
se trata de un concepto ajeno a la sabiduría
aborigen, que mas bien reconoce que en el Orden Natural
no hay nada por el estilo sino que mas bien todo es
“interdependencia” –en base a la máxima
“Todo es uno y todo esta vivo”. En cuanto
a la propiedad, tal noción choca con la enseñaza
indígena de que “La tierra no nos pertenece,
nosotros pertenecemos a la tierra”. Por tanto,
el término mismo “recursos naturales’’
es inapropiado porque ve a la Naturaleza en forma instrumental,
algo de lo cual los humanos se sirven a conveniencia,
y no algo de lo cual ellos son parte, por lo cual lo
mas correcto sería mas bien hablar de “”dones
o bienes naturales”. Por ello, a los indígenas
el término “propiedad” normalmente
les es ajeno (recordemos la respuesta de Seattle a los
colonos europeos “Cómo podemos venderles
lo que no es nuestro?””); prefiriendo ellos
ver su relación con la Madre Naturaleza y sus
dones como de custodia responsable, so pena de consecuencias
desfavorables a revertirse sobre los propios seres humanos
(en esto la sabiduría indígena coincide
con otras genuinas sabidurías, como la de la
misma Biblia que dice: “”Dios traerá
la ruina de los que han arruinado a la tierra”).
Así pues que, por el contrario, lo que se requiere
en la nueva agenda es de formas de ganarse la vida,
formas de abastecimiento, que promuevan líneas
como la de las energías alternativas renovables
aprovechadas en forma ecológica (como la del
sol, el agua (incluyendo los ríos y mares), el
viento, la geotermia, biomasa, y de nuevas revolucionarias
fuentes como el hidrógeno) –sobre las cuales
existe ya un suficiente conocimiento para desarrollarlas
en gran escala si sólo hubiese suficiente voluntad/
concertación política para hacerlo; se
require de industrias para nuevos sistemas de transporte
que reemplacen al de la actual suicida y congestionadora
“carrocracia”–abiertamente insustentable;
materiales de fabricación biológicos renovables
y reciclables que reemplacen a otros de características
o procedencia tan anti-ecológica como los plásticos
petroquímicos o los metálicos-minerales
producto de la devastación de la Naturaleza;
una agro-industria alimentaria natural y ecológica
sana, que reemplace al actual enfermante y anti-ecológico
complejo industrial-mediático-consumista de la
comida chatarra de origen agro-químico-o desnaturalizado;
industrias y tecnologías para la descontaminación
y recuperación del planeta; industrias de reciclamiento;
industrias para sistemas de salud natural y preventiva...
Para citar solo algunas, capaces de servir de pauta
y marco para otras, y capaces de generar millones y
millones de nuevos empleos y fuentes de manuntención;..
en una prosperidad concatenada mas sana y sustentable.
Pero, además de los anteriores aspectos relativos
a la satisfacción de necesidades humanas primarias,
se requiere también de otro orden de prioridades
y valores en nuestra –mas superior y vital- naturaleza
espiritual. Los problemas del mundo actual han llegado
tan lejos y son tan abrumadores, en verdad, que solo
el cambio en el orden espiritual, con todo su gran poder
y capacidad de transmutación, puede salvarnos.
Cambio a ser precedido primero que todo por una gran
purificación espiritual.
Precisamos recurrir a mucho amor, compasión y
solidaridad a fin de poder enfrentar problemas tan ominosos
como la actual gran debacle de violencia en que se encuentra
sumido el mundo actual; en relacion a la cual pareciera
a veces que, mas que palabras como “solucionar”,
cabría usar expresiones como “exorcizar”
!
Tal es el alcance de la tarea requerida ! Y la fuerza
y recursos para ello sólo estan disponibles en
el ambito espiritual !
La violencia es la negación de la vida y la convivencia.
En su informe sobre la Salud y la Violencia del 2002,
la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha
puesto al problema en la categoría de “flagelo
universal que rompe la fibra de las comunidades y amenaza
la vida, la salud y la felicidad de todos”. La
OMS ha definido a la violencia en los siguientes términos:
“El uso intencional de la fuerza física
o el poder, en amenaza o en hecho, en contra de si mismo,
otra persona, o en contra de un grupo o comunidad, el
cual resulta o tiene alta probabilidad de resultar en
herida, muerte, daño psicológico, maldesarrollo
o privación”.
Una definición integral en verdad que coincide
con lo dicho en todas las grandes tradiciones espirituales
o religiones del mundo, que también proscriben
a “la violencia en pensamiento, palabra u obra”.
Un mal que aun cuando se inflinge sobre otro daña
no solo a la víctima sino también al perpetrador;
por aquello que nos recordara tan bien el indio Seattle
cuando dijera “el hombre no tejió la trama
de la vida, tan solo es una hebra en ella, por tanto
todo lo que él le haga a la trama se lo hará
a si mismo”. Por cierto Seattle, inicialmente
un gran guerrero, terminó como gran pacifista.
También nos dejó dicho: “Cuando
nuestros jovenes se tornan airados y desfiguran sus
caras con pinturas de guerra, sus corazones también
se desfiguran...esperemos que las hostilidades entre
los pieles rojas y sus hermanos cara-pálida nunca
vuelvan. Tendríamos todo que perder y nada que
ganar..” En tal transmutación Seattle hizo
causa común con otros ex-guerreros devenidos
en grandes abanderados de la paz; como Ashoka en la
India (que pasó de temido conquistador a amado
emperador propagador del budismo por el mundo), Bolívar
(de quien, aunque algunos aun siguen empeñados
en recordar principalmente su espada guerrera, también
quedó de sus ultimos mas serenos años
la siguiente significativa sentencia: “De la paz
se deben esperar todos los bienes y de la guerra nada
mas que desastres....lo que se destruye es inútil
a todos”).
Los iroqueses, esa gran cultura indígena norteamericana
que descollara tanto en el arte de la organización
politica en paz, que inspirara a ideológos tan
dismiles como Tomas Jefferson y Federico Engels, nos
han transmitido enseñanzas tan interesantes como
la siguiente del Cacique Oren Lyons, en cuanto a lo
que animó a su gente a abandonar la guerra y
desconcentrar el poder para el logro de su gran Era
de Paz: “Los pueblos de las naciones enterraron
sus armas convencidos de que cualquier sociedad dirigida
por un solo hombre o una minoría dominante estaría
estructurada segun las costumbres de la violencia y
seguiría alojada bajo las ramas del Arbol de
la Guerra. Creían que la violencia es la raiz
de una sociedad jerarquizada y que tales sociedades
jamas conocerían la Paz”.
La causalidad que los iroqueses encontraron entre la
violencia y los resultados que generaba, nos lleva a
destacar otro punto crucial de carácter ético:
no se puede alegar ser no-violento y utilizar medios
violentos para llegar a un determinado fin. Pues, como
dijo Gandhi, los medios y el fin son la misma cosa,
estan indisolublemente ligados, los medios producen
el fin. Si bien hay una papel legitimo para el uso de
la fuerza con caracter defensivo y como un ultimo recurso,
que debe cuidar ademas no dañar a gente inocente
que no sea parte del conflicto ventilado, la violencia
debe siempre mantenerse como éso: un ultimo recurso
y no ser blandido como el primero –detonando con
frecuencia una espiral incontrolable que termina tornándose
al final contra los mismos que la hayan comenzado. Las
figuras que deben inspirarnos para la nueva era de sabiduría,
justicia y paz que reclama el mundo, no pueden ser combatientes
o guerilleros que se quedaron en la violencia, sino
figuras como Seattle, Jesus, Juan Pablo II, Gandhi o
Luther King.
Esto dos últimos en particular nos enseñaron
mucho sobre de cuántos recursos no-violentos
disponen los pueblos para oponerse a situaciones intolerables
de injusticia u opresión: boicots, huelgas, movilizaciones,
consumo y produccion alternativas, etc. -siempre cuidando
que no fuesen teñidos ni siquiera con la violencia
en el pensamiento !
Aún la forma de hacer justicia en la sabiduría
indígena mas genuina se atenía a la compasión,
prefiriéndose una concepción de la justicia
“restauradora” mas que punitiva. Asi, en
el Pixab de los mayas encontramos la siguiente enseñanza
en relacion a como trataban a los transgresores: “’..los
problemas y las maneras de solución no llegaban
a la tortura ni a la muerte, táctica particular
de los invasores europeos. Se respetaba el derecho a
la auto-corrección o auto-mejoramiento. Los conflictos
se resolvían respetando la vida e integridad
de la persona o grupo vencido”.
Por otro lado, en el fondo de la sabiduría iroquesa
estaba bien claro lo clave de la fuerza espiritual para
el logro de un sólido orden político.
Otra vez, en palabras de Oren Lyon: “La espiritualidad
es la forma mas elevada de la conciencia política’’.
Mensaje de gran importancia hoy para tantos activistas
políticos que aun no terminan de entenderlo;
y en particular muchos de la llamada izquierda que con
frecuencia arrastran un lastre de exclusivo ateismo
o mundanidad que no les permite llegar al fondo de todo
el potencial humano para los cambios mas trascendentes.
Si bien en un determinado contexto histórico
o cultural aquella frase de Marx “La religión
es el opio de los pueblos” puedo haber tenido
algun sentido, haberse quedado en ella como verdad absoluta
o permanenente es un gran error. La “religión”
(literalmente la unión con Dios, El Gran Espíritu,
Cosmos, o como se le quiera llamar) es una necesidad
vital del ser humano para su realización plena.
En verdad, el peligro mayor y mas permanente que habría
que concientizar es el de “el materialismo como
el gran opio de los pueblos” !! Y ciertamente
ese el problema mas relevante hoy. La carencia en mucha
de gente de izquierda o socialista de la dimensión
espiritual y de suficiente sensibilidad ecológica
los incapacita en verdad para entender cabalmente lo
indígena, aunque digan apoyarlo o, aun mas, aleguen
con auto-conveniente alarde –como parece haberse
puesto de moda hoy- que las sociedades indigenas precolombinas
eran “socialistas” (cuando en verdad lo
mas correcto es decir que los socialistas han querido
copiarse de lo indigena aún sin plena coherencia
o éxito !)
El hecho de que los practicantes hayan fallado no invalida
pues el valor de la genuina religiosidad o espiritualidad.
A pesar de todas las atrocidades cometidas en nuestro
continente contra lo aborigen en nombre de la Cruz cristiana,
no se puede condenar por ello la enseñanza humanista,
compasiva y universal de Cristo. Despues de todo, asi
como hubo tantos impíos cristianos anti-aborigen,
también ha habido los Bartolomés de Las
Casas y un Papa como Juan Pablo II que pidió
perdón por dichas at