Editorial
A las personas debemos juzgarlas no por lo que dicen, sino por lo que hacen. Hay gente que ofrece grandes ventajas, realizaciones espectaculares, sacrificios admirables, sin embargo, en la práctica hace exactamente lo contrario. Generalmente, los más habladores, aquéllos que fácilmente se ponen al servicio de los demás, son los inconsecuentes, los traidores. En política, este defecto, es común. En la lucha por el poder, los contendientes mienten, exageran, simulan. En este campo, la moral es distinta a la que se profesa en ámbito de los ciudadanos corrientes.
En relación con la democracia, es plenamente válida la reflexión anterior. Los que teóricamente abusan hablando de los derechos humanos, del respeto a sus semejantes, en la práctica, les gusta la unidimensionalidad y adoran el aplauso y la incondicionalidad de las masas. Las dictaduras, presuntamente comunistas, del Este de Europa y de otras circunscripciones secundarias, mientras discurseaban o discursean hablando de la igualdad, de redimir al hombre de sus pecados y deformaciones, en los hechos, no tuvieron ni tienen ningún escrúpulo ni remordimiento al imponer la dictadura del proletariado o del partido.
Aquí la contradicción que salta a la vista es el eslogan respecto de una revolución democrática y cultural y, al mismo tiempo, insistir en el control total del Parlamento y de los otros poderes del Estado. Es, ciertamente, preocupante el uso de la democracia para pretender imponer un Gobierno unidimensional. No aceptar una oposición enriquecedora y, por otra parte, una prueba que demuestre la conducta democrática de los políticos, es una forma de engañar y en la dimensión más benevolente de autoengañarse. Los verdaderos demócratas, son tales, en todas las actividades e instancias. Es importante que la gente sepa valorar la verdadera naturaleza de los activistas en juego.
Bolivia necesita un Parlamento democrático. Más allá de lo retórico, ese postulado consiste en que tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores hayan representantes no sólo de los diferentes sectores políticos, sino también de las clases y sectores que forman la sociedad boliviana. La pluralidad, obviamente, ejercida con inteligencia y honestidad, facilitará las reformas y, al mismo tiempo, la unidad nacional.
La composición de las dos Cámaras Legislativas depende del comportamiento de los electores, es decir, del pueblo. Ahora más que nunca, será evidente aquella frase popular: “los gobiernos no son sino el reflejo de los países que dirigen”. En esa proyección, la gran responsabilidad de lo que suceda, próximamente en Bolivia, no será de los partidos que pugnan por semejante resultado, sino de los que decidan la conformación de los órganos estatales, con su voto. En los períodos electorales, con mayor o menor amplitud, la suerte de Bolivia queda en manos de los bolivianos.