Se debe asumir plena conciencia de que no podemos permitir que
nuestro país discurra de un coloniaje capitalista a uno
comunista
Cuando parecía que la Cuba comunista estaba por sucumbir
debido a su solitaria posición frente al capitalismo, la
suerte y el destino se alinearon en su favor. Si en un pasado
no muy lejano fue la Unión Soviética la que impulsó
enormemente al régimen cubano, hoy el presidente Hugo Chávez,
sobre la base de su dogma bolivariano antiimperialista, ha asumido
tal función. Así, sus diversas actuaciones procuran
nuevos bríos al sempiterno comandante de la revolución
de 1959. Quizá, nadie esperó que el abandonado Estado
socialista del caribe de pronto se levante airoso, irreverente
y con el ímpetu de continuar siendo el más representativo
bastión del comunismo mundial. Ciertamente, esta coyuntura,
de algún modo sorpresiva para todos, debe representar un
dolor de cabeza para el Gobierno de George W. Bush, quien ahora
tiene que lidiar con el hecho de que uno de sus más antiguos
y acérrimos rivales tiene aún potencia para seguir
la brega iniciada decenios atrás.
Así pues, los presidentes Hugo Chávez, Evo Morales
y Fidel Castro suscribieron acuerdos de vital trascendencia. Esto,
tal vez, no sólo por sus implicaciones económicas,
sino, más bien, por sus connotaciones políticas
y sociales. En efecto, el convenio Alternativa Bolivariana para
las Américas (Alba) y el Tratado de Comercio de los Pueblos
(TCP) fueron concebidos como instrumentos de integración
paralelos al ALCA y al TLC, planteados por EEUU, en un explícito
rechazo a las ambiciones expansionistas de éste en el Cono
Sur.
Lo fundamental de estos acuerdos estriba en que otorgan al inexpugnable
gobierno cubano una fuente de energía y, asimismo, robustecen
al germen comunista que, al parecer, brota y se difunde con gran
rapidez. Se está configurando un esquema político,
social y económico que posiblemente trastocará los
cimientos de la sociedad de Centro y Sudamérica. Un esquema
que se inspira en el añejo comunismo revolucionario; pero
complementado con un fuerte carácter integracionista y
una rigurosa noción de las reivindicaciones indígenas.
Este fenómeno, que probablemente estamos observando en
sus inicios, sería el despertar de un “Neocomunismo
Latinoamericano Indígena”.
En tal sentido, los acuerdos firmados en abril en la capital cubana
parecen ser la semilla en virtud de la que se erigiría
este nuevo orden político, social y económico. Mientras
Chávez, Morales y Castro continúen al mando de sus
naciones, seguirán construyendo el proyecto de integración
socialista que abrigan con vehemencia, el cual, muy posiblemente,
y para pesar de muchos, puede concretarse en un futuro no muy
distante. Los sentimientos y doctrinas comunistas que se pensaba
sepultadas en el mausoleo de la globalización y el neoliberalismo
han resurgido con mayor intensidad de lo esperado.
En lo tocante a Bolivia, todavía es prematuro sentenciar
si este proceso será positivo para nuestros intereses y
desarrollo. Sin embargo, tenemos que asumir plena conciencia de
que no podemos permitir que nuestro país discurra de un
coloniaje capitalista a uno comunista. No se trata de cambiar
un mal por otro, que inclusive podría ser más nefasto.
De igual forma, sería una lástima que se nos utilice
como instrumentos para la consolidación de intereses foráneos.
Por ello, debemos ser inteligentes y cautos a la hora de negociar
y, principalmente, ver con agudeza a quién nos arrimamos
y cómo. Es menester que los gobernantes tengan presente
que no todo lo que brilla es oro.
Álvaro Rodrigo Munguía
Romero es Abogado ( abetasis@hotmail.com).
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por La
Prensa, el 9 de junio del 2006. Petroleumworld Bolivia no se hace
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