No me referiré al grito exultante del grumete
Rodrigo de Triana cuando, desde la cofa del palo mayor
de la nave capitana Santa María, fue el primero
en divisar las playas de lo que el mismo Colón
creía que eran las Indias. No, el tema a tratar
aquí es local y muy poco exultante.
Hace
años que en Bolivia se veían venir los
conflictos por la injusta distribución de la
tierra. Ni la Reforma Agraria de 1953 ni la Ley INRA
fueron suficientes. En los cinco últimos años,
las gestiones de saneamiento, catastro y titulación
han costado al país la desmedida suma de 43
millones de dólares. Y todo para dejar el problema
candente. Las supuestas buenas intenciones de la ´Revolución
Agraria´ que trata de implantar el Gobierno,
están siendo sobrepasadas por las invasiones
ilegales y hasta violentas de predios, muchas de los
cuales cumplen su función económico-social,
como Dios manda. En algunos casos, los invasores ignorantes
o vengativos —o ambas virtudes a la vez—
sacrificaron el ganado de raza para darse la gran
comilona, destruyeron los cultivos y las instalaciones
para la fabricación de productos agropecuarios.
Destruir para no construir nada.
A
pesar de que lo dicho es inadmisible y sancionable,
sin embargo, por razones, ante todo de justicia distributiva
y social, es urgente encarar con audacia, prudencia
y equidad bien calculadas la redistribución
de la tierra, en beneficio de los miles de personas
que carecen de ella, para producir sus propios alimentos
y comercializar lo restante. También aquí,
la seguridad jurídica es imprescindible. Hay
que formalizar ante la ley el derecho propietario
de esas parcelas. La consolidación de la propiedad,
más la creación de infraestructura rural,
arraigan dignamente al campesino a su terruño
y reducen la desesperada migración a las villas-miseria
de las ciudades en donde malviven muchos miles de
ex campesinos o semicampesinos (porque casi siempre
conservan la sayaña que heredaron de sus mayores).
Muchos de estos migrantes, sin trabajo y sin techo,
agravan los problemas sociales de las ciudades.
Para
que este ordenamiento sea pacífico, hay que
arrancar la mala hierba de los politicastros, embravecidos
por la proximidad de las elecciones para la Constituyente
y el Referéndum Autonómico. Y aún
cuando los asaltos ilegales se están produciendo
en varias partes del país, sin embargo, adquieren
especial intencionalidad en el oriente, en donde,
por una parte existen mayores latifundios en pocas
manos, regalados a los ´cumpas´ de algunos
presidentes, y así se calientan los ánimos,
envenenando la atmósfera política.
Como
el diablo tentador, los demagogos prometen abundantes
fundos rústicos: Todo esto te daré si
votas por mí. La política agraria debe
terminar con los latifundios improductivos. Pero también
ha de prever el fenómeno contrario, la atomización
de la propiedad en minifundios o, llevando el caso
a la caricatura, los ´surcofundios´ que
no sirven ni a sus propietarios ni hace posible una
mínima producción agropecuaria racional.
Además, hay que tener en cuenta que, o por
falta de conocimientos agropecuarios o por carencia
de medios e infraestructura o por incuria de los nuevos
ocupantes, dentro de cinco o 10 años esas tierras
serán eriales.
José
Gramunt S.J.
es director de ANF.
Los puntos de vista expresados no necesariamente son
los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue publicado originalmente
por , el 14 de junio del 2006.
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