El
santo Padre Benedicto XVI
hace un balance del año 2005
Al felicitar por la Navidad a la Curia romana
REUTERS/Giampiero
Sposito

El Papa Benedicto XVI en el Te Deum prayer en la Basílica
de San Pedro en el Vaticano, el 31 de Diciembre, 2005
Amplios pasajes del discurso que dirigió Benedicto
XVI el jueves 22 de Diciembre, en la Sala Clementina, a los
cardenales, arzobispos, obispos y miembros de la Curia Romana,
en el tradicional intercambio de felicitaciones navideñas.
*
* *
Últimos días y fallecimiento de Juan Pablo II
Volvamos con el pensamiento a las vicisitudes del año
que llega a su ocaso. A nuestras espaldas quedan los grandes
acontecimientos que han marcado profundamente la vida de la
Iglesia. Pienso, ante todo, en el fallecimiento de nuestro
querido Santo Padre Juan Pablo II, precedido por un largo
camino de sufrimiento y de paulatina pérdida de la
palabra. Ningún Papa nos ha dejado una cantidad de
textos como la que él nos ha dejado; precedentemente,
ningún Papa ha podido visitar, como él, todo
el mundo y hablar directamente a los hombres de todos los
continentes. Pero al final, le tocó un camino de sufrimiento
y de silencio. Para nosotros son inolvidables las imágenes
del Domingo de Ramos, cuando, con el ramo de olivo en la mano
y marcado por el dolor, se asomaba a la ventana y nos daba
la bendición del Señor que se disponía
a encaminarse hacia la Cruz. Después está la
imagen de cuando, en su capilla privada, teniendo en la mano
el crucifijo, participaba en el Vía Crucis del Coliseo,
donde tantas veces había guiado la procesión,
llevando él mismo la Cruz. Por último, queda
la bendición muda del Domingo de Pascua, en la que,
a través de todo el dolor, veíamos resplandecer
la promesa de la resurrección, de la vida eterna. El
Santo Padre, con sus palabras y obras, nos ha dado grandes
cosas; pero no es menos importante la lección que nos
ha dado desde la cátedra del sufrimiento y del silencio.
En su último libro «Memoria e Identidad»
(«La esfera de los libros», 2005), nos dejó
una interpretación del sufrimiento que no es una teoría
teológica o filosófica, sino un fruto madurado
a través de su camino personal de sufrimiento, recorrido
por él con el apoyo de la fe en el Señor crucificado.
Esta interpretación, que él había elaborado
de la fe y que daba sentido a su sufrimiento, vivido en comunión
con el del Señor, hablaba a través de su dolor
mudo, transformándolo en un gran mensaje. Tanto al
inicio, como al final del libro mencionado, el Papa reconoce
que se siente profundamente impresionado por el espectáculo
del poder del mal que, en el siglo que acaba de concluir,
hemos experimentado de manera dramática. Dice textualmente:
«no fue un mal en edición reducida… Fue
el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las
estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto
cometido, un mal erigido en sistema» (Epílogo).
¿Es quizá invencible el mal? ¿Es la potencia
última, auténtica, de la historia? A causa de
la experiencia del mal, la cuestión de la redención,
para el Papa Wojtyla, se había convertido en esencial
y en una pregunta central de su vida y de su pensamiento como
cristiano. ¿Hay un límite ante el que la potencia
del mal se estrella? Sí, existe, responde el Papa en
su libro, al igual que en su encíclica sobre la redención.
El poder que pone un límite al mal es la misericordia
divina. A la violencia, a la ostentación del mal se
le opone en la historia --como «el totalmente otro»
de Dios, como la potencia propia de Dios-- la divina misericordia.
El cordero es más fuerte que el dragón, podríamos
decir con el Apocalipsis.
Al
final del libro, al echar una mirada retrospectiva al atentado
del 13 de mayo de 1981 y basándose también en
la experiencia de su camino con Dios y con el mundo, Juan
Pablo II profundizó ulteriormente en esta respuesta.
El límite del poder del mal, la potencia que, en definitiva,
lo vence es --según explica-- el sufrimiento de Dios,
el sufrimiento del Hijo de Dios en la Cruz: «El sufrimiento
de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre
otros... Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al
sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva
dimensión, en otro orden: en el orden del amor…
La pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente
nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro…
Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego
del amor… Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda
enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación…
El mal… existe en el mundo también para despertar
en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo…
de los que se ven afectados por el sufrimiento. Cristo es
el Redentor del mundo: "Nuestro castigo saludable vino
sobre él, sus cicatrices nos curaron" (Isaías
53, 5)» (Epílogo).
Todo
esto no es simplemente teología docta, sino expresión
de una fe vivida y madurada en el sufrimiento. Ciertamente
nosotros tenemos que hacer todo lo posible para atenuar el
sufrimiento e impedir la injusticia que provoca el sufrimiento
de los inocentes. Sin embargo, también tenemos que
hacer todo lo posible para que los hombres puedan descubrir
el sentido del sufrimiento para que de este modo puedan aceptar
el propio sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo. De
esta manera, éste se difunde junto con el amor redentor
y se convierte en una fuerza contra el mal en el mundo. La
respuesta que tuvo lugar en todo el mundo a la muerte del
Papa fue una manifestación estremecedora de reconocimiento
por el hecho de que él, en su ministerio, se entregó
totalmente a Dios por el mundo; una acción de gracias
por el hecho de que él, en un momento lleno de odio
y violencia, nos enseñó de nuevo el amor y el
sufrimiento al servicio de los demás; nos mostró,
por así decir, en vivo, al Redentor, la redención,
y nos dio la certeza de que el mal no tiene la última
palabra en el mundo […].
Jornada
Mundial de la Juventud en Colonia
La Jornada Mundial de la Juventud ha quedado en la memoria
de todos los que participaron en ella como un gran don. Más
de un millón de jóvenes se reunieron en la ciudad
de Colonia, situada a orillas del Rin, y en las ciudades cercanas
para escuchar juntos la Palabra de Dios, para rezar juntos
para recibir los sacramentos de la Reconciliación y
de la eucaristía, para cantar y hacer fiesta juntos,
para disfrutar de la existencia y para adorar y recibir al
Señor eucarístico durante los grandes encuentros
del sábado por la noche y del domingo. Durante todos
aquellos días simplemente reinaba la alegría.
Prescindiendo de los servicios de orden, la policía
no tuvo nada que hacer: el Señor había reunido
a su familia, superando visiblemente toda frontera y barrera
y, en la gran comunión entre nosotros, nos había
hecho experimentar su presencia. El lema escogido para aquellas
jornadas --«Hemos venido a adorarle»-- contenía
dos grandes imágenes que, desde el inicio, favorecieron
la actitud adecuada […]
Antes
de cualquier actividad y de todo cambio del mundo, tiene que
darse la adoración. Es la única que nos hacer
verdaderamente libres; es la única que nos da criterios
para nuestro actuar. Precisamente en un mundo en el que progresivamente
desfallecen los criterios de orientación y se da la
gran amenaza de que cada quien haga de sí mismo el
propio criterio, es fundamental subrayar la adoración.
Todos los que estuvieron presentes no podrán olvidar
el intenso silencio de aquel millón de jóvenes,
un silencio que nos unía y alentaba a todos, cuando
el Señor en el Sacramento era colocado sobre el altar.
Conservemos en el corazón las imágenes de Colonia
[…].
Sínodo
de los obispos sobre la Eucaristía
La palabra «adoración» nos lleva a recordar
el segundo gran acontecimiento del que querría hablar:
el Sínodo de los obispos y el Año de la Eucaristía.
El Papa Juan Pablo II, con al encíclica «Ecclesia
de Eucharistia» y con la carta apostólica «Mane
nobiscum Domine» ya nos había dado las indicaciones
esenciales y al mismo tiempo, con su experiencia personal
de fe eucarística, había concretado la enseñanza
de la Iglesia. Además, la Congregación para
el Culto Divino, en íntima relación con la Eucaristía,
había publicado la instrucción «Redemptionis
Sacramentum» como ayuda práctica para la justa
realización de la constitución conciliar sobre
la liturgia y de la reforma litúrgica. Además
de todo esto, ¿era verdaderamente posible decir algo
nuevo, desarrollar ulteriormente el conjunto de la doctrina?
Esta fue precisamente la gran experiencia del Sínodo,
cuando en las contribuciones de los padres, se pudo ver el
reflejo de la riqueza de la vida eucarística de la
Iglesia de hoy y se manifestó el carácter inagotable
de su fe eucarística. Lo que los padres pensaron y
expresaron tendrá que presentarse, en estrecha realización
con las «Proposiciones» del Sínodo, en
un documento post-sinodal. Sólo quisiera subrayar una
vez más el punto que hace poco habíamos constatado
en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud: la adoración
del Señor resucitado, presente en la Eucaristía
con su carne y su sangre, en cuerpo y alma, con su divinidad
y humanidad. Para mí es conmovedor ver cómo
por doquier, en la Iglesia, se está despertando la
alegría de la adoración eucarística y
cómo se manifiestan sus frutos. En el período
de la reforma litúrgica, con frecuencia la misa y la
adoración fuera de la primera eran vistas como en contraposición:
el Pan eucarístico no se nos habría dado para
ser contemplado, sino para ser comido, según una objeción
difundida entonces. Pero en la experiencia de oración
de la Iglesia ya se ha manifestado la falta de sentido de
esta contraposición. Ya había dicho san Agustín:
«… nemo autem illam carnem manducat, nisi prius
adoraverit;… peccemus non adorando» - «Nadie
come esta carne sin antes adorarla… pecaremos si no
la adoráramos» (cfr Enarr. in Ps 98,9 CCL XXXIX
1385). De hecho, no es que simplemente recibamos algo en la
Eucaristía; es un encuentro y una unificación
entre personas. Ahora bien, la persona que nos sale al paso
y que quiere unirse con nosotros es el Hijo de Dios. Una unificación
así sólo puede realizarse en la adoración.
Recibir la Eucaristía significa adorar a quien recibimos.
Precisamente de este modo y sólo de este modo nos convertimos
en una sola cosa con él. Por ello, el desarrollo de
la adoración eucarística, con la forma que asumió
en la Edad Media, es la consecuencia más coherente
del mismo misterio eucarístico: sólo en la adoración
puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente
en este acto personal de encuentro con el Señor madura
después también la misión social que
está encerrada en la Eucaristía y que quiere
romper las barreras no sólo entre el Señor y
nosotros, sino también y sobre todo las barreras que
no separan a los unos de los otros.
Cuadragésimo
aniversario el Concilio Vaticano II
El último acontecimiento de este año en el que
querría detenerme en esta ocasión es la celebración
de la conclusión del Concilio Vaticano hace cuarenta
años. Esta celebración suscita la pregunta:
¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha
sido acogido de manera adecuada? En la recepción del
Concilio, ¿qué es lo que ha habido de bueno,
y qué es lo que ha sido insuficiente o equivocado?
¿Qué queda por hacer? Nadie puede negar que
en amplias partes de la Iglesia, la recepción del Concilio
tuvo lugar de manera más bien difícil […]
Todo
esto depende de la justa interpretación del Concilio
o --como diríamos hoy-- de una hermenéutica
adecuada, de una clave de lectura adecuada para su aplicación.
Los problemas de recepción nacieron por el hecho de
que dos hermenéuticas contrarias se confrontaron y
han tenido litigios entre sí. Una ha causado confusión,
la otra, de manera silenciosa pero cada vez más visible,
ha dado frutos. Por una parte, se da una interpretación
que quisiera llamar «hermenéutica de la discontinuidad
y de la ruptura»; con frecuencia ha podido servirse
de la simpatía de los medios de comunicación,
y también de una parte de la teología moderna.
Por otra parte, se da la «hermenéutica de la
reforma», de la renovación en la continuidad
del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha
dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla,
permaneciendo siempre el mismo sujeto único del Pueblo
de Dios en camino. La hermenéutica de la discontinuidad
corre el riesgo de acabar en una ruptura entre la Iglesia
preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos
del Concilio como tal no serían la auténtica
expresión del espíritu del Concilio. Serían
el resultado de compromisos en los cuales, para alcanzar la
unanimidad, se tuvo que arrastrar con muchas cosas viejas
que hoy son inútiles. Sin embargo, el verdadero espíritu
del Concilio no se revelaría en estos compromisos,
sino más bien en los impulsos hacia lo nuevo que están
sobreentendidos en los mismos: sólo estos representarían
el verdadero espíritu del Concilio y partiendo de ellos
y en conformidad con ellos habría que seguir adelante.
Precisamente porque los textos reflejarían sólo
de manera imperfecta el verdadero espíritu del Concilio
y su novedad, sería necesario ir valientemente más
allá de los textos, dejando espacio a la novedad en
la que se expresaría la intención más
profunda, aunque todavía no clara, del Concilio. En
una palabra, no habría que seguir los textos del Concilio,
sino su espíritu […].
A
la hermenéutica de la discontinuidad se le opone la
hermenéutica de la reforma, como la presentaron en
primer lugar el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura
del Concilio, el 11 de octubre de 1962, y después el
Papa Pablo VI en el discurso de clausura del 7 de diciembre
de 1965. Quisiera sólo citar aquí las famosas
palabras de Juan XXIII, con las que esta hermenéutica
es expresada sin dejar lugar a equívocos, cuando dice
que el Concilio «quiere transmitir pura e íntegra
la doctrina, sin atenuaciones o tergiversaciones», y
sigue diciendo: «nuestro deber no sólo consiste
en custodiar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos
únicamente de la antigüedad, sino en dedicarnos
con voluntad firme y sin temor a la obra que exige nuestra
época… Es necesario que esta doctrina cierta
e inmutable, que debe ser respetada fielmente, se profundice
y presente de manera que corresponda a las exigencias de nuestro
tiempo. Una cosa es el depósito de la fe, es decir,
las verdades contenidas en nuestra venerada doctrina, y otra
la manera con que son enunciadas, conservando sin embargo
el mismo sentido y la misma amplitud» (S. Oec. Conc.
Vat. II Constitutiones Decreta Declarationes, 1974, pp. 863-865).
Está claro que este compromiso por expresar de forma
nueva una verdad determinada exige una reflexión nueva
y una nueva relación vital con ella; está claro
también que la nueva expresión puede madurar
sólo si nace de una comprensión consciente de
la verdad expresada. Por otra parte, la reflexión sobre
la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido,
el programa propuesto por Juan XXIII era sumamente exigente,
como es exigente la síntesis de fidelidad y dinámica.
Pero allí donde esta interpretación ha sido
la orientación que ha guiado la recepción del
Concilio, ha crecido una vida nueva y han madurado nuevos
frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos
constatar que lo positivo es más grande y está
más vivo de cuanto no lo pareciera en la agitación
de los años alrededor de 1968. Hoy vemos que la semilla
buena, a pesar de que se desarrolle lentamente, sin embargo
crece, y crece así también nuestra profunda
gratitud por la obra desarrollada por el Concilio.
Pablo
VI, en el discurso de la clausura del Concilio, indicó
después una motivación específica por
la que una hermenéutica de la discontinuidad podría
parecer convincente. En la gran la gran discusión sobre
el ser humano que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio
debía dedicarse de forma particular al tema de la antropología.
Tenía que interrogarse sobre la relación entre
la Iglesia y la fe por una parte, y el ser humano y el mundo
de hoy por otra (ibid., pp. 1066 s.). La cuestión queda
más clara todavía si, en lugar del término
genérico de «mundo de hoy» escogemos otro
todavía más preciso: el Concilio debía
determinar de forma nueva la relación entre la Iglesia
y la edad moderna. Esta relación había comenzado
de manera muy problemática con el proceso a Galileo.
Después, se había roto totalmente cuando Kant
definió la «religión dentro de la razón
pura» y cuando, en la fase radical de la revolución
francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre
que prácticamente no quería conceder ningún
espacio a la Iglesia y a la fe. El choque de la fe de la Iglesia
con un liberalismo radical y también con las ciencias
naturales que pretendía abrazar con sus conocimientos
toda la realidad hasta sus fronteras, proponiéndose
con soberbia hacer superflua la «hipótesis Dios»,
provocó en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte
de la Iglesia ásperas y radicales condenas de este
espíritu de la edad moderna. Por tanto, parecía
que no quedaba ningún ámbito abierto para un
entendimiento positivo y fructuoso, y drásticos eran
también los rechazos por parte de quienes se sentían
los representantes de la edad moderna […].
Se
podría decir que se formaron tres círculos de
preguntas, que ahora esperaban una respuesta. Ante todo, era
necesario definir de manera nueva la relación entre
fe y ciencias modernas; esto no sólo afectaba a las
ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica,
pues, en una cierta escuela, el método histórico-crítico
reivindicaba la última palabra en la interpretación
de la Biblia y, al pretender la exclusividad plena en su comprensión
de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes
a la interpretación que la fe de la Iglesia había
elaborado.
En
segundo lugar, había que definir de manera nueva la
relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que
concedía espacio a ciudadanos de diferentes religiones
e ideologías, comportándose con estas religiones
de manera imparcial y asumiendo simplemente una responsabilidad
en una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos
y en su libertad para ejercer la propia religión.
A
esto, en tercer lugar, estaba ligado de manera más
general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión
que exigía una nueva definición de la relación
entre fe cristiana y religiones del mundo. En particular,
ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista
y, en general, al echar una mirada retrospectiva a una larga
y difícil historia, era necesario evaluar y definir
de manera nueva la relación entre la Iglesia y la fe
de Israel […].
Está
claro que en todos estos sectores, que en su conjunto conforman
un solo problema, podía surgir alguna forma de discontinuidad
y que, en cierto sentido, se había manifestado una
discontinuidad, en la que, sin embargo, teniendo en cuenta
las situaciones históricas concretas y sus exigencias,
no se abandonaba la continuidad en los principios, un hecho
que fácilmente no se percibe a primera vista. En este
conjunto de continuidad y discontinuidad a diversos niveles
estriba la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso
de novedad en la continuidad, debíamos aprender a entender
más concretamente que antes que las decisiones de la
Iglesia respecto a cosas contingentes --por ejemplo algunas
formas concretas de liberalismo o de interpretación
liberal de la Biblia--, debían necesariamente ser contingentes
porque se referían a una realidad en cambio. Había
que aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo
los principios expresaban el aspecto duradero, permaneciendo
en la base y dando motivaciones profundas. Por el contrario,
no tienen el mismo nivel de permanencia las formas concretas,
que dependen de la situación histórica y que
por tanto pueden ser sometidas a cambios.
De
este modo, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas,
mientras que las formas de su aplicación a nuevos contextos
pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión
es considerada como expresión de la incapacidad del
hombre para encontrar la verdad, y por tanto se convierte
en canonización del relativismo, entonces de ser una
necesidad social e histórica se eleva impropiamente
al nivel metafísico y queda privada de su auténtico
sentido, con la consecuencia de que no puede ser aceptada
por quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad
de Dios y, en virtud de la dignidad interior de la libertad,
está ligado a este conocimiento.
Algo
completamente diferentes es, por el contrario, considerar
la libertad de religión como una necesidad que deriva
de la convivencia humana, más aún, una consecuencia
intrínseca de la verdad, que no puede ser impuesta
desde el exterior, sino que tiene que ser asumida por el hombre
sólo a través del proceso del convencimiento.
El Concilio Vaticano II, al reconocer y asumir con el decreto
sobre la libertad religiosa un principio esencial del Estado
moderno, retomó de nuevo el patrimonio más profundo
de la Iglesia. Ésta puede tener conciencia de estar
de este modo en plena sintonía con la enseñanza
del mismo Jesús (cf. Mateo 22, 21), así como
con la Iglesia de los mártires, con los mártires
de todos los tiempos. La Iglesia antigua, con naturalidad,
rezaba por los emperadores y responsables políticos,
considerando que era su deber (cfr 1 Timoteo 2, 2), pero,
al rezar por los emperadores, rehusaba adorarlos, y de esa
forma se oponía claramente a la religión de
Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron
por su fe en ese Dios que se había revelado en Jesucristo,
y precisamente por eso murieron también por la libertad
de conciencia y por la libertad de profesión de su
propia fe, una profesión que no puede ser impuesta
por nadie, sino que sólo puede ser asumida con la gracia
de Dios, en la libertad de la conciencia. Una Iglesia misionera,
que sabe que tiene que anunciar su mensaje a todos los pueblos,
debe comprometerse por la libertad de la fe. Ésta quiere
transmitir el don de la verdad que existe para todos y asegura
al mismo tiempo a los pueblos y a sus gobiernos que con ello
no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que les
lleva una respuesta que en el fondo de su intimidad buscan,
una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de
culturas, sino que por el contrario hace crecer la unidad
entre los hombres, así como la paz entre los pueblos.
El
Concilio Vaticano II, con la nueva definición de la
relación entre la fe de la Iglesia y algunos elementos
esenciales del pensamiento moderno, analizó e incluso
corrigió algunas decisiones históricas, pero
en esta discontinuidad aparente mantuvo e hizo más
profunda su naturaleza íntima y su verdadera identidad.
La Iglesia, tanto antes como después del Concilio,
es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica,
en camino a través de os tiempos […].
Quien
esperaba que con este «sí» fundamental
a la edad moderna todas las tensiones se aflojasen y la «apertura
al mundo» transformase todo en armonía pura,
había dado poca importancia a las tensiones interiores
y a las contradicciones de la misma edad moderna; había
infravalorado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana
que en todos los períodos de la historia y en toda
constelación histórica es una amenaza para el
camino del hombre. Estos peligros, con las nuevas posibilidades
y con el nuevo poder del hombre sobre la materia y sobre sí
mismo no han desaparecido, sino que asumen por el contrario
nuevas dimensiones […].
El
paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de manera
bastante imprecisa se ha presentado como «apertura al
mundo», pertenece en definitiva al problema perenne
de la relación entre fe y razón, que se presenta
siempre con formas nuevas […]. Por eso, hoy podemos
volver nuestros ojos con gratitud al Concilio Vaticano II:
si lo leemos y recibimos guiados por una hermenéutica
adecuada, puede ser y será cada vez más una
gran fuerza para la renovación siempre necesaria de
la Iglesia.
Elección
de Benedicto XVI
Por último, ¿tengo que recordar aquel 19 de
abril de este año, en el que el Colegio cardenalicio,
ante mi pequeño susto, me eligió sucesor del
Papa Juan Pablo II, sucesor de san Pedro en la cátedra
del obispo de Roma? Una tarea así estaba mucho más
allá de todo lo que habría podido imaginar como
vocación mía. Por eso, sólo gracias a
un acto de confianza en Dios pude pronunciar en la obediencia
mi «sí» a esta elección. Al igual
que entonces, os pido también hoy a todos vosotros
oración, pues cuento con su fuerza y apoyo. Al mismo
tiempo deseo dar las gracias de corazón en estos momentos
a quienes me han acogido y me siguen acogiendo con tanta confianza,
bondad y comprensión, acompañándome día
tras día con su oración […].
[Traducción
del original italiano realizada por Zenit Agencia de Noticias]
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 22 diciembre 2005 (ZENIT.org).
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de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Originalmente este articulo se publicó
en ZENIT, el 22 de Diciembre del 2005. Lo reproducimos en
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