Comentario
Editorial/Opinión
Extra
Álvaro
G. Requena:
Evo y los iconos revolucionarios
Los
trazos oscuros que dan forma al rostro y la boina del Ché Guevara,
son
un icono de la revolución socialista y comunista, pero su simbolismo
se
extiende hasta quienes, aún sin saber quién fue, admiran
su ubicuidad y el
respeto y veneración que infunde su rostro a jóvenes en
todo el planeta. Los
iconos son así. Son el emblema de aquello que deseamos y queremos
formar
parte, son el modelo a seguir. También son iconos revolucionarios
la cruz,
que fue y sigue siendo la representación última de Jesucristo,
y la manzana,
quizá la más antigua y persistente representación
de la motivación a la
libertad y a la disensión, si es que estamos dispuestos a creer
en la fruta
prohibida, en la capacidad de Adán de actuar racional y autónomamente,
y en
la de Eva de hacerlo desinteresadamente. La manzana es percibida como
fuente
de salud y nutrición, como símbolo de cambio, de lo nuevo
y del acto de
plena y total adopción de responsabilidades individuales y, por
supuesto,
del trabajo y del dolor.
Querer
ser icono revolucionario es una aspiración importante y puede
ser una
meta que llene a plenitud la vida.
Lo
que hay que hacer para llegar a serlo es simple, vivir dedicado por
entero a querer cambiar el curso y sentido de la humanidad y aceptar
las
consecuencias: incomprensión o aceptación, rechazo o adhesión,
amor u odio y, finalmente, persecución y muerte o, en el mejor
de los casos, como dijimos antes,
trabajo y dolor.
Para
los iconos humanos, la muerte suele ser el comienzo del culto, pues
hasta ese momento, adeptos y opuestos viven las mismas inseguridades
de
amenaza y peligro. A partir de la muerte aparece la seguridad en ambos
grupos: unos creen que el personaje ya no será amenaza y los
otros piensan que ahora es cuando...
El
Ché sigue siendo un personaje interesante, escogió vivir
como un
revolucionario y sus camaradas vieron en esa actitud una oportunidad
única
de trascender como grupo y de quitárselo de en medio. Por eso
murió en
Bolivia, aislado, sin el apoyo prometido y peleando por sus ideas y
las de
sus compañeros de Sierra Maestra. El no llegó a icono
porque quiso, es más,
nunca pensó en serlo y que hoy sea el rostro humano más
fácilmente
reconocible en todo el planeta, no se debe a su deseo, pero sí
a sus actos.
Es difícil no pensar en él como un ser entregado, generoso
con su propia
vida y auténtico en sus actitudes. No estar de acuerdo con sus
ideas y
métodos no quiere decir que no le veamos como el modelo de revolucionario
que fue. Honrar su memoria es un gesto de caballerosidad.
No
honrarle y denigrar de su imagen pública es una idiotez.
Evo
pegó una, no hay vergüenza en honrar al vencido; que no
fuese el Ché
exitoso en su campaña no le resta mérito a su gesta. Mientras
más le
recordemos más entenderemos lo que es ser un idealista y no tener
el apoyo
pero si la incitación de quienes tienen el poder. Evo en su homenaje
al Ché
identificó el peligro cierto de que a la hora de las chiquitas
le dejen sólo
su mentor y su mecenas, mejor dicho: sus incitadores.
Hay
quienes pretenden llegar a ser iconos revolucionarios en vida (Fidel,
Osama, Saddam, Hugo). Ellos buscan el reconocimiento a sus palabras
y no a
sus actos. Solicitan la aceptación universal de sus promesas
y enarbolan
algún instrumento amenazador y poderoso: un tabaco encendido,
un fusil o una
chequera.
Apenas
han transcurrido 39 años de la muerte del Ché y 46 desde
que le
tomaron la famosa foto, que hoy, cada vez más simplificada, se
ha convertido
en los trazos que en paredes, camisas, tatuajes y proyecciones luminosas,
le
mantienen vivo. ¿Qué dirán nuestros descendientes
dentro de 50 años, o dos
mil? ¿En qué habrá devenido la imagen del Ché?
¿Qué pasará con sus banderas
ideológicas que otros le han quitado y que casi nadie recuerda?
¿Seguirá
siendo icono de la revolución?
La cruz aporta la redención a la humanidad y por tanto el más
alto grado de
generosidad y entrega. La manzana nos indica el ejercicio de la libertad
individual y las responsabilidades que conlleva. El Ché simboliza
el
idealismo y la ingenuidad. Pero imaginemos por un instante que el del
tabaco
encendido llegue a icono, ¿Icono de qué? ¿Y los
de los fusiles, qué serán?
¿Y el de la chequera?
Es por eso que Chávez, que, obviamente, quiere llegar a icono,
tendrá que
aparecer con un fusil en una mano y la chequera en la otra, por que
es esa
la máxima demostración de poder en el mundo moderno: las
armas y el dinero,
los únicos dioses tangibles. Los iconos de la guerra y del poder,
la
destrucción y la sumisión, la amenaza y la dependencia,
el abuso y el
desprecio, la imposición y la necesidad. ¡Qué desgracia!
Álvaro
G. Requena
es
un médico psiquiatra Venezolano. Los puntos
de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por El Nacionalo, el 23 de junio del 2006. Petroleumworld
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Bolivia 23 06 06
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