“¡Dios os guarde de sacrificar el presente
por el porvenir!”
Anton Chejov
Resumen
El
mundo de las sociedades indígenas y tradicionales
representa la diversidad dentro de la diversidad, por
lo cual ninguna generalización a partir de ellas
resultaría satisfactoria. Pero es indudable el
aporte cuantitativo y cualitativo que estas entidades
históricas y contemporáneas nos ofrecen
como insumo para procesos transformadores, tanto microsociales
como macrosociales, que se están gestando en
el presente, particularmente en Centro y Suramérica;
sin que ello signifique restringirnos a una imitación
servil, sino por el contrario suscitar una emulación
creadora. Esto parece especialmente significativo ante
la obvia pobreza de las respuestas presuntamente integrales
a los sistemas políticos opresores y a su soporte
intelectual reducido a un pensamiento único.
Estamos, paradójicamente, ante la permanente
tentación de reaccionar frente al pensamiento
único neoliberal con un pensamiento único
“revolucionario”, que vendría siendo
una suerte de retrato en negativo. En tal sentido, nuestro
trabajo propone, todavía en forma muy apretada,
una serie de consideraciones basadas en distintas culturas
indígenas, de plena actualidad para este planteamiento
que ojalá se concrete en contribuciones reales
a un nuevo planeta diverso y descolonizado.
I
Estamos
atravesando una época en la que la sabiduría
indígena ancestral, el chamanismo con todas sus
variantes legítimas, las etnociencias de los
pueblos y toda esta inmensa variedad de aportes cognitivos
emanados del mundo indígena americano y universal
aparecen en la agenda de los movimientos de resistencia
contra la globalización salvaje, el pensamiento
único y demás mecanismos de dominación
imperialista, con una fuerza inusitada y una actualidad
que no hace sino crecer con los años de manera
exponencial. Toda esta repotenciación de los
aportes de los pueblos originarios (Mander 1991, Topa
y Jacobs 2006) –algunos de ellos ya investigados
y otros todavía por conocer y estudiar en mayor
profundidad– significa, al mismo tiempo, un reto
gigantesco que sólo puede ser respondido por
el trabajo constante y comprometido, el intercambio
permanente de ideas dentro de un clima crítico
pero creativo y constructivo a la vez, que desemboque
en la aplicación y puesta en práctica
de este mundo de ideas aun sin la previa exigencia de
la toma de poder político. Sin embargo, es necesario
enfatizar que precisamente en Bolivia (Gonzales e Illesca
2002a, 2002b, Gonzales e Illesca 2003), y hasta cierto
punto en otros países del continente, el poder
indígena de carácter político,
social y cultural –si bien todavía muy
débil en lo económico-financiero–
ya es un hecho definitivo e irreversible, con sus inmensas
ventajas pero también con sus riesgos cada vez
más discernibles y a veces preocupantes.
De
allí la urgencia de trabajar el tema en su sentido
más amplio, con el fin de arribar a resultados
no sólo útiles sino imprescindibles para
contribuir con los procesos ya existentes y suscitar
otros en gestación, con miras a acentuar las
iniciativas y logros comprobadamente favorables, a la
vez que replantear con modesta firmeza y espíritu
abierto a todos los factores en juego aquello que aparentemente
esté presentando dificultades de alguna índole,
junto a errores por omisión o comisión
que jamás faltan en la dinámica transformadora
de las realidades, independientemente de su naturaleza
y magnitud. He puesto el mayor cuidado en prever el
carácter de nuestra participación discursiva,
conceptual y práctica, cuya importancia jamás
deberá absolutizarse mas tampoco reducirse a
la dimensión de meras opiniones circunstanciales.
En
aras de la concisión que el momento nos impone,
preferimos ir al grano desde un principio y plantear
las cosas en forma lapidaria, con la esperanza de ir
ampliando y corrigiendo nuestros argumentos y exposiciones
a medida que avance la discusión colectiva que
queremos oportuna, relevante y fecunda en todos sus
elementos y conexiones. Por tanto haremos nuestra primera
referencia a la relación que hay entre el complejísimo
mundo indígena y la sociodiversidad planetaria
que emerge con fuerza incontenible. Hace años
venimos insistiendo en que lo indígena no solamente
es diverso sino que representa una “diversidad
dentro de la diversidad” (Carrillo y Perera 1995,
Jaulin 1970, Tierney 2002), asumiendo responsablemente
el peso de un pleonasmo muy bien justificado. En términos
algo más concretos, lo indígena –además
de ancestral, perenne, pertinente y enriquecedor para
la humanidad– ante todo representa una contribución
enormemente variada en su propio seno. Se trata de una
realidad múltiple por naturaleza que siempre
se expresa en plural, y esa pluralidad se manifiesta
en los parámetros infinitos a través de
los cuales se encarna históricamente al igual
que en la contemporaneidad.
La
comprensión de este punto es realmente prioritaria,
ya que venimos notando ciertos errores y aberraciones
que es necesario desterrar antes de que se vuelvan crónicos
y contaminen una teoría y praxis ya de suyo difíciles.
Para ganar transparencia y lucidez, nombraremos en seguida
los dos fenómenos que más nos preocupan
en este circuito de ideas. La primera anomalía
es la confusión entre lo indígena-étnico
y lo indígena-genérico, que a su vez presenta
sus grados y variantes. En segundo término está
la sempiterna tentación de fagocitar y digerir
el pensamiento indígena dentro del marco de un
izquierdismo más general y planetario, en casos
extremos por una doctrina única o unificada de
izquierda que presuntamente serviría de respuesta
automatizada al pensamiento único de la derecha
neoliberal. Es fácil comprender que ambas desviaciones
arremeten contra la diversidad (Greenberg 1987) y, de
algún modo, tienden a establecer una lucha a
muerte entre un corto número de ideologías
antagónicas, mas todas ellas portadoras de la
candidatura a un pensamiento único “legítimo”
y “verdadero”. Por lo demás, la segunda
amenaza preconiza incluso la extinción última
del universo cognitivo y sociopolítico indígena
como modelo autónomo.
Sin
embargo, esta discusión es muy delicada y debe
manejarse con extremo cuidado y comprensión de
los hechos, si nuestra intención es sacar de
todo esto unas conclusiones valederas, pertinentes y
sobre todo constructivas. Nuestra meta es fortalecer
la resistencia contra el pensamiento único, para
lo cual necesitamos todos los aliados posibles; lo que
presupone que la confrontación de ideas en el
campo opositor a la globalización neoliberal
debe ocurrir en el marco de un diálogo enriquecedor
y fraterno, evitando con ello cualquier intento de división
en fragmentos irreconciliables. Comencemos, dentro de
esta tónica, por escudriñar el universo
indígena como éste se presenta históricamente
y en la actualidad. Sin contar por ahora las culturas
indoamericanas sólo conocidas por la historia
y la arqueología –es decir, sin ninguna
representación o con presencia mínima
en la actualidad– el número de formaciones
originarias socio-lingüístico-culturales
llega fácilmente a una cifra cercana a los mil
quinientos aún con cálculos conservadores,
tomando en cuenta la gigantesca extensión de
Norte, Centro y Suramérica (http://viajes vistas.galeon.com/pueblosindigenas/
indigenas.htm#poblacion. Fecha de consulta: 18 de septiembre
de 2006)
A
ello debemos añadir inmediatamente que la mayoría
de estas culturas autóctonas ofrecen en su seno
dos variantes internas discernibles como mínimo,
pero pueden ser muchas más. Sin ánimos
de exagerar tales diferencias, nuestro amor por la diversidad
recuperado al cabo de tantos años de represión,
banalización y ridiculización nos obliga
a reconocerle a esa variabilidad interna toda la importancia
que se merece y lo que ello contribuye a poner de relieve
una creatividad humana verdaderamente multidimensional.
Sólo para ejemplificar este planteamiento tan
sencillo de documentar, diré aquí que
por ejemplo la cultura warao de Venezuela y las Guayanas
comprende por lo menos dos variedades (Heinen 1987),
y la cultura pemón de la Gran Sabana, de la familia
caribe, un mínimo de tres, sin contar algunas
formaciones periféricas muy semejantes. Tanto
es así que de vez en cuando las diferencias culturales
intraétnicas pueden ser similares y hasta mayores
que algunas interétnicas: por ejemplo, las que
existen entre los yaruro-pumé, de orientación
fluvial y acuática con una extensa utilización
de la canoa, y los yaruro-pumé-capuruchanos,
quienes ocupan históricamente algunas extensiones
relativamente secas dentro de sabanas que se extienden
entre los ríos y caños del Sur del estado
Apure en Venezuela (Mitrani 1987).
Volviendo
ahora nuestra mirada a un país como Bolivia,
nos percatamos inmediatamente de su pertenencia parcial
a un gran conjunto sociocultural andino kechwa-aymara,
obviamente no homogénea en su propio seno, sobre
todo si consideramos la totalidad de Los Andes suramericanos;
mas también es preciso perfilar toda la relevancia
de la presencia guaraní y de formaciones etnoculturales
aún más independientes y disímiles
como son los ayoreo, los chiquitano y tantos otros pueblos
de la Amazonía y del Chaco bolivianos. Cuando
hacemos este tipo de análisis surge evidentemente
la pregunta de si no existen también importantes
coincidencias y similitudes en todas o al menos la mayoría
de las culturas originarias de Abya-Yala, para usar
esta vez el ya conocido y divulgado topónimo
kuna-tule de origen panameño; cuya autoctonía
resalta inmediatamente al lado del término geográfico
América, de clara prosapia europea, sin entrar
ahora en algunos detalles etimológicos muy interesantes.
Pienso que será aleccionador detenernos someramente
en esta controversia sobre el nombre de nuestro continente
en relación con el tema general que nos ocupa.
II
No hay por qué extendernos en la manida historia
de cómo el italiano Americo Vespucci de alguna
forma le arrebató a su colega y posible coterráneo
Cristóbal Colón la gloria de ser epónimo
de nuestro continente, puesto que Colombia –también
la Columbia Británica– es sólo una
pequeña parte de América. Nada de esto
nos duele, sin duda alguna, ya que ningún europeo
pudo ser “descubridor” de la tierra en que
vivimos, si en ella habían transitado incontables
generaciones de americanos nativos y originarios, por
lo menos durante cincuenta mil o tal vez más
años (Mosonyi 2001). Mas mi inquietud no se plantea
en relación con el nombre de América,
que finalmente llegó a generalizarse ya a partir
de la segunda mitad del siglo XVI. Nos toca más
bien examinar el propio término Abya-Yala que
aproximadamente significa lo mismo que América
y tiene la ventaja de ser indígena. Pero sucede
también que Abya-Yala –en tanto palabra
y como concepto– forma parte de una sola cultura
vigente en una parte de Panamá y sus inmediaciones
en la actual Costa colombiana. Me parece excelente que
utilicemos Abya-Yala como sinónimo de América,
popularizándolo y difundiéndolo como aporte
netamente originario, pero nunca deberemos olvidar que
tampoco esta denominación forma parte del acervo
de ninguno de los demás pueblos indios americanos,
con toda la simpatía que pudieran tener por sus
hermanos kuna. Me parece que este sólo ejemplo
arroja bastante luz sobre la cantidad de factores que
es necesario tener presentes si de veras nos interesa
reconocer y conservar la increíble diversidad
de las culturas americanas.
Con
todo, para no quedarnos con la impresión de que
nuestro continente está compuesto de un mosaico
irreductible de pueblos incomunicables por naturaleza,
queremos hacerle justicia al otro término de
nuestra dialéctica intracontinental. Los pueblos
originarios de las tres Américas –con la
reserva que nos merece este nombre impuesto– han
estado comunicados históricamente desde su primera
aparición, han compartido y difundido un sinnúmero
de elementos, sistemas y valores culturales y –especialmente
en el último medio siglo pero aún antes–
comenzaron a organizarse a nivel continental desde Canadá
y Estados Unidos hasta Argentina y Chile. Esto les ha
permitido en un proceso breve pero intensivo hermanarse
y compactarse contra todo tipo de opresión externa,
elaborando para ello un conjunto impresionante de creaciones
y representaciones comunes y compartidas; entre ellas
las ideas y valores imprescindibles para realizar unidos
la lucha por un mundo mejor que, junto a otros muchos
logros, también dé cuenta y estimule la
biodiversidad y la sociodiversidad en cualquiera de
sus manifestaciones.
Nuestra
exposición pretende establecer con la mayor lucidez
posible que la diversidad no supone en absoluto la carencia
o minimización de los referentes comunes y la
consiguiente solidaridad entre las formaciones sociales
que configuran esta red ya no continental sino también
extracontinental; porque existen pueblos indígenas
y tradicionales en todos los rincones del mundo, ya
suficientemente reivindicados para constituir una fuerza
colectiva imponente y cada vez más eficiente.
En aras de la necesaria brevedad, vamos a hacer referencia
a una serie de valores que se han detectado y documentado
–con ciertas diferencias de detalle– en
un alto porcentaje y a veces en la casi totalidad de
los pueblos indígenas, no solamente de América
sino del mundo entero: respeto total a la naturaleza,
democracia interna participativa, sostenibilidad en
el uso y reproducción de los recursos, amor por
la vida en todas sus manifestaciones, reconocimiento
y aceptación de la diversidad, una profunda espiritualidad
trascendente al cosmos, unanimidad en la toma de decisiones
por consenso voluntario. Sabemos que no se trata de
una lista de validez absoluta (Bracho 2006). Por ejemplo,
se nos podría enrostrar que muchas de estas sociedades
han sido tradicionalmente bélicas, intolerantes
y hasta conquistadoras. Desde luego, sería inconcebible
desvirtuar esta contra-argumentación, por ejemplo,
referente a los pueblos de las grandes llanuras norteamericanas,
de algunos malayos de las islas del Sudeste asiático
o –¿por qué no?– los grandes
imperios mesoamericanos y andinos.
Existen,
no obstante, estudios arqueológicos y etnohistóricos
bien actualizados que tienden a comprobar que porcentualmente
la gran mayoría de las sociedades tradicionales
tiende a ser tolerante y pacífica; pero sucede
que las más belicosas y arrojadas, a pesar de
su menor número, no vacilan en hacer la guerra
y llegan a desplazar con cierta facilidad a las comunidades
con menos experiencia en estas prácticas. En
algunos casos pueden hasta aniquilarlas por completo.
Si bien aún existen grandes controversias sobre
este tema, al movimiento indígena internacional
le interesa por sobre todas las cosas reunir y compaginar
aquellos ejemplos que mejor contribuyan a la perdurabilidad
de los propios pueblos y de la humanidad en general,
en la medida en que la misma esté dispuesta a
la adaptación y aprovechamiento de los ejemplos
más logrados de convivencia humana compatible
con la diversidad planetaria. No es imprescindible contar
con todas las experiencias locales a fin de formular
los marcos generales de un pensamiento indígena
supraétnico e incluso ecuménico, cuyas
características puedan ser trasladadas y parcialmente
adaptadas, con gran habilidad creativa, a las especificidades
de cada pueblo que necesite asegurar su futuro en armonía
y en pleno disfrute de una buena calidad de vida: justamente
lo que más falta hace en Occidente y en todas
las sociedades influidas por la hegemonía de
las superpotencias.
Por
la índole de este trabajo, trataremos de ejemplificar
lo expuesto con el concepto cada vez más actual
de la toma de decisión consensual. Esta discusión
es especialmente delicada, no sólo porque cada
sociedad que aplica dicha norma presenta sus características
muy peculiares y seguramente intransferibles al resto
de la humanidad, al menos en lo concerniente a la versión
original y propia del consenso en cada caso particular.
Esto ni siquiera debería ser objeto de discusión.
Pero sucede también que desde un principio se
perfilan objeciones aparentemente muy válidas
cuyo conjunto dificulta el entendimiento sobre el rasgo
que nos interesa poner de manifiesto. Por ejemplo, al
hablar de consenso pareciera en cierto modo criminalizarse
la disidencia, incluso plantearse que la variedad y
diversidad de opiniones es en sí algo deplorable,
lo que contraría totalmente algo que hemos afirmado
hasta el momento, precisamente en defensa de lo plural
frente a lo único e inapelable. Se suscita también
otro problema con la percepción, en modo alguno
ilegítima, de que la ausencia de discusión
puede llevar fácilmente a la simplificación
y uniformización del diálogo como mecanismo
comunicativo, lo cual a su vez traería consigo
la reproducción indefinida de patrones culturales
tradicionales, prácticamente sin ningún
cambio en el tiempo. Sería ésta otra versión
del famoso “fin de la historia” (Fukuyama
2000).
Con
todos estos problemas en mente, queremos recalcar las
bondades y ventajas de la “consensualidad indígena”
(Mosonyi 2004). No en vano este procedimiento se ha
venido aplicando con tal éxito en tan alto número
de sociedades. Continúa pareciéndome una
proeza de la inteligencia humana la capacidad colectiva
de llevar a cabo una discusión prolongada, exhaustiva,
madura y, ante todo, inequívocamente constructiva
en torno a un problema álgido, que generalmente
hay que resolver porque sí: en caso contrario,
se cae toda la sociedad. Como expresáramos en
otras ocasiones, ello representa lo diametralmente opuesto
al típico parlamentarismo occidental, vacío,
retórico, a menudo agresivo con el sólo
objeto de lucirse frente al adversario, y que aun en
caso de prolongar sus sesiones indefinidamente termina
dejando la cosas más enrevesadas de lo que estaban
al comienzo. Nuestra conclusión fundamental al
respecto es que entre los indígenas se arreglan
los problemas y la vida sigue su marcha; mientras tanto,
la mayoría de los occidentales son capaces de
darle la vuelta al cráter durante largo tiempo
para terminar cayéndose en el volcán.
Pero
el aporte indígena no se agota simplemente en
lograr soluciones eficaces y concretas. Tiene al menos
la misma importancia el hecho de que el consenso alcanzado
al final de cada discusión de cierta envergadura
permite que la comunidad fortalezca su cohesión
y ejecute las decisiones tomadas no sólo en unanimidad
sino en armonía, sin el peligro inherente de
un grupo grande o pequeño de descontentos que
luego minen los intentos de solución, llegando
quizás a neutralizar todos los esfuerzos. Mas
en esto parece residir justamente lo delicado del problema.
Algunos nos dirán, seguramente, que el consenso
se hizo a costa de eliminar la disidencia, aplanar el
pensamiento colectivo, sustituir la diversidad por la
uniformidad. Yo le he dedicado largas horas de reflexión
a esas lecturas contrastantes y consulté el tema
con personas poseedoras de alguna experiencia en esta
materia y otras similares. Ahora, sin atribuirme la
verdad definitiva, pienso haber llegado a una comprensión
más clara y matizada del asunto. Primero, no
creemos que este tipo de consenso juicioso y maduro
signifique acabar con la disidencia y la diversidad
de criterios. Recordemos que las reuniones indígenas
pueden durar hasta varios días, todo el mundo
habla y puede repetirse cuantas veces quiera, y ningún
argumento queda escondido, ignorado o silenciado. Tal
procedimiento garantiza, en sí, el respeto y
aun la búsqueda de la diversidad.
Indudablemente,
todo el mundo fue oído, además de apoyado
o refutado según la dinámica de cada coloquio.
Por tanto, la participación ha sido plena, mucho
mayor de lo que permite el parlamento occidental con
sus intervenciones de tres, cinco y diez minutos, y
la restricción de los debates a un par de horas
o de días. Aquí se nos replicará,
sin duda, que de todos modos la solución emanada
de la decisión consensuada y uniforme condujo
necesariamente al triunfo de un planteamiento único,
por sobre todos los demás. Puede haber una verdad
a medias dentro de este reproche. En realidad si el
consenso se logró a base del estudio exhaustivo
de todos los argumentos, esa característica de
la decisión salvaguarda en cierto modo la presencia
de la diversidad. En lo que atañe al sentir subjetivo
de las personas cuyos pareceres fueron derrotados o
poco representados en la decisión final, tampoco
estamos frente a una mina de posibles resentimientos
que luego incidirán negativamente en la gobernabilidad.
Creemos, por el contrario, que cada actor individual,
al menos en el fondo, se siente respetado y tomado en
cuenta, sigue teniendo la potestad de conservar en su
fuero íntimo una opinión contestataria
que tal vez sacará a relucir en otra oportunidad.
Y lo que nos parece aun más fundamental, podrá
ser testigo –ya en el futuro inmediato o quizás
más tarde– de que la decisión madurada
por el colectivo será ejecutada, puesta en práctica,
contribuirá en alguna medida a subsanar los problemas
previamente planteados, y tal vez la gestión
será exitosa o si no rectificable en cualquier
momento futuro. Condensando un poquito más la
idea, estamos seguros de que con este método
las cosas se discuten y luego se ejecutan; mientras
que las decisiones poco decantadas, aun aquellas tomadas
por una mayoría, suelen crear tanta confusión,
resquemor y saboteo que finalmente nada se hace, ni
siquiera a medias. Por algo las sociedades indígenas
son estables y milenarias.
En
cuanto al posible conservadurismo extremo que podría
emanar de tales situaciones consensuales, también
podemos introducir algunos matices útiles para
el problema de fondo que nos ocupa: la gobernabilidad
democrática, pacífica y sostenible. Un
manejo superficial de la introducción de algún
insumo innovador nos haría ver tal vez que es
mucho más sencillo sugerir cualquier novedad
si el proponente es a la vez un actor social poderoso,
quizás el único verdaderamente poderoso
en todo el colectivo. En tal orden de ideas, cuando
la decisión está en manos de dos personas
se demora bastante más, y cuando ya son muchas,
generalmente no se decide, todo queda en su justo lugar
o, peor aún, terminarán tomándose
decisiones espasmódicas y arbitrarias que ni
siquiera tienen que ver con la innovación original.
No obstante, en las sociedades indígenas y tradicionales
suele ocurrir de otra manera. Es verdad que el innovador
es siempre uno solo o cuando mucho un grupo muy pequeño.
Pero luego los actores innovadores pueden aprovecharse
de los mecanismos deliberativos y consensuales de carácter
tradicional, con el fin de discutir hasta sus últimas
consecuencias la bondad, utilidad y viabilidad de todas
sus ideas. Recordemos que ellas pretenden en mayor o
menor medida modificar lo habitualmente establecido
en determinados renglones, aunque siempre se corre el
albur de que cualquier novedad terminará a la
larga alterando toda la estructura anterior, en virtud
de las obligatorias interrelaciones entre las partes.
No
quiero aquí llegar a una discusión académica,
por lo que prefiero decir que en mi propia experiencia
he visto con suficiente claridad cómo muchas
innovaciones, sobre todo las más legítimas,
llegan a obtener una caja de resonancia en un colectivo
que discute libremente y tiene la misión de mejorar
y perfeccionar cualquier idea presentada. En este momento
me acuerdo claramente que, luego de varios centenios
de colonialismo interno, un grupo de iniciadores indígenas
y no indígenas tuvimos la valentía y osadía
de exponer ante numerosas asambleas indígenas
un conjunto de ideas verdaderamente revolucionarias
para fines del siglo pasado. Se discutió largamente
sobre el fortalecimiento de las culturas autóctonas,
la educación intercultural bilingüe y la
recuperación total de los idiomas nativos. Quedamos
hasta sorprendidos de que no nos fuera nada difícil
impregnar de estos planteamientos a colectivos indígenas
enteros, llegar a un acuerdo total e irrestricto entre
todos los miembros de la comunidad, y con ello reforzar
y potenciar la resistencia de numerosos pueblos indígenas
frente al etnocidio generalizado que venía corroyendo
sus entrañas. En nuestro caso, el sistema deliberativo
indígena no sólo permitió sino
que amplificó y perfeccionó, multiplicó
y colectivizó, un valioso conjunto de propuestas
que de otro modo habrían quedado en las cabezas
de pequeñas élites.
Por
otra parte, recordemos en este contexto que lo aquí
expuesto centra sus referencias en las comunidades indígenas
más tradicionales. Vale decir, tenemos conciencia
plena de que cualquier intento de transplantar parcialmente
esta metodología de tratar problemas colectivos
con miras a la toma de decisiones consensuales a sociedades
menos tradicionales o incluso dominadas por ideologías
occidentales sedicentemente modernas y contemporáneas
enfrentaría serias dificultades. El traslado
plantea con absoluta evidencia la necesidad de lograr
un conjunto de cambios y adaptaciones a partir de los
modelos originales que propicien su aplicabilidad y
utilidad neta en los contextos sociales más heterodoxos.
Por ejemplo, si en un país incluso mayoritariamente
indígena se celebran asambleas multitudinarias
–incluyendo las de índole constituyente
o en todo caso orientadas a cambios generalizados de
mucha profundidad– ya existe un entramado de condicionamientos
previos que seguramente excluyen la factibilidad de
buscar consensos y unanimidades, sobre todo si queremos
evitar a todo trance cualquier rastro de autoritarismo.
Ahora bien, se deduce por simple lógica que a
falta de consenso lo más próximo a lo
que se puede llegar es a una decisión ampliamente
mayoritaria; y mientras esa mayoría sea porcentualmente
más numerosa, más cerca estamos de lograr
tal vez un simulacro o una aproximación al verdadero
consenso.
Aquí
es precisamente donde empieza el manejo de mecanismos
adaptativos, a fin de no perder totalmente la concreción
y el espíritu de las valiosas manifestaciones
del saber milenario indígena, en relación
con el difícil tema de las asambleas populares
y sus dictámenes, a veces tan controvertidos.
Tenemos que ir por partes. Ya más o menos insinuamos
que dentro del carácter de nuestra exposición
la sola posibilidad sustitutiva del consenso absoluto
sería el consenso relativo; vale decir, un alto
o altísimo porcentaje de asambleístas
que estén firmemente de acuerdo con una decisión
tomada o por tomar. Curiosamente, también el
pensamiento occidental ha arribado a conclusiones comparables
cuando se dice, por ejemplo, que determinado mecanismo
parlamentario exige una mayoría de al menos las
dos terceras partes de los interlocutores. No es tanto
la cifra lo que nos interesa, sino el hecho más
general de que una mayoría fuerte o abrumadora
es la que más se acerca a un consenso. Esto descarta
automáticamente cualquier intento de bajar nuestras
expectativas a una mayoría simple –como
del 51%– la cual en la práctica es tan
poco significativa que deja a la sociedad dividida en
dos trozos aproximadamente iguales, sobre todo al tomar
en cuenta que las opiniones de las personas son altamente
variables. En este sentido, yo no le atribuyo ningún
valor trascendente al resultado de las recientes elecciones
presidenciales mexicanas, donde la diferencia de votos
es insignificante con respecto al número de habitantes
del país.
Si
el mecanismo de la mayoría simple es poco convincente,
con mayor razón debemos descartar desde un principio
cualquier recurrencia a mecanismos aun menos exigentes
y por ende menos democráticos. Tales arbitrios
serían, por ejemplo, las decisiones impuestas
por minorías de gran capacidad manipuladora como
son los medios de comunicación, los partidos
políticos y aun algunos líderes carismáticos
que tienen la facilidad de convertir grandes conglomerados
humanos en masas multitudinarias teledirigidas, totalmente
simplificadas en sus facultades mentales y carentes
de criterio propio a la hora de decidir. Otra forma
de imponer decisiones minoritarias o inconsultas es
a través de mecanismos autoritarios, de extorsión
colectiva, a veces represivos sin conocer límites
como ocurre en regímenes propiamente dictatoriales.
Ya nos estamos yendo por el lado de manifestaciones
ideológicas totalmente anti-indígenas,
procedimientos que nada tienen que ver sino que pugnan
por negar rotundamente y en su totalidad la sabiduría
y el saber indígena acumulados durante milenios
y en medio de la más franca y libre diversidad.
Sus múltiples sociedades llegaron en parte a
conclusiones paralelas en varios de sus ámbitos
problemáticos, pero también poseían
canales comunicativos entre sí que les permitían
y hasta las impulsaban a enriquecer mutuamente sus experiencias
colectivas en un sentido netamente intercultural. Tal
es el motivo de que algunas veces encontremos coincidencias
tan asombrosas entre sociedades tradicionales bien alejadas
geográficamente entre sí y pertenecientes
a momentos históricos diferentes.
Por
fortuna, la aplicabilidad del saber indígena
en circunstancias no tradicionales y que se dan en sociedades
sedicentemente modernas no se reduce a hechos analógicos
con algunos procedimientos occidentales como la búsqueda
de mayorías contundentes para aproximarnos al
consenso. Es factible y conveniente ir mucho más
allá como sería, por ejemplo, la posibilidad
de hacer reuniones especiales con quienes votaron en
contra de la mayoría, con el fin de salvar algunas
de sus propuestas, limar las posibles asperezas causadas
por la derrota, y mantener un ambiente fresco y aireado
para que todos por igual puedan continuar participando
en procesos a veces largos, en lugar de estar pensando
en eventos puntuales que por su naturaleza sólo
pueden solucionar una parte de cada problemática.
Si este tipo de mecanismos se aplicarán con la
espiritualidad indígena y el interés colectivo
de mantener la solidaridad por encima de todo, tales
eventos ulteriores a la decisión propiamente
dicha podrían tener el efecto de una terapia
de grupo para la reconciliación mutua, en el
mejor sentido del término; es decir, sin intenciones
de manipular una parte del colectivo para despojarla
de sus iniciativas. Por el contrario, si se lograse
–como evidentemente se puede hacer– ese
contacto fluido dentro de un colectivo no necesariamente
consensuado pero siempre receptivo al sentir de todos,
ello serviría para reforzar el pensamiento crítico
y la capacidad proactiva de cada individuo. Nos hemos
permitido esta digresión tal vez un poco extensa
sólo para demostrar las múltiples formas
en que se pueden aprovechar hoy día, en cualquier
tipo de contexto social, las inmensurables experiencias
colectivas acumuladas por la sabiduría ancestral,
el acervo etnocientífico y la diversidad cultural
reforzada por la interculturalidad.
III
Estas consideraciones sobre la diversidad dentro de
lo indígena, la continuidad de ese pluralismo
dentro de tantas sociedades diferenciadas, plantea la
necesidad de una fecundación intercultural para
el mejoramiento y enriquecimiento ostensibles de otras
sociedades, inclusive las de cariz moderno. Seamos capaces
de aceptar que toda sociedad puede y debe interactuar
dialógicamente y aprender a renovarse a raíz
de su contacto con todas las demás. Con tal fin,
hemos tratado de reforzar una veta del pensamiento político
indígena actual en su rol de actor social universal,
contribuyente importante al futuro del conjunto de la
humanidad, con su modestia imborrable que jamás
aspira al protagonismo principal o único. En
lo que resta de esta exposición nos centraremos
brevemente en la otra inquietud que habíamos
esbozado; vale decir, la posibilidad no despreciable
de que en la coyuntura actual de la situación
mundial ciertos sectores de una izquierda más
o menos dogmática desvirtúen y fagociten
la contribución indígena, subordinándola
a una serie de proyectos que en su esencia pueden ser
tan occidentales y deletéreos como el mismo capitalismo.
Quiero aclarar sin asomo de ambigüedad que muchos
operadores de las izquierdas presentes y pasadas han
actuado de perfecta buena fe, han desarrollado una conciencia
que sólo desea lo mejor para la humanidad, además
de estar seguras de luchar por la verdad y contra todo
tipo de mentira o subterfugio. Aun llegando a escaladas
de fanatismo incipiente o subido, su intencionalidad
de propiciar las transformaciones con la mejor ética
posible no desaparece siempre que se trate de agrupamientos
que no hayan caído en el oportunismo, corrupción
o doble discurso. Válganos el espacio para reiterar
que la unión entre las izquierdas –uso
el plural de manera deliberada– y los movimientos
indígenas y otros de reivindicación etnocultural
continuará siempre siendo una necesidad, especialmente
ante la evidencia de la escasez de sectores transformadores
críticos y la increíble dificultad de
obtener apoyo y sellar alianzas. Creo honestamente que
en esta forma he logrado reforzar mi actitud conciliadora,
constructiva y promotora de una diversidad donde todos
nos respetemos.
Mas
si este acercamiento y fortalecimiento de alianzas es
necesario y ha de ser factible, tal imperativo me obliga
aún más a recalcar ciertos fenómenos
ya diagnosticados en multitud de contextos pero que
aún siguen ahí entorpeciendo y con alguna
frecuencia impidiendo cualquier entendimiento sostenible
y duradero entre ambos sectores críticos tan
importantes: por un lado, el amplio mundo de la izquierda
y, por el otro, el igualmente prolijo conjunto de los
movimientos indígenas, grandes portadores de
sabiduría ancestral con innovaciones creadoras
de carácter contemporáneo. Ellos están
firmemente enraizados en su matriz autóctona
y son por ello diferentes en muchos sentidos de la contemporaneidad
occidental. Si bien sería monstruoso simplificar
todas las tendencias izquierdizantes a través
de estereotipos ad hoc, prevalecen todavía ciertos
rasgos y componentes que definen la mayor parte de su
comportamiento político actual, inclusive en
situaciones muy concretas y precisas. Me refiero específicamente
a los grandes movimientos actuales que enfrentan y se
proclaman como alternativa a la globalización
capitalista neoliberal, norteamericana o de cualquier
otra factura.
La
izquierda le ha cedido espacios a la diversidad mas
aún no ha sido capaz de digerirla. La tentación
al monismo, a la nubosidad, a la simpleza conceptual
y pragmática parece siempre oponerse y, en última
instancia, sobreponerse a la voluntad de ciertos dirigentes
esclarecidos que por fin comprendieron la importancia
de fuerzas telúrico-cósmicas tales como
la diversidad, la pluralidad sociocultural y lingüística:
bases de la verdadera interculturalidad, que no se reduce
al mero cotejo de manifestaciones superficiales de un
par de sociedades ideológicamente reducidas a
colectivos intercambiables. Es una lástima que
al cabo de tantos años de aparente diálogo
entre exponentes del pensamiento de izquierda y del
pensamiento indígena, aún hoy día
tengamos que insistir en una serie larga de incompatibilidades
de hecho, ya que no de esencia filosófica. En
efecto, con todas las diferencias muy normales y respetables,
ambos universos, el indígena y el de la izquierda,
podrían perfectamente aliarse, apoyarse mutuamente
y fecundarse de múltiples maneras: convertirse
en interculturales sin perder cada uno su especificidad.
Todavía no ocurre así. Cuando digo esto,
me refiero fundamentalmente a la izquierda auténtica
y transformadora, haciendo caso omiso de las corrientes
derechizantes, pragmáticas, orientadas hacia
un centro nebuloso donde sólo se percibe con
claridad el sesgo capitalista, a veces hasta globalizador
y neoliberal. Es de lamentar, no obstante, que ni siquiera
con esta izquierda aún viva y operante haya podido
tender puentes indestructibles el gran universo epistémico
de la indianidad.
No
somos los únicos en afirmar que tal hecho ha
dificultado, cuando no impedido, la maduración
de las izquierdas y su capacidad generadora de modelos
sociopolíticos duraderos en el tiempo y fieles
a sus primeras y reales intenciones (Bonfill Batalla
1990, Grupo de Barbados 1993, Mosonyi 1982). Así
nos lo hace ver el derrumbe en efecto dominó
de la casi totalidad de los socialismos reales, principalmente
a fines del siglo pasado. Pero, aunque un pseudo-socialismo
a lo staliniano pudiese durar mil años, de nada
valdría su permanencia en el tiempo, porque –según
dijimos– se trataría de un modelo total
y absolutamente contradictorio con la concepción
de una sociedad inclusiva, equitativa, participativa,
democrática, libre y orientada hacia la pluralidad.
Si los estimados lectores o escuchas recuerdan bien
nuestras páginas anteriores, esta caracterización
tan halagadora se corresponde en alto grado con la de
las sociedades indígenas y tradicionales. Lo
que pareció suceder en las experiencias más
recientes de la subida de fuerzas izquierdistas al poder,
puede reconducirse a situaciones iniciales regidas por
mucha ética, voluntad creadora y ganas de engendrar
sociedades casi perfectas. Pero como todos estos inicios
pretendían arrancar de cero, ya en los primeros
años empezaba a tomar cuerpo la impaciencia,
la improvisación, el nerviosismo, la competitividad
y, poco a poco, la desconfianza mutua y luego los choques
permanentes entre los propios autores y actores de cada
proceso.
Fijémonos,
incluso, que hasta ahora estamos manteniéndonos
en la esfera de una relativa buena fe. Pero si a esas
cualificaciones agregamos también la tentación
eterna de toda clase de vicios, en parte heredados de
regímenes políticos anteriores, tales
como la ambición personal, la corrupción,
el ansia de poder y riqueza, el fanatismo, una ignorancia
a veces delirante y tantas perversiones más,
es muy fácil comprender por qué hasta
los más sólidos y transparentes procesos
transformadores y revolucionarios tienden a caer en
los dos tipos de trampas que denunciamos: la desviación
irreversible respecto de los fines originales y, por
otro lado, un debilitamiento regresivo que tal vez en
poco tiempo mermaría la vitalidad de la experiencia,
como en efecto ha sucedido las más de las veces.
El mayor problema, sin embargo, no estriba en la multiplicidad
de ensayos fracasados sino en la propensión de
volver a caer por enésima vez en los mismos o
similares errores, a veces perfectamente previsibles.
Una mínima atención concedida a la milenaria
historia de los pueblos indígenas les habría
ahorrado la mayor parte de estas equivocaciones a estos
incontables caudillos y otros revolucionarios, quienes
en lugar de auscultar a los verdaderos chamanes preferían
siempre convertirse en “aprendices de chamán”,
para hacer las cosas de manera atolondrada, desordenada,
arbitraria y siempre a destiempo.
Quizás suene un poco duro este conjunto de señalamientos
que de cierta forma recogen las fallas más obvias
de numerosas revoluciones y conatos de transformación
socialista que se han producido en el mundo, sobre todo
–mas no exclusivamente– durante los últimos
cien años. No nos cansamos de repetir que el
único propósito que nos guía es
el anhelo más profundo de que a partir de ahora
los intentos transformadores nos vayan saliendo mejor,
logrando materializar sus planteamientos fundamentales
que constituyeron sus plataformas de lanzamiento; y
que le brinden además espacio a un perfeccionamiento
continuo que –como todo lo humano– nunca
llegará a ser total. Ahora en Bolivia y otros
países americanos se asoma nuevamente la posibilidad
del desenvolvimiento ininterrumpido de una hermosa experiencia
de autogobierno soberano y desarrollo sostenible netamente
popular e indígena. Quizás con otros signos
pero con propósitos similares se yerguen movimientos
y sistemas de gobierno contrarios a la globalización
salvaje y al capital todopoderoso, socialistas o al
menos socializantes. Para que estas opciones tan prometedoras
–hasta novedosas en el actual contexto latinoamericano–
fructifiquen, todo lo que hasta hoy sabemos del acervo
histórico, cognoscitivo y sociopolítico
de los pueblos originarios de América y del mundo
nos señalan, ya desde ahora y muy claramente,
que dichas iniciativas deberán asumir un carácter
profundamente espiritual y tener en cuenta al menos
los puntos siguientes:
1)
Más importante que la consecución, concentración
y perpetuación del poder por el poder es el fortalecimiento
autónomo de las pequeñas sociedades y
su articulación solidaria dentro de la diversidad,
como paso simultáneo o previo a la adquisición
del poder político a escala nacional y continental.
2)
La conservación de los recursos renovables y
no renovables y del equilibrio ecológico-ambiental
está por encima de las urgencias energéticas,
que se manifiestan en la proliferación de la
minería, la petroadicción o sobreexplotación
del petróleo, la hiperurbanización, la
deforestación y el fomento de monocultivos.
3)
Es imprescindible que todo proceso transformador y reconstructivo
produzca una mejor calidad de vida, con nuevas esperanzas
y adquisiciones ya a partir de las generaciones actuales,
no sólo para un futuro borroso e indefinido,
cuando se hubiere cumplido el proceso revolucionario.
4)
Todo proyecto de renovación social deberá
trabajar para la inclusión de la población
total, sin amagos de retaliación o racismo al
revés. Siempre habrá individuos y grupos
irrescatables e incorregibles –remanentes de largos
siglos de opresión e injusticia–, pero
la inmensa mayoría de los seres humanos, aun
los inicialmente no convencidos por los esfuerzos transformadores,
podrán nuevamente convivir en paz y armonía,
y disfrutar de una felicidad compartida según
cánones de una depurada espiritualidad indígena.
IV
He de confesar en esta parte final que el presente trabajo
está bastante sesgado por la antigua y consabida
dicotomía de izquierdas y derechas, cuando tanto
la realidad actual como potencial exigen una visión
pluridimensional y compleja del actual drama que vive
la humanidad. Aspectos de importancia evidente como
la calidad de vida frente a la insistencia unilateral
en el nivel de vida; la reducción del consumo
energético como condición ineludible para
sustituir la explotación de hidrocarburos y otros
combustibles fósiles por fuentes no destructivas
ni contaminantes; un enriquecimiento y transformación
sin precedentes de nuestro sistema y escala de valores,
la formación de una nueva civilización
telúrico-cósmica –más allá
de lo antrópico–, explícitamente
orientada a la perdurabilidad y posible perfeccionamiento
del orden universal, en fin, tantas aportaciones que
el pensamiento indígena y otras cosmovisiones
alternativas comportan en su seno: todo ello debe ocupar
plenamente nuestra atención aun cuando por razones
prácticas no se pueda explicitar y explayar en
cada uno de nuestros trabajos. Lo que ocurrió
esta vez fue la urgencia con que tuvimos que abordar
la específica relación de lo indígena
con el abigarrado mundo de las izquierdas, en atención
al hecho conspicuo de que en los momentos actuales hay
sectores importantes de la izquierda que están
acumulando fuerza y han tomado el poder político
en diversos países y regiones que nos interesan
profundamente. Ya expusimos con algunos detalles la
tremenda importancia de que dicha izquierda se convierta
en verdadera aliada de los movimientos de afirmación
indígena, en vez de continuar ostentando el dudoso
privilegio de ser los entes conductores y caracterizadores
de todo proceso político transformador, con los
indígenas al lado como hermanos menores, además
de fácilmente asimilables a una realidad en la
cual no participan.
Otro
punto que me interesa retomar por un instante, ya que
está mencionado más arriba, es la necesidad
indiscutible de ir acumulando fuerza y poder intrínsecos
en la propia base de los pueblos y comunidades indígenas
sin el condicionamiento previo de tener que acceder
al poder político, ya en primera instancia.
Sostenemos inclusive que la institucionalización,
oficialización y triunfo plenos del poder político
se logran con mayor facilidad, mejores resultados y
una sustentabilidad más duradera, si desde un
principio se afianzan los elementos formantes del poder
local y regional como garantía de éxito
para cuando los resultados se proyecten a escalas territoriales
y poblacionales mucho mayores. Los pueblos indígenas
han tendido a resolver sus asuntos internos siempre
en esta forma acumulativa. Comienzan el trabajo transformador
con cualquier problema manejable en una situación
dada y la clara intención de lograr al menos
alguna solución parcial y perfectible a mediano
plazo. Mientras tanto continúan conservando la
necesaria perspectiva totalizante de las aspiraciones
de su pueblo o comunidad, pero sin desesperarse por
lograr desenlaces inmediatos, seguramente poco duraderos.
Ya los resultados parciales, junto a la negativa de
dejar demasiados cabos sueltos en cada caso, servirían
de estímulo y gratificación a la comunidad
actuante, dentro de una dinámica serena, persistente
y segura de poder ligar los triunfos del presente con
los grandes objetivos del futuro. Estas son solamente
algunas ideas ilustrativas de cómo han hecho
y seguirán actuando los pueblos indígenas
para insertarse creativamente en un contexto cósmico,
donde no ha de perderse una sola generación,
y ningún espacio-tiempo debe quedar desaprovechado.
Obviamente, tal es la forma de evadir lo mejor posible
el apresuramiento voluntarista expuesto al fracaso;
pero también esos futurismos de duración
infinita y sin nexo con las presentes generaciones:
que sólo exigen el sacrifico del aquí
y del ahora en aras de una redención total imprevisible
e inconexa con la actualidad, más allá
de la fe ingenua de algunos sectores fundamentalistas.
El pensar y actuar más arraigados en las comunidades
autóctonas que tenemos el privilegio de conocer
personalmente o a través de una historiografía
confiable nos ilustran claramente el hecho de que el
indígena se abstiene de hacer cortes violentos
en su propio espacio-tiempo y de fragmentar la realidad
en componentes inasibles y carentes de sentido. El poder
indígena está siempre presente, pero nuestra
época le brinda un mayor protagonismo como verdadera
opción transformadora, tanto para los pueblos
originarios como para la humanidad.
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de 2006
Esteban Emilio Mosonyi,
Ensayista, Antropólogo, Master en Lingüística,
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la
Universidad Central de Venezuela UCV, asesor de la Coordinación
Intercultural de Salud con Pueblos Indígenas
(Cispi) del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.