Editorial
La economía está mostrando que no sólo
de gas vive Bolivia, aunque sólo de gas hablen los bolivianos.
Esa obsesión ha hecho que en el país sólo
se hable de los mercados extranjeros adonde puede llegar el
gas, pero olvide los otros, adonde deben llegar los demás
productos que el país puede exportar.
La
soya tiene un lugar en el interés del Gobierno y de la
Cancillería sólo porque es preciso conservar los
mercados andinos adonde llega el grano y sus derivados sin el
pago de aranceles altos. Pero se ha hecho muy poco para ayudar
a los soyeros a consolidar contactos para nuevos y alternativos
mercados.
Las
exportaciones de manufacturas, de artesanías y joyería
se han mostrado con grandes posibilidades de progreso en estos
años debido a la vigencia del ATPDEA con Estados Unidos
y a las ventajas arancelarias ofrecidas por algunos países
europeos. Pero falta una política clara para promover
esas exportaciones, ya sea mediante acuerdos especiales, como
es el caso de los TLC con diferentes naciones.
Las
enormes posibilidades que tiene Bolivia en el turismo tampoco
ha merecido una atención suficiente. En ese campo reina
la improvisación.
La
apertura de la carretera Tarija-Potosí está en
la perspectiva de habilitar para el turismo argentino todo el
territorio del occidente del país, pero no hay programas
dirigidos a preparar el terreno para ese acontecimiento. Y no
hay, en ese sector, una política clara, que sea capaz
de informar a los bolivianos sobre las enormes posibilidades
de ingreso que tiene el turismo.
Ya
se ha dicho que los expertos opinan que los ingresos por turismo
podrían superar incluso a los del gas natural, pero para
ello se necesita de un clima social propicio, como resultado
del convencimiento de los bolivianos de la importancia económica
de ese sector.
Cuando
existía el Ministerio de Planeamiento y Coordinación,
la nación contaba con planes quinquenales de desarrollo
que se mantenían incluso si cambiaban los gobiernos.
La
inestabilidad política de estos años está
produciendo que surjan decisiones improvisadas por parte de
los gobiernos, sin criterios permanentes ni estrategias bien
elaboradas.