Homilía
del santo Padre
Benedicto XVI
Nochebuena, 24 Diciembre de 2005
Max
Rossi/Reuters

El Papa Benedicto XVI en la misa de medianoche
en la basílica de San Pedro, en el Vaticano el 25 de
Diciembre del 2005.
“El
Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado
hoy”. Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia
inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual
celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en
el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía
al ritual de la coronación del rey de Judá.
El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía
de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. Como el
rey era la personificación de aquel pueblo, su entronización
se vivía como un acto solemne de adopción por
parte de Dios, en el cual el rey estaba en cierto modo implicado
en el misterio mismo de Dios. En la noche de Belén,
estas palabras que de hecho eran más la expresión
de una esperanza que de una realidad presente, han adquirido
un significado nuevo e inesperado. El Niño en el pesebre
es verdaderamente el Hijo de Dios. Dios no es soledad eterna,
sino un círculo de amor en el recíproco entregarse
y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Más
aún, en Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo se
ha hecho hombre. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”.
El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero
del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne
de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño.
Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro
encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos
amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino
y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de
este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe
actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad:
“Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios
se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él,
llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo
suyo al Niño en el pesebre: Él es así.
De este modo aprendemos a conocerlo. Y sobre todo niño
resplandece algún destello de aquel hoy, de la cercanía
de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos;
sobre todo niño, también sobre el que aún
no ha nacido.
Escuchemos
una segunda palabra de la liturgia de esta Noche santa, tomada
en este caso del Libro del profeta Isaías: “Sobre
los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló
sobre ellos” (9,1). La palabra “luz” impregna
toda la liturgia de esta Santa Misa. Se alude a ella nuevamente
en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito:
“se ha manifestado la gracia” (2,11). La expresión
“se ha manifestado” proviene del griego y, en
este contexto, significa lo mismo que el hebreo expresa con
las palabras “una luz brilló”; la “manifestación”
– la “epifanía” – es la irrupción
de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas
sin resolver. En fin, el Evangelio relata cómo la gloria
de Dios se apareció a los pastores y “los envolvió
en su luz” (Lc 2, 9). Donde se manifiesta la gloria
de Dios, se difunde en el mundo la luz. “Dios es luz,
en Él no hay tiniebla alguna”, nos dice san Juan
(1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida.
Pero
luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste
con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así,
la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además,
en cuanto da calor, significa también amor. Donde hay
amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo
queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén
ha aparecido la gran luz que el mundo espera. El aquel Niño
acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria: la gloria
del amor, que se da como don a sí mismo y que se priva
de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor.
La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre
y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto
en su luz”. Donde ha aparecido la fe en aquel Niño,
ha florecido también la caridad: la bondad hacia los
demás, la atención solícita a los débiles
y los que sufren, la gracia del perdón. A partir de
Belén, una estela de luz, de amor y de verdad impregna
los siglos. Si nos fijamos en los santos –desde Pablo
y Agustín a san Francisco y santo Domingo, desde Francisco
Javier a Teresa de Ávila y Madre Teresa de Calcuta-,
vemos esta corriente de bondad, este camino de luz que se
inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en
el Dios que se ha hecho Niño. Contra la violencia de
este mundo, Dios opone en aquel Niño su bondad y nos
llama a seguir al Niño.
Junto
con el árbol de Navidad, nuestros amigos austriacos
nos han traído también una pequeña llama
que encendieron en Belén, queriendo decir así
que el verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior
que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor
interior llegue a nosotros, que prenda en nuestro corazón
la lumbrecita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro
amor, la luz al mundo. No permitamos que esta llama luminosa
se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo.
Que la custodiemos fielmente y la ofrezcamos a los demás.
En esta noche en que miramos hacia Belén, queremos
rezar de modo especial también por el lugar del nacimiento
de nuestro Redentor y por los hombres que allí viven
y sufren. Queremos rezar por la paz en Tierra Santa: Mira,
Señor, este rincón de la tierra, al que tanto
amas por ser tu patria. Haz que ella resplandezca la luz.
Haz que la paz llegue a ella.
Con
el término “paz” hemos llegado a la tercera
palabra clave de la liturgia de esta Noche santa. El Niño
que anuncia Isaías lo llama él mismo “Príncipe
de la paz”. De su reino se dice: “La paz no tendrá
fin”. En el Evangelio, se anuncia a los pastores la
“gloria de Dios en lo alto del cielo” y la “paz
en la tierra”. Antes se decía: “a los hombres
de buena voluntad”; en las nuevas traducciones se dice:
“a los hombres que él ama”. ¿Por
qué este cambio? ¿Ya no cuenta la buena voluntad?
Formulemos mejor la pregunta: ¿Quienes son los hombres
que Dios ama y por qué los ama? ¿Acaso Dios
es parcial? ¿Ama tal vez sólo a determinadas
personas y abandona a las demás a su suerte? El Evangelio
responde a estas preguntas presentando algunas personas concretas
amadas por Dios. Algunas lo son individualmente: María,
José, Isabel, Zacarías, Simeón, Ana,
etc. Pero también hay dos grupos de personas: los pastores
y los sabios del oriente, los llamados reyes magos. Detengámonos
esta noche en los pastores. ¿Qué tipo de hombres
son? En su ambiente, los pastores eran despreciados; eran
considerados poco de fiar y en los tribunales no se les admitía
como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad?
Ciertamente no eran grandes santos, si con este término
se entiende personas de virtudes heroicas. Eran almas simples.
El Evangelio destaca una característica que luego,
en las palabras de Jesús, tendrá un papel importante:
eran personas vigilantes. Esto vale ante todo en su sentido
exterior: por la noche velaban cercanos a sus ovejas. Pero
también tiene un sentido más profundo: estuvieron
disponibles para la palabra de Dios. Su vida no estaba cerrada
en sí misma; tenían un corazón abierto.
De algún modo, en lo más íntimo de su
ser, le estaban esperando. Su vigilancia era disponibilidad;
disponibilidad para escuchar, disponibilidad para ponerse
en camino; era espera de la luz que les indicara el camino.
Esto es lo que a Dios le interesa. Él ama a todos porque
todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado
su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por
donde entrar. Creen no necesitar a Dios; no lo quieren. Otros,
quizás moralmente igual de pobres y pecadores, al menos
sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad,
aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu
abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con
ella, su paz. Dios busca a personas que sean portadoras de
su paz y la comuniquen. Roguémosle para que no encuentre
cerrado nuestro corazón. Esforcémonos por ser
capaces de ser portadores activos de su paz, precisamente
en nuestro tiempo.
Además,
la palabra paz ha adquirido un significado del todo especial
para los cristianos: se ha convertido en un nombre para designar
la Eucaristía. En ella está presente la paz
de Cristo. Mediante todos los lugares donde se celebra la
Eucaristía, se extiende en el mundo entero como una
red de paz. Las comunidades reunidas en torno a la Eucaristía
son un reino de paz vasto como el mundo. Cuando celebramos
la Eucaristía nos encontramos en Belén, en la
“casa del pan”. Cristo se nos da, y con ello nos
da su paz. Nos la da para que llevemos la luz de la paz en
lo más hondo de nuestro ser y la comuniquemos a los
otros; para que seamos agentes de la paz y contribuyamos así
a la paz en el mundo. Por eso rogamos: Cumple tu promesa,
Señor. Haz que donde hay discordia nazca la paz; que
surja el amor donde reina el odio; que se haga luz donde dominan
las tinieblas. Haz que seamos portadores de tu paz. Amén.
Basílica
Vaticana
Sábado 24 de diciembre de 2005
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