Bolivia


Inglés

Venezuela

Trinidad
&
Caribbean


Very usefull links

 


 

Puntos de Vista
Análisis y opinión sobre energía y política

 

Métodos ancestrales de participación, decisión, consenso, y otros parámetros sociopolíticos: Su vigencia actual como alternativas para procesos contemporáneos


Albert Barcilon

Incas - Civilización perdida


Por Esteban Emilio Mosonyi


“¡Dios os guarde de sacrificar el presente por el porvenir!”
Anton Chejov

Resumen

El mundo de las sociedades indígenas y tradicionales representa la diversidad dentro de la diversidad, por lo cual ninguna generalización a partir de ellas resultaría satisfactoria. Pero es indudable el aporte cuantitativo y cualitativo que estas entidades históricas y contemporáneas nos ofrecen como insumo para procesos transformadores, tanto microsociales como macrosociales, que se están gestando en el presente, particularmente en Centro y Suramérica; sin que ello signifique restringirnos a una imitación servil, sino por el contrario suscitar una emulación creadora. Esto parece especialmente significativo ante la obvia pobreza de las respuestas presuntamente integrales a los sistemas políticos opresores y a su soporte intelectual reducido a un pensamiento único. Estamos, paradójicamente, ante la permanente tentación de reaccionar frente al pensamiento único neoliberal con un pensamiento único “revolucionario”, que vendría siendo una suerte de retrato en negativo. En tal sentido, nuestro trabajo propone, todavía en forma muy apretada, una serie de consideraciones basadas en distintas culturas indígenas, de plena actualidad para este planteamiento que ojalá se concrete en contribuciones reales a un nuevo planeta diverso y descolonizado.


I

Estamos atravesando una época en la que la sabiduría indígena ancestral, el chamanismo con todas sus variantes legítimas, las etnociencias de los pueblos y toda esta inmensa variedad de aportes cognitivos emanados del mundo indígena americano y universal aparecen en la agenda de los movimientos de resistencia contra la globalización salvaje, el pensamiento único y demás mecanismos de dominación imperialista, con una fuerza inusitada y una actualidad que no hace sino crecer con los años de manera exponencial. Toda esta repotenciación de los aportes de los pueblos originarios (Mander 1991, Topa y Jacobs 2006) –algunos de ellos ya investigados y otros todavía por conocer y estudiar en mayor profundidad– significa, al mismo tiempo, un reto gigantesco que sólo puede ser respondido por el trabajo constante y comprometido, el intercambio permanente de ideas dentro de un clima crítico pero creativo y constructivo a la vez, que desemboque en la aplicación y puesta en práctica de este mundo de ideas aun sin la previa exigencia de la toma de poder político. Sin embargo, es necesario enfatizar que precisamente en Bolivia (Gonzales e Illesca 2002a, 2002b, Gonzales e Illesca 2003), y hasta cierto punto en otros países del continente, el poder indígena de carácter político, social y cultural –si bien todavía muy débil en lo económico-financiero– ya es un hecho definitivo e irreversible, con sus inmensas ventajas pero también con sus riesgos cada vez más discernibles y a veces preocupantes.

De allí la urgencia de trabajar el tema en su sentido más amplio, con el fin de arribar a resultados no sólo útiles sino imprescindibles para contribuir con los procesos ya existentes y suscitar otros en gestación, con miras a acentuar las iniciativas y logros comprobadamente favorables, a la vez que replantear con modesta firmeza y espíritu abierto a todos los factores en juego aquello que aparentemente esté presentando dificultades de alguna índole, junto a errores por omisión o comisión que jamás faltan en la dinámica transformadora de las realidades, independientemente de su naturaleza y magnitud. He puesto el mayor cuidado en prever el carácter de nuestra participación discursiva, conceptual y práctica, cuya importancia jamás deberá absolutizarse mas tampoco reducirse a la dimensión de meras opiniones circunstanciales.

En aras de la concisión que el momento nos impone, preferimos ir al grano desde un principio y plantear las cosas en forma lapidaria, con la esperanza de ir ampliando y corrigiendo nuestros argumentos y exposiciones a medida que avance la discusión colectiva que queremos oportuna, relevante y fecunda en todos sus elementos y conexiones. Por tanto haremos nuestra primera referencia a la relación que hay entre el complejísimo mundo indígena y la sociodiversidad planetaria que emerge con fuerza incontenible. Hace años venimos insistiendo en que lo indígena no solamente es diverso sino que representa una “diversidad dentro de la diversidad” (Carrillo y Perera 1995, Jaulin 1970, Tierney 2002), asumiendo responsablemente el peso de un pleonasmo muy bien justificado. En términos algo más concretos, lo indígena –además de ancestral, perenne, pertinente y enriquecedor para la humanidad– ante todo representa una contribución enormemente variada en su propio seno. Se trata de una realidad múltiple por naturaleza que siempre se expresa en plural, y esa pluralidad se manifiesta en los parámetros infinitos a través de los cuales se encarna históricamente al igual que en la contemporaneidad.

La comprensión de este punto es realmente prioritaria, ya que venimos notando ciertos errores y aberraciones que es necesario desterrar antes de que se vuelvan crónicos y contaminen una teoría y praxis ya de suyo difíciles. Para ganar transparencia y lucidez, nombraremos en seguida los dos fenómenos que más nos preocupan en este circuito de ideas. La primera anomalía es la confusión entre lo indígena-étnico y lo indígena-genérico, que a su vez presenta sus grados y variantes. En segundo término está la sempiterna tentación de fagocitar y digerir el pensamiento indígena dentro del marco de un izquierdismo más general y planetario, en casos extremos por una doctrina única o unificada de izquierda que presuntamente serviría de respuesta automatizada al pensamiento único de la derecha neoliberal. Es fácil comprender que ambas desviaciones arremeten contra la diversidad (Greenberg 1987) y, de algún modo, tienden a establecer una lucha a muerte entre un corto número de ideologías antagónicas, mas todas ellas portadoras de la candidatura a un pensamiento único “legítimo” y “verdadero”. Por lo demás, la segunda amenaza preconiza incluso la extinción última del universo cognitivo y sociopolítico indígena como modelo autónomo.

Sin embargo, esta discusión es muy delicada y debe manejarse con extremo cuidado y comprensión de los hechos, si nuestra intención es sacar de todo esto unas conclusiones valederas, pertinentes y sobre todo constructivas. Nuestra meta es fortalecer la resistencia contra el pensamiento único, para lo cual necesitamos todos los aliados posibles; lo que presupone que la confrontación de ideas en el campo opositor a la globalización neoliberal debe ocurrir en el marco de un diálogo enriquecedor y fraterno, evitando con ello cualquier intento de división en fragmentos irreconciliables. Comencemos, dentro de esta tónica, por escudriñar el universo indígena como éste se presenta históricamente y en la actualidad. Sin contar por ahora las culturas indoamericanas sólo conocidas por la historia y la arqueología –es decir, sin ninguna representación o con presencia mínima en la actualidad– el número de formaciones originarias socio-lingüístico-culturales llega fácilmente a una cifra cercana a los mil quinientos aún con cálculos conservadores, tomando en cuenta la gigantesca extensión de Norte, Centro y Suramérica (http://viajes vistas.galeon.com/pueblosindigenas/ indigenas.htm#poblacion. Fecha de consulta: 18 de septiembre de 2006)

A ello debemos añadir inmediatamente que la mayoría de estas culturas autóctonas ofrecen en su seno dos variantes internas discernibles como mínimo, pero pueden ser muchas más. Sin ánimos de exagerar tales diferencias, nuestro amor por la diversidad recuperado al cabo de tantos años de represión, banalización y ridiculización nos obliga a reconocerle a esa variabilidad interna toda la importancia que se merece y lo que ello contribuye a poner de relieve una creatividad humana verdaderamente multidimensional. Sólo para ejemplificar este planteamiento tan sencillo de documentar, diré aquí que por ejemplo la cultura warao de Venezuela y las Guayanas comprende por lo menos dos variedades (Heinen 1987), y la cultura pemón de la Gran Sabana, de la familia caribe, un mínimo de tres, sin contar algunas formaciones periféricas muy semejantes. Tanto es así que de vez en cuando las diferencias culturales intraétnicas pueden ser similares y hasta mayores que algunas interétnicas: por ejemplo, las que existen entre los yaruro-pumé, de orientación fluvial y acuática con una extensa utilización de la canoa, y los yaruro-pumé-capuruchanos, quienes ocupan históricamente algunas extensiones relativamente secas dentro de sabanas que se extienden entre los ríos y caños del Sur del estado Apure en Venezuela (Mitrani 1987).

Volviendo ahora nuestra mirada a un país como Bolivia, nos percatamos inmediatamente de su pertenencia parcial a un gran conjunto sociocultural andino kechwa-aymara, obviamente no homogénea en su propio seno, sobre todo si consideramos la totalidad de Los Andes suramericanos; mas también es preciso perfilar toda la relevancia de la presencia guaraní y de formaciones etnoculturales aún más independientes y disímiles como son los ayoreo, los chiquitano y tantos otros pueblos de la Amazonía y del Chaco bolivianos. Cuando hacemos este tipo de análisis surge evidentemente la pregunta de si no existen también importantes coincidencias y similitudes en todas o al menos la mayoría de las culturas originarias de Abya-Yala, para usar esta vez el ya conocido y divulgado topónimo kuna-tule de origen panameño; cuya autoctonía resalta inmediatamente al lado del término geográfico América, de clara prosapia europea, sin entrar ahora en algunos detalles etimológicos muy interesantes. Pienso que será aleccionador detenernos someramente en esta controversia sobre el nombre de nuestro continente en relación con el tema general que nos ocupa.

II
No hay por qué extendernos en la manida historia de cómo el italiano Americo Vespucci de alguna forma le arrebató a su colega y posible coterráneo Cristóbal Colón la gloria de ser epónimo de nuestro continente, puesto que Colombia –también la Columbia Británica– es sólo una pequeña parte de América. Nada de esto nos duele, sin duda alguna, ya que ningún europeo pudo ser “descubridor” de la tierra en que vivimos, si en ella habían transitado incontables generaciones de americanos nativos y originarios, por lo menos durante cincuenta mil o tal vez más años (Mosonyi 2001). Mas mi inquietud no se plantea en relación con el nombre de América, que finalmente llegó a generalizarse ya a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Nos toca más bien examinar el propio término Abya-Yala que aproximadamente significa lo mismo que América y tiene la ventaja de ser indígena. Pero sucede también que Abya-Yala –en tanto palabra y como concepto– forma parte de una sola cultura vigente en una parte de Panamá y sus inmediaciones en la actual Costa colombiana. Me parece excelente que utilicemos Abya-Yala como sinónimo de América, popularizándolo y difundiéndolo como aporte netamente originario, pero nunca deberemos olvidar que tampoco esta denominación forma parte del acervo de ninguno de los demás pueblos indios americanos, con toda la simpatía que pudieran tener por sus hermanos kuna. Me parece que este sólo ejemplo arroja bastante luz sobre la cantidad de factores que es necesario tener presentes si de veras nos interesa reconocer y conservar la increíble diversidad de las culturas americanas.

Con todo, para no quedarnos con la impresión de que nuestro continente está compuesto de un mosaico irreductible de pueblos incomunicables por naturaleza, queremos hacerle justicia al otro término de nuestra dialéctica intracontinental. Los pueblos originarios de las tres Américas –con la reserva que nos merece este nombre impuesto– han estado comunicados históricamente desde su primera aparición, han compartido y difundido un sinnúmero de elementos, sistemas y valores culturales y –especialmente en el último medio siglo pero aún antes– comenzaron a organizarse a nivel continental desde Canadá y Estados Unidos hasta Argentina y Chile. Esto les ha permitido en un proceso breve pero intensivo hermanarse y compactarse contra todo tipo de opresión externa, elaborando para ello un conjunto impresionante de creaciones y representaciones comunes y compartidas; entre ellas las ideas y valores imprescindibles para realizar unidos la lucha por un mundo mejor que, junto a otros muchos logros, también dé cuenta y estimule la biodiversidad y la sociodiversidad en cualquiera de sus manifestaciones.

Nuestra exposición pretende establecer con la mayor lucidez posible que la diversidad no supone en absoluto la carencia o minimización de los referentes comunes y la consiguiente solidaridad entre las formaciones sociales que configuran esta red ya no continental sino también extracontinental; porque existen pueblos indígenas y tradicionales en todos los rincones del mundo, ya suficientemente reivindicados para constituir una fuerza colectiva imponente y cada vez más eficiente. En aras de la necesaria brevedad, vamos a hacer referencia a una serie de valores que se han detectado y documentado –con ciertas diferencias de detalle– en un alto porcentaje y a veces en la casi totalidad de los pueblos indígenas, no solamente de América sino del mundo entero: respeto total a la naturaleza, democracia interna participativa, sostenibilidad en el uso y reproducción de los recursos, amor por la vida en todas sus manifestaciones, reconocimiento y aceptación de la diversidad, una profunda espiritualidad trascendente al cosmos, unanimidad en la toma de decisiones por consenso voluntario. Sabemos que no se trata de una lista de validez absoluta (Bracho 2006). Por ejemplo, se nos podría enrostrar que muchas de estas sociedades han sido tradicionalmente bélicas, intolerantes y hasta conquistadoras. Desde luego, sería inconcebible desvirtuar esta contra-argumentación, por ejemplo, referente a los pueblos de las grandes llanuras norteamericanas, de algunos malayos de las islas del Sudeste asiático o –¿por qué no?– los grandes imperios mesoamericanos y andinos.

Existen, no obstante, estudios arqueológicos y etnohistóricos bien actualizados que tienden a comprobar que porcentualmente la gran mayoría de las sociedades tradicionales tiende a ser tolerante y pacífica; pero sucede que las más belicosas y arrojadas, a pesar de su menor número, no vacilan en hacer la guerra y llegan a desplazar con cierta facilidad a las comunidades con menos experiencia en estas prácticas. En algunos casos pueden hasta aniquilarlas por completo. Si bien aún existen grandes controversias sobre este tema, al movimiento indígena internacional le interesa por sobre todas las cosas reunir y compaginar aquellos ejemplos que mejor contribuyan a la perdurabilidad de los propios pueblos y de la humanidad en general, en la medida en que la misma esté dispuesta a la adaptación y aprovechamiento de los ejemplos más logrados de convivencia humana compatible con la diversidad planetaria. No es imprescindible contar con todas las experiencias locales a fin de formular los marcos generales de un pensamiento indígena supraétnico e incluso ecuménico, cuyas características puedan ser trasladadas y parcialmente adaptadas, con gran habilidad creativa, a las especificidades de cada pueblo que necesite asegurar su futuro en armonía y en pleno disfrute de una buena calidad de vida: justamente lo que más falta hace en Occidente y en todas las sociedades influidas por la hegemonía de las superpotencias.

Por la índole de este trabajo, trataremos de ejemplificar lo expuesto con el concepto cada vez más actual de la toma de decisión consensual. Esta discusión es especialmente delicada, no sólo porque cada sociedad que aplica dicha norma presenta sus características muy peculiares y seguramente intransferibles al resto de la humanidad, al menos en lo concerniente a la versión original y propia del consenso en cada caso particular. Esto ni siquiera debería ser objeto de discusión. Pero sucede también que desde un principio se perfilan objeciones aparentemente muy válidas cuyo conjunto dificulta el entendimiento sobre el rasgo que nos interesa poner de manifiesto. Por ejemplo, al hablar de consenso pareciera en cierto modo criminalizarse la disidencia, incluso plantearse que la variedad y diversidad de opiniones es en sí algo deplorable, lo que contraría totalmente algo que hemos afirmado hasta el momento, precisamente en defensa de lo plural frente a lo único e inapelable. Se suscita también otro problema con la percepción, en modo alguno ilegítima, de que la ausencia de discusión puede llevar fácilmente a la simplificación y uniformización del diálogo como mecanismo comunicativo, lo cual a su vez traería consigo la reproducción indefinida de patrones culturales tradicionales, prácticamente sin ningún cambio en el tiempo. Sería ésta otra versión del famoso “fin de la historia” (Fukuyama 2000).

Con todos estos problemas en mente, queremos recalcar las bondades y ventajas de la “consensualidad indígena” (Mosonyi 2004). No en vano este procedimiento se ha venido aplicando con tal éxito en tan alto número de sociedades. Continúa pareciéndome una proeza de la inteligencia humana la capacidad colectiva de llevar a cabo una discusión prolongada, exhaustiva, madura y, ante todo, inequívocamente constructiva en torno a un problema álgido, que generalmente hay que resolver porque sí: en caso contrario, se cae toda la sociedad. Como expresáramos en otras ocasiones, ello representa lo diametralmente opuesto al típico parlamentarismo occidental, vacío, retórico, a menudo agresivo con el sólo objeto de lucirse frente al adversario, y que aun en caso de prolongar sus sesiones indefinidamente termina dejando la cosas más enrevesadas de lo que estaban al comienzo. Nuestra conclusión fundamental al respecto es que entre los indígenas se arreglan los problemas y la vida sigue su marcha; mientras tanto, la mayoría de los occidentales son capaces de darle la vuelta al cráter durante largo tiempo para terminar cayéndose en el volcán.

Pero el aporte indígena no se agota simplemente en lograr soluciones eficaces y concretas. Tiene al menos la misma importancia el hecho de que el consenso alcanzado al final de cada discusión de cierta envergadura permite que la comunidad fortalezca su cohesión y ejecute las decisiones tomadas no sólo en unanimidad sino en armonía, sin el peligro inherente de un grupo grande o pequeño de descontentos que luego minen los intentos de solución, llegando quizás a neutralizar todos los esfuerzos. Mas en esto parece residir justamente lo delicado del problema. Algunos nos dirán, seguramente, que el consenso se hizo a costa de eliminar la disidencia, aplanar el pensamiento colectivo, sustituir la diversidad por la uniformidad. Yo le he dedicado largas horas de reflexión a esas lecturas contrastantes y consulté el tema con personas poseedoras de alguna experiencia en esta materia y otras similares. Ahora, sin atribuirme la verdad definitiva, pienso haber llegado a una comprensión más clara y matizada del asunto. Primero, no creemos que este tipo de consenso juicioso y maduro signifique acabar con la disidencia y la diversidad de criterios. Recordemos que las reuniones indígenas pueden durar hasta varios días, todo el mundo habla y puede repetirse cuantas veces quiera, y ningún argumento queda escondido, ignorado o silenciado. Tal procedimiento garantiza, en sí, el respeto y aun la búsqueda de la diversidad.

Indudablemente, todo el mundo fue oído, además de apoyado o refutado según la dinámica de cada coloquio. Por tanto, la participación ha sido plena, mucho mayor de lo que permite el parlamento occidental con sus intervenciones de tres, cinco y diez minutos, y la restricción de los debates a un par de horas o de días. Aquí se nos replicará, sin duda, que de todos modos la solución emanada de la decisión consensuada y uniforme condujo necesariamente al triunfo de un planteamiento único, por sobre todos los demás. Puede haber una verdad a medias dentro de este reproche. En realidad si el consenso se logró a base del estudio exhaustivo de todos los argumentos, esa característica de la decisión salvaguarda en cierto modo la presencia de la diversidad. En lo que atañe al sentir subjetivo de las personas cuyos pareceres fueron derrotados o poco representados en la decisión final, tampoco estamos frente a una mina de posibles resentimientos que luego incidirán negativamente en la gobernabilidad. Creemos, por el contrario, que cada actor individual, al menos en el fondo, se siente respetado y tomado en cuenta, sigue teniendo la potestad de conservar en su fuero íntimo una opinión contestataria que tal vez sacará a relucir en otra oportunidad. Y lo que nos parece aun más fundamental, podrá ser testigo –ya en el futuro inmediato o quizás más tarde– de que la decisión madurada por el colectivo será ejecutada, puesta en práctica, contribuirá en alguna medida a subsanar los problemas previamente planteados, y tal vez la gestión será exitosa o si no rectificable en cualquier momento futuro. Condensando un poquito más la idea, estamos seguros de que con este método las cosas se discuten y luego se ejecutan; mientras que las decisiones poco decantadas, aun aquellas tomadas por una mayoría, suelen crear tanta confusión, resquemor y saboteo que finalmente nada se hace, ni siquiera a medias. Por algo las sociedades indígenas son estables y milenarias.

En cuanto al posible conservadurismo extremo que podría emanar de tales situaciones consensuales, también podemos introducir algunos matices útiles para el problema de fondo que nos ocupa: la gobernabilidad democrática, pacífica y sostenible. Un manejo superficial de la introducción de algún insumo innovador nos haría ver tal vez que es mucho más sencillo sugerir cualquier novedad si el proponente es a la vez un actor social poderoso, quizás el único verdaderamente poderoso en todo el colectivo. En tal orden de ideas, cuando la decisión está en manos de dos personas se demora bastante más, y cuando ya son muchas, generalmente no se decide, todo queda en su justo lugar o, peor aún, terminarán tomándose decisiones espasmódicas y arbitrarias que ni siquiera tienen que ver con la innovación original. No obstante, en las sociedades indígenas y tradicionales suele ocurrir de otra manera. Es verdad que el innovador es siempre uno solo o cuando mucho un grupo muy pequeño. Pero luego los actores innovadores pueden aprovecharse de los mecanismos deliberativos y consensuales de carácter tradicional, con el fin de discutir hasta sus últimas consecuencias la bondad, utilidad y viabilidad de todas sus ideas. Recordemos que ellas pretenden en mayor o menor medida modificar lo habitualmente establecido en determinados renglones, aunque siempre se corre el albur de que cualquier novedad terminará a la larga alterando toda la estructura anterior, en virtud de las obligatorias interrelaciones entre las partes.

No quiero aquí llegar a una discusión académica, por lo que prefiero decir que en mi propia experiencia he visto con suficiente claridad cómo muchas innovaciones, sobre todo las más legítimas, llegan a obtener una caja de resonancia en un colectivo que discute libremente y tiene la misión de mejorar y perfeccionar cualquier idea presentada. En este momento me acuerdo claramente que, luego de varios centenios de colonialismo interno, un grupo de iniciadores indígenas y no indígenas tuvimos la valentía y osadía de exponer ante numerosas asambleas indígenas un conjunto de ideas verdaderamente revolucionarias para fines del siglo pasado. Se discutió largamente sobre el fortalecimiento de las culturas autóctonas, la educación intercultural bilingüe y la recuperación total de los idiomas nativos. Quedamos hasta sorprendidos de que no nos fuera nada difícil impregnar de estos planteamientos a colectivos indígenas enteros, llegar a un acuerdo total e irrestricto entre todos los miembros de la comunidad, y con ello reforzar y potenciar la resistencia de numerosos pueblos indígenas frente al etnocidio generalizado que venía corroyendo sus entrañas. En nuestro caso, el sistema deliberativo indígena no sólo permitió sino que amplificó y perfeccionó, multiplicó y colectivizó, un valioso conjunto de propuestas que de otro modo habrían quedado en las cabezas de pequeñas élites.

Por otra parte, recordemos en este contexto que lo aquí expuesto centra sus referencias en las comunidades indígenas más tradicionales. Vale decir, tenemos conciencia plena de que cualquier intento de transplantar parcialmente esta metodología de tratar problemas colectivos con miras a la toma de decisiones consensuales a sociedades menos tradicionales o incluso dominadas por ideologías occidentales sedicentemente modernas y contemporáneas enfrentaría serias dificultades. El traslado plantea con absoluta evidencia la necesidad de lograr un conjunto de cambios y adaptaciones a partir de los modelos originales que propicien su aplicabilidad y utilidad neta en los contextos sociales más heterodoxos. Por ejemplo, si en un país incluso mayoritariamente indígena se celebran asambleas multitudinarias –incluyendo las de índole constituyente o en todo caso orientadas a cambios generalizados de mucha profundidad– ya existe un entramado de condicionamientos previos que seguramente excluyen la factibilidad de buscar consensos y unanimidades, sobre todo si queremos evitar a todo trance cualquier rastro de autoritarismo. Ahora bien, se deduce por simple lógica que a falta de consenso lo más próximo a lo que se puede llegar es a una decisión ampliamente mayoritaria; y mientras esa mayoría sea porcentualmente más numerosa, más cerca estamos de lograr tal vez un simulacro o una aproximación al verdadero consenso.

Aquí es precisamente donde empieza el manejo de mecanismos adaptativos, a fin de no perder totalmente la concreción y el espíritu de las valiosas manifestaciones del saber milenario indígena, en relación con el difícil tema de las asambleas populares y sus dictámenes, a veces tan controvertidos. Tenemos que ir por partes. Ya más o menos insinuamos que dentro del carácter de nuestra exposición la sola posibilidad sustitutiva del consenso absoluto sería el consenso relativo; vale decir, un alto o altísimo porcentaje de asambleístas que estén firmemente de acuerdo con una decisión tomada o por tomar. Curiosamente, también el pensamiento occidental ha arribado a conclusiones comparables cuando se dice, por ejemplo, que determinado mecanismo parlamentario exige una mayoría de al menos las dos terceras partes de los interlocutores. No es tanto la cifra lo que nos interesa, sino el hecho más general de que una mayoría fuerte o abrumadora es la que más se acerca a un consenso. Esto descarta automáticamente cualquier intento de bajar nuestras expectativas a una mayoría simple –como del 51%– la cual en la práctica es tan poco significativa que deja a la sociedad dividida en dos trozos aproximadamente iguales, sobre todo al tomar en cuenta que las opiniones de las personas son altamente variables. En este sentido, yo no le atribuyo ningún valor trascendente al resultado de las recientes elecciones presidenciales mexicanas, donde la diferencia de votos es insignificante con respecto al número de habitantes del país.

Si el mecanismo de la mayoría simple es poco convincente, con mayor razón debemos descartar desde un principio cualquier recurrencia a mecanismos aun menos exigentes y por ende menos democráticos. Tales arbitrios serían, por ejemplo, las decisiones impuestas por minorías de gran capacidad manipuladora como son los medios de comunicación, los partidos políticos y aun algunos líderes carismáticos que tienen la facilidad de convertir grandes conglomerados humanos en masas multitudinarias teledirigidas, totalmente simplificadas en sus facultades mentales y carentes de criterio propio a la hora de decidir. Otra forma de imponer decisiones minoritarias o inconsultas es a través de mecanismos autoritarios, de extorsión colectiva, a veces represivos sin conocer límites como ocurre en regímenes propiamente dictatoriales. Ya nos estamos yendo por el lado de manifestaciones ideológicas totalmente anti-indígenas, procedimientos que nada tienen que ver sino que pugnan por negar rotundamente y en su totalidad la sabiduría y el saber indígena acumulados durante milenios y en medio de la más franca y libre diversidad. Sus múltiples sociedades llegaron en parte a conclusiones paralelas en varios de sus ámbitos problemáticos, pero también poseían canales comunicativos entre sí que les permitían y hasta las impulsaban a enriquecer mutuamente sus experiencias colectivas en un sentido netamente intercultural. Tal es el motivo de que algunas veces encontremos coincidencias tan asombrosas entre sociedades tradicionales bien alejadas geográficamente entre sí y pertenecientes a momentos históricos diferentes.

Por fortuna, la aplicabilidad del saber indígena en circunstancias no tradicionales y que se dan en sociedades sedicentemente modernas no se reduce a hechos analógicos con algunos procedimientos occidentales como la búsqueda de mayorías contundentes para aproximarnos al consenso. Es factible y conveniente ir mucho más allá como sería, por ejemplo, la posibilidad de hacer reuniones especiales con quienes votaron en contra de la mayoría, con el fin de salvar algunas de sus propuestas, limar las posibles asperezas causadas por la derrota, y mantener un ambiente fresco y aireado para que todos por igual puedan continuar participando en procesos a veces largos, en lugar de estar pensando en eventos puntuales que por su naturaleza sólo pueden solucionar una parte de cada problemática. Si este tipo de mecanismos se aplicarán con la espiritualidad indígena y el interés colectivo de mantener la solidaridad por encima de todo, tales eventos ulteriores a la decisión propiamente dicha podrían tener el efecto de una terapia de grupo para la reconciliación mutua, en el mejor sentido del término; es decir, sin intenciones de manipular una parte del colectivo para despojarla de sus iniciativas. Por el contrario, si se lograse –como evidentemente se puede hacer– ese contacto fluido dentro de un colectivo no necesariamente consensuado pero siempre receptivo al sentir de todos, ello serviría para reforzar el pensamiento crítico y la capacidad proactiva de cada individuo. Nos hemos permitido esta digresión tal vez un poco extensa sólo para demostrar las múltiples formas en que se pueden aprovechar hoy día, en cualquier tipo de contexto social, las inmensurables experiencias colectivas acumuladas por la sabiduría ancestral, el acervo etnocientífico y la diversidad cultural reforzada por la interculturalidad.

III

Estas consideraciones sobre la diversidad dentro de lo indígena, la continuidad de ese pluralismo dentro de tantas sociedades diferenciadas, plantea la necesidad de una fecundación intercultural para el mejoramiento y enriquecimiento ostensibles de otras sociedades, inclusive las de cariz moderno. Seamos capaces de aceptar que toda sociedad puede y debe interactuar dialógicamente y aprender a renovarse a raíz de su contacto con todas las demás. Con tal fin, hemos tratado de reforzar una veta del pensamiento político indígena actual en su rol de actor social universal, contribuyente importante al futuro del conjunto de la humanidad, con su modestia imborrable que jamás aspira al protagonismo principal o único. En lo que resta de esta exposición nos centraremos brevemente en la otra inquietud que habíamos esbozado; vale decir, la posibilidad no despreciable de que en la coyuntura actual de la situación mundial ciertos sectores de una izquierda más o menos dogmática desvirtúen y fagociten la contribución indígena, subordinándola a una serie de proyectos que en su esencia pueden ser tan occidentales y deletéreos como el mismo capitalismo. Quiero aclarar sin asomo de ambigüedad que muchos operadores de las izquierdas presentes y pasadas han actuado de perfecta buena fe, han desarrollado una conciencia que sólo desea lo mejor para la humanidad, además de estar seguras de luchar por la verdad y contra todo tipo de mentira o subterfugio. Aun llegando a escaladas de fanatismo incipiente o subido, su intencionalidad de propiciar las transformaciones con la mejor ética posible no desaparece siempre que se trate de agrupamientos que no hayan caído en el oportunismo, corrupción o doble discurso. Válganos el espacio para reiterar que la unión entre las izquierdas –uso el plural de manera deliberada– y los movimientos indígenas y otros de reivindicación etnocultural continuará siempre siendo una necesidad, especialmente ante la evidencia de la escasez de sectores transformadores críticos y la increíble dificultad de obtener apoyo y sellar alianzas. Creo honestamente que en esta forma he logrado reforzar mi actitud conciliadora, constructiva y promotora de una diversidad donde todos nos respetemos.

Mas si este acercamiento y fortalecimiento de alianzas es necesario y ha de ser factible, tal imperativo me obliga aún más a recalcar ciertos fenómenos ya diagnosticados en multitud de contextos pero que aún siguen ahí entorpeciendo y con alguna frecuencia impidiendo cualquier entendimiento sostenible y duradero entre ambos sectores críticos tan importantes: por un lado, el amplio mundo de la izquierda y, por el otro, el igualmente prolijo conjunto de los movimientos indígenas, grandes portadores de sabiduría ancestral con innovaciones creadoras de carácter contemporáneo. Ellos están firmemente enraizados en su matriz autóctona y son por ello diferentes en muchos sentidos de la contemporaneidad occidental. Si bien sería monstruoso simplificar todas las tendencias izquierdizantes a través de estereotipos ad hoc, prevalecen todavía ciertos rasgos y componentes que definen la mayor parte de su comportamiento político actual, inclusive en situaciones muy concretas y precisas. Me refiero específicamente a los grandes movimientos actuales que enfrentan y se proclaman como alternativa a la globalización capitalista neoliberal, norteamericana o de cualquier otra factura.

La izquierda le ha cedido espacios a la diversidad mas aún no ha sido capaz de digerirla. La tentación al monismo, a la nubosidad, a la simpleza conceptual y pragmática parece siempre oponerse y, en última instancia, sobreponerse a la voluntad de ciertos dirigentes esclarecidos que por fin comprendieron la importancia de fuerzas telúrico-cósmicas tales como la diversidad, la pluralidad sociocultural y lingüística: bases de la verdadera interculturalidad, que no se reduce al mero cotejo de manifestaciones superficiales de un par de sociedades ideológicamente reducidas a colectivos intercambiables. Es una lástima que al cabo de tantos años de aparente diálogo entre exponentes del pensamiento de izquierda y del pensamiento indígena, aún hoy día tengamos que insistir en una serie larga de incompatibilidades de hecho, ya que no de esencia filosófica. En efecto, con todas las diferencias muy normales y respetables, ambos universos, el indígena y el de la izquierda, podrían perfectamente aliarse, apoyarse mutuamente y fecundarse de múltiples maneras: convertirse en interculturales sin perder cada uno su especificidad. Todavía no ocurre así. Cuando digo esto, me refiero fundamentalmente a la izquierda auténtica y transformadora, haciendo caso omiso de las corrientes derechizantes, pragmáticas, orientadas hacia un centro nebuloso donde sólo se percibe con claridad el sesgo capitalista, a veces hasta globalizador y neoliberal. Es de lamentar, no obstante, que ni siquiera con esta izquierda aún viva y operante haya podido tender puentes indestructibles el gran universo epistémico de la indianidad.

No somos los únicos en afirmar que tal hecho ha dificultado, cuando no impedido, la maduración de las izquierdas y su capacidad generadora de modelos sociopolíticos duraderos en el tiempo y fieles a sus primeras y reales intenciones (Bonfill Batalla 1990, Grupo de Barbados 1993, Mosonyi 1982). Así nos lo hace ver el derrumbe en efecto dominó de la casi totalidad de los socialismos reales, principalmente a fines del siglo pasado. Pero, aunque un pseudo-socialismo a lo staliniano pudiese durar mil años, de nada valdría su permanencia en el tiempo, porque –según dijimos– se trataría de un modelo total y absolutamente contradictorio con la concepción de una sociedad inclusiva, equitativa, participativa, democrática, libre y orientada hacia la pluralidad. Si los estimados lectores o escuchas recuerdan bien nuestras páginas anteriores, esta caracterización tan halagadora se corresponde en alto grado con la de las sociedades indígenas y tradicionales. Lo que pareció suceder en las experiencias más recientes de la subida de fuerzas izquierdistas al poder, puede reconducirse a situaciones iniciales regidas por mucha ética, voluntad creadora y ganas de engendrar sociedades casi perfectas. Pero como todos estos inicios pretendían arrancar de cero, ya en los primeros años empezaba a tomar cuerpo la impaciencia, la improvisación, el nerviosismo, la competitividad y, poco a poco, la desconfianza mutua y luego los choques permanentes entre los propios autores y actores de cada proceso.

Fijémonos, incluso, que hasta ahora estamos manteniéndonos en la esfera de una relativa buena fe. Pero si a esas cualificaciones agregamos también la tentación eterna de toda clase de vicios, en parte heredados de regímenes políticos anteriores, tales como la ambición personal, la corrupción, el ansia de poder y riqueza, el fanatismo, una ignorancia a veces delirante y tantas perversiones más, es muy fácil comprender por qué hasta los más sólidos y transparentes procesos transformadores y revolucionarios tienden a caer en los dos tipos de trampas que denunciamos: la desviación irreversible respecto de los fines originales y, por otro lado, un debilitamiento regresivo que tal vez en poco tiempo mermaría la vitalidad de la experiencia, como en efecto ha sucedido las más de las veces. El mayor problema, sin embargo, no estriba en la multiplicidad de ensayos fracasados sino en la propensión de volver a caer por enésima vez en los mismos o similares errores, a veces perfectamente previsibles. Una mínima atención concedida a la milenaria historia de los pueblos indígenas les habría ahorrado la mayor parte de estas equivocaciones a estos incontables caudillos y otros revolucionarios, quienes en lugar de auscultar a los verdaderos chamanes preferían siempre convertirse en “aprendices de chamán”, para hacer las cosas de manera atolondrada, desordenada, arbitraria y siempre a destiempo.
Quizás suene un poco duro este conjunto de señalamientos que de cierta forma recogen las fallas más obvias de numerosas revoluciones y conatos de transformación socialista que se han producido en el mundo, sobre todo –mas no exclusivamente– durante los últimos cien años. No nos cansamos de repetir que el único propósito que nos guía es el anhelo más profundo de que a partir de ahora los intentos transformadores nos vayan saliendo mejor, logrando materializar sus planteamientos fundamentales que constituyeron sus plataformas de lanzamiento; y que le brinden además espacio a un perfeccionamiento continuo que –como todo lo humano– nunca llegará a ser total. Ahora en Bolivia y otros países americanos se asoma nuevamente la posibilidad del desenvolvimiento ininterrumpido de una hermosa experiencia de autogobierno soberano y desarrollo sostenible netamente popular e indígena. Quizás con otros signos pero con propósitos similares se yerguen movimientos y sistemas de gobierno contrarios a la globalización salvaje y al capital todopoderoso, socialistas o al menos socializantes. Para que estas opciones tan prometedoras –hasta novedosas en el actual contexto latinoamericano– fructifiquen, todo lo que hasta hoy sabemos del acervo histórico, cognoscitivo y sociopolítico de los pueblos originarios de América y del mundo nos señalan, ya desde ahora y muy claramente, que dichas iniciativas deberán asumir un carácter profundamente espiritual y tener en cuenta al menos los puntos siguientes:

1) Más importante que la consecución, concentración y perpetuación del poder por el poder es el fortalecimiento autónomo de las pequeñas sociedades y su articulación solidaria dentro de la diversidad, como paso simultáneo o previo a la adquisición del poder político a escala nacional y continental.

2) La conservación de los recursos renovables y no renovables y del equilibrio ecológico-ambiental está por encima de las urgencias energéticas, que se manifiestan en la proliferación de la minería, la petroadicción o sobreexplotación del petróleo, la hiperurbanización, la deforestación y el fomento de monocultivos.

3) Es imprescindible que todo proceso transformador y reconstructivo produzca una mejor calidad de vida, con nuevas esperanzas y adquisiciones ya a partir de las generaciones actuales, no sólo para un futuro borroso e indefinido, cuando se hubiere cumplido el proceso revolucionario.

4) Todo proyecto de renovación social deberá trabajar para la inclusión de la población total, sin amagos de retaliación o racismo al revés. Siempre habrá individuos y grupos irrescatables e incorregibles –remanentes de largos siglos de opresión e injusticia–, pero la inmensa mayoría de los seres humanos, aun los inicialmente no convencidos por los esfuerzos transformadores, podrán nuevamente convivir en paz y armonía, y disfrutar de una felicidad compartida según cánones de una depurada espiritualidad indígena.


IV

He de confesar en esta parte final que el presente trabajo está bastante sesgado por la antigua y consabida dicotomía de izquierdas y derechas, cuando tanto la realidad actual como potencial exigen una visión pluridimensional y compleja del actual drama que vive la humanidad. Aspectos de importancia evidente como la calidad de vida frente a la insistencia unilateral en el nivel de vida; la reducción del consumo energético como condición ineludible para sustituir la explotación de hidrocarburos y otros combustibles fósiles por fuentes no destructivas ni contaminantes; un enriquecimiento y transformación sin precedentes de nuestro sistema y escala de valores, la formación de una nueva civilización telúrico-cósmica –más allá de lo antrópico–, explícitamente orientada a la perdurabilidad y posible perfeccionamiento del orden universal, en fin, tantas aportaciones que el pensamiento indígena y otras cosmovisiones alternativas comportan en su seno: todo ello debe ocupar plenamente nuestra atención aun cuando por razones prácticas no se pueda explicitar y explayar en cada uno de nuestros trabajos. Lo que ocurrió esta vez fue la urgencia con que tuvimos que abordar la específica relación de lo indígena con el abigarrado mundo de las izquierdas, en atención al hecho conspicuo de que en los momentos actuales hay sectores importantes de la izquierda que están acumulando fuerza y han tomado el poder político en diversos países y regiones que nos interesan profundamente. Ya expusimos con algunos detalles la tremenda importancia de que dicha izquierda se convierta en verdadera aliada de los movimientos de afirmación indígena, en vez de continuar ostentando el dudoso privilegio de ser los entes conductores y caracterizadores de todo proceso político transformador, con los indígenas al lado como hermanos menores, además de fácilmente asimilables a una realidad en la cual no participan.

Otro punto que me interesa retomar por un instante, ya que está mencionado más arriba, es la necesidad indiscutible de ir acumulando fuerza y poder intrínsecos en la propia base de los pueblos y comunidades indígenas sin el condicionamiento previo de tener que acceder al poder político, ya en primera instancia.

Sostenemos inclusive que la institucionalización, oficialización y triunfo plenos del poder político se logran con mayor facilidad, mejores resultados y una sustentabilidad más duradera, si desde un principio se afianzan los elementos formantes del poder local y regional como garantía de éxito para cuando los resultados se proyecten a escalas territoriales y poblacionales mucho mayores. Los pueblos indígenas han tendido a resolver sus asuntos internos siempre en esta forma acumulativa. Comienzan el trabajo transformador con cualquier problema manejable en una situación dada y la clara intención de lograr al menos alguna solución parcial y perfectible a mediano plazo. Mientras tanto continúan conservando la necesaria perspectiva totalizante de las aspiraciones de su pueblo o comunidad, pero sin desesperarse por lograr desenlaces inmediatos, seguramente poco duraderos. Ya los resultados parciales, junto a la negativa de dejar demasiados cabos sueltos en cada caso, servirían de estímulo y gratificación a la comunidad actuante, dentro de una dinámica serena, persistente y segura de poder ligar los triunfos del presente con los grandes objetivos del futuro. Estas son solamente algunas ideas ilustrativas de cómo han hecho y seguirán actuando los pueblos indígenas para insertarse creativamente en un contexto cósmico, donde no ha de perderse una sola generación, y ningún espacio-tiempo debe quedar desaprovechado. Obviamente, tal es la forma de evadir lo mejor posible el apresuramiento voluntarista expuesto al fracaso; pero también esos futurismos de duración infinita y sin nexo con las presentes generaciones: que sólo exigen el sacrifico del aquí y del ahora en aras de una redención total imprevisible e inconexa con la actualidad, más allá de la fe ingenua de algunos sectores fundamentalistas. El pensar y actuar más arraigados en las comunidades autóctonas que tenemos el privilegio de conocer personalmente o a través de una historiografía confiable nos ilustran claramente el hecho de que el indígena se abstiene de hacer cortes violentos en su propio espacio-tiempo y de fragmentar la realidad en componentes inasibles y carentes de sentido. El poder indígena está siempre presente, pero nuestra época le brinda un mayor protagonismo como verdadera opción transformadora, tanto para los pueblos originarios como para la humanidad.

REFERENCIAS CONSULTADAS

Bonfill Batalla, Guillermo. 1990. México profundo: una civilización negada. México: Grijalbo.

Bracho, Frank. 2006. La felicidad como centro de la sabiduría indígena ancestral. Texto inédito.

Carrillo, Antonio y Miguel A. Perera (edit). 1995. Amazonas. Modernidad en tradición. Caracas: Ministerio del Ambiente.

Fukuyama, Francis. 2000. Sobre la historia poshumana. En Clarín, 7 de mayo de 2000. Buenos Aires. Consultado en http://www.espiraldialectica.com.ar /POSMO2.htm (Fecha de consulta 18 de septiembre de 2006).

Gonzales, Jimena y José M. Illescas. 2002a. Acerca de la educación en el mundo originario preinca. En el territorio donde se formaría el Tahuantinsuyo y el Qollasuyo. Cochabamba: CEDIB.

Gonzales, Jimena y José M. Illesca. 2002b. Acerca de la ontología, gnoseología y epistemología de lo humano integral. Cochabamba: Ediciones “Tukuy Riqch’arina”.

Gonzales, Jimena y José M. Illesca. 2003. Contra encíclica de Abya-Yala. Cochabamba: Ediciones “Tukuy Riqch’arina”.

Greenberg, Joseph. 1987. Language in the Americas. California: Stanford University Press.

Grupo de Barbados. 1993. Articulación de la Diversidad. III Reunión del Grupo de Barbados; Anuario Indigenista XXXII.

Heinen, H. Dieter. 1987. Los warao. En Aborígenes de Venezuela. Vol. III.

Etnología contemporánea. Caracas: Fundación La Salle-Monte Ávila Editores.

Jaulin, Robert. 1970. La paz blanca. Introducción al etnocidio. Buenos Aires: Editorial Tiempo Contemporáneo.

Mander, Jerry. 1991. In the absence of the sacred. San Francisco: Sierra Club Books.

Mitriani, Philippe. 1987. Los pumé (yaruro). En Aborígenes de Venezuela. Vol. III.

Etnología contemporánea. Caracas: Fundación La Salle-Monte Ávila Editores.

Mosonyi, Esteban. 1982. Identidad nacional y culturas populares. Caracas: Editorial La Enseñanza Viva.

Mosonyi, Esteban. 2001. El descubrimiento de América: mito colonialista. En A 500 años… Barinas: Fondo Editorial UNELLEZ.

Mosonyi, Esteban. 2004. Reflexiones en torno a la epistemología de la ciencia. En En la ciencia. Boletín Multidisciplinario CENAMEC. 14: 68-78.

Tierney, Patrick. 2002. El saqueo de El Dorado. Cómo científicos y periodistas has devastado el Amazonas. Barcelona: Grijalbo.

Topa, Wahinkpe y Don Trent Jacobs. 2006. Unlearning the language of conquest. Austin: University of Texas Press. http://viajes-vistas.galeon.com /pueblosindigenas/ indigenas.htm#poblacion. Fecha de consulta: 18 de septiembre de 2006

Esteban Emilio Mosonyi, Ensayista, Antropólogo, Master en Lingüística, Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela UCV, asesor de la Coordinación Intercultural de Salud con Pueblos Indígenas (Cispi) del Ministerio de Salud y Desarrollo Social. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor: Este trabajo fue preparado para el I Foro Social Internacional
Sobre Sabidurías Ancestrales, Cochabamba, Bolivia, 12 al 15 de octubre del 2006.
( trabajo a ser publicado proximamente en el contexto de los trabajos del Evento arriba mencionado). Petroleumworld no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion, por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.

Petroleumworld alienta a las personas a reproducir, reimprimir, y divulgar a través de los medios audiovisuales e Internet, los comentarios editoriales y de opinión de Petroleumworld, siempre y cuando esa reproducción identifique a la fuente original, http://www.petroleumworld.com y se haga dentro de el uso normal (fairuse) de la doctrina de la sección 107 de la Ley de derechos de autor de los Estados Unidos de Norteamérica (US Copyright)Internet Web links hacia http://www.petroleumworld.com.ve son apreciadas.

 

Petroleumworldbo.com 28 10 06

Copyright ©2006 Antropólogo. Todos los Derechos Reservados.

 

¡Su opinión es importante para nosotros!

Invitamos a todos los lectores a espresar
sus puntos de vista sobre esta noticia o artículo.

Escriba a editor@petroleumworld.com


Para preguntas y sugerencias, escriba a :
editor@petroleumworld.com




Para verlo mejor use IE 5.01+
Windows NT 4.0, '95, '98 y ME +/ 800x600 pixels


www.petroleumworld.com.ve/defaultbolivia.asp:Editor General:Lic. Eduardo Enrique Roca Díaz
DANIELCorresponsal en la Paz: Lic. Daniel Gutierrez Carrión

Una Producción de www.petroleumworld.com
Contacto:
edurdo25@hotmail.com
Information legal.
Copyrigth© Petroleumworld.com 1999-2005 - Todos los derechos de autor reservados