La semana antes del 2 de julio, arreciaban las opiniones
sobre la autonomía y los candidatos a constituyentes
en mi refugio de los viernes contra el estrés. Tímido,
se acercó el garzón que nos atiende -colla
él- y dirigiéndose a mí, el único
camba, terció: ¿es cierto que si gana el Sí
tendré que sacar pasaporte para viajar a Santa Cruz
a visitar a mis parientes? Pensé que era broma, hasta
que me quitó la sonrisa la arenga presidencial en
la plaza San Francisco, repitiendo uno de los eslóganes
mentirosos -junto con el de los oligarcas cruceños,
que habían sido medio millón- de la campaña
como vociferante líder sindical por el No a las autonomías.
El
resultado del referéndum sigue dividiendo el país.
Confirma los departamentos autonómicos, que ya se
conocían como media luna, y los tres de occidente
que optan por el centralismo. Es interesante el voto del
Sí en las regiones vallunas, más aún
si el departamento líder del movimiento autonomista,
Santa Cruz, no asumió plenamente el rol de portaestandarte
autonómico nacional que le tocaba. Sopesando el voto
racional y el voto consigna (que mi padre llamaba ‘puka
papeleta’, por las camionadas de ‘ukureños’
en la democracia de papeleta única después
de 1952), aún en porcentajes perdidosos es sugestivo
el voto consciente del dúo de Cochabamba y Chuquisaca,
que oscilan en un término medio entre el trío
del No (La Paz, Oruro y Potosí), y el cuarteto de
la media luna del Sí (Santa Cruz, Tarija, Beni y
Pando).
Los
resultados de la elección de constituyentes, si bien
ratifican el liderazgo del partido de gobierno en el electorado
boliviano, no dan el 80% de mayoría que pretendían
para controlar la Asamblea Constituyente. En las palabras
conciliadoras del ministro de la Presidencia cuando felicitaba
al prefecto de Santa Cruz (y enhorabuena por tener la hidalguía
de hacerlo), el mensaje para el gobierno resalta la necesidad
de concertar, no enfrentar; conciliar, no discrepar. Tanto
en las autonomías departamentales, como en la Constituyente,
para lograr un país más equitativo, pero también
más productivo, el bien público es la estrella
polar que debe orientar a los elegidos para navegar la magna
Asamblea hacia puerto seguro. Abominar la entelequia politiquera
y preocuparse más de la economía. Despojarse
de los eslóganes vacuos del discurso apegado a ideologías
obsoletas. Dejar de marcar el paso a la injerencia de países
interesados en esquemas rancios de alineación política.
¿Será
conciliador el Presidente o seguirá de palabrero
dirigente sindical? Porque en resumidas cuentas, el dilema
del presidente Morales sigue siendo la opción por
la democracia representativa o por el caudillismo autocrático:
ser un estadista democrático, siguiendo el ejemplo
de sus vecinos Lula, Kirchner, Tabaré o Bachelet,
o ensayar el libreto de sus asesores caribeños para
ser un caudillo como su padrino venezolano. La primera alternativa
es más difícil: seguir el camino de un buen
estadista democrático. Hacer una excelente gestión
con el apoyo de una mayoría inédita del electorado,
aguantar el desgaste político que tal opción
ocasiona, y alternar en el ejercicio electoral limpio en
la democracia representativa. Esa que hemos tenido el privilegio
de ejercer los bolivianos el pasado 2 de julio.
Cada
vez se conoce más en nuestro país sobre los
peligros de la segunda opción. Como una carambola,
lo impuesto o intentado en Bolivia con Evo Morales ya ha
tenido su historia en la Venezuela de Hugo Chávez.
Primero se atacaron las instituciones cuyas reformas de
los últimos años estaban todavía en
proceso de cuajar. Después, el país se llenó
de médicos cubanos, cuando lo que debiera hacerse
es dar empleo a nuestros galenos, volcándolos hacia
los problemas de salud de los más necesitados, no
sin antes imbuirles mayor vocación hipocrática.
Teniendo experiencia en exitosos, aunque efímeros,
esfuerzos en alfabetizar, se opta por programas en que enseñar
las letras es disfraz de proselitismo político; revolucionaria
es Michelle Bachelet, que propone en un lustro poner a disposición
de todo niño chileno una computadora y enseñar
a sacarle el jugo.
Zunchan
en búsqueda de flancos débiles donde arremeter
con medidas calcadas de Chávez. Un ejemplo es tirar
por la borda millonarias inversiones en reforma educativa,
so pretexto de educación ‘descolonizadora’.
Y después rematarla con el pretendido exilio de la
formación religiosa de hace unos días. ¿Quizá
era un paso previo a ‘nacionalizar’ los establecimientos
religiosos en Bolivia? Recularon cuando católicos
y cristianos juntaron fuerzas para hacerles frente. Vendrá
la creciente agresividad discursiva y de hecho de los gobiernistas,
ya manifiesta en la reciente consulta en las urnas, emanando
un tufillo de grupos de choque en Venezuela. Falta nomás
que les repartan fusiles Kalashnikov.
Pero
los ríos de dinero del petróleo marcan la
diferencia entre Venezuela y Bolivia. Porque el caudillo
venezolano puede darse el tupé de insultar al presidente
Bush, en tanto que las ventas de petróleo a Estados
Unidos continúen su voluminoso ritmo. Pero su ahijado
en Bolivia juega al penoso papel de a Dios rogando y con
el mazo dando. Se contrarían las políticas
de la embajada estadounidense, y por debajo de cuerda ruegan
que continúe la asistencia gringa para cubrir el
déficit fiscal. Rechazan los acuerdos de libre comercio
con el mayor mercado mundial, para después lloriquear
para prorrogar ciertas ventajas arancelarias, que benefician
a industrias que dan empleo a centenares en el reducto masista
y gringófobo de El Alto.
Ante
tan reiteradas muestras de insensatez, no causará
extrañeza la mayor de ellas: intentar la burla de
la cualidad vinculante del referéndum para las cuatro
autonomías departamentales. Seguir con el libreto
caribeño para ser dictador del voto consigna.
Winston
Estremadoiro es
antropólogo (winston@supernet.com.bo). Los puntos
de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.