En nuestro segundo artículo sobre un acuerdo social
planteamos que los cambios necesarios requieren disponer
de un plan de desarrollo, motivación en todos los
niveles sociales y un movimiento político que lo
interprete y ponga en acción. En principio se puede
reconocer que se dispone de lineamientos estratégicos
del Plan Nacional de Desarrollo y un movimiento político
que no pretende rescatar el rol protagónico que corresponde
a todo partido político, siendo la hora de que los
capaces y los honestos invadan el campo de la política,
superando el concepto que reza: “El que cree que la
política es sucia hace sucia la política,
y el que se abstiene de participar en política es
cómplice de la mediocridad y la corrupción”.
Nuestra pregunta crucial es: ¿Cómo se llega
a un acuerdo social?
Evidentemente, las cosas en Bolivia no han de ser fáciles.
La experiencia de más de cuatro lustros de democracia
así lo enseña, por lo menos en materia de
consensos para superar la crisis integral heredada del manejo
irracional de la década de los 70, y ciertos antecedentes
en materia de participación del Estado, los empresarios
y los trabajadores. Una razón podría ser que
no tuvimos la capacidad de crear una imagen de futuro del
país de la cual sean partícipes las fuerzas
sociales. En tal sentido, el diálogo tiene que realizarse
bajo el apremio de una presión intensa, por lo menos
en tres campos: a) presión económica, porque
la depresión viene esterilizando recursos e impidiendo
el desarrollo nacional, departamental y local; b) presión
social, porque se requiere aumentar el ingreso y, al mismo
tiempo, distribuirlo de manera equitativa, ello sin la alternativa
de crecer primero y distribuir después; y, c) presión
moral, porque aquellos conceptos tan repetidos en los discursos
—miseria, ignorancia, hambre, enfermedad— son
realidades difícilmente soportables ya. De aquí
viene la presión a que estará sometido el
diálogo.
El evaluar con claridad que esta presión existe,
constituye un seguro para evitar que ella sea madre de la
ansiedad, que a su vez engendra la frustración. Hay,
pues, que prevenirse contra el hecho de que los resultados
del diálogo no sean espectaculares ni inmediatos
y evitar que la ansiedad genuina termine por dar el argumento
magnífico de la frustración a los interesados
en mantener las cosas como están. Decidido el diálogo
como ruta de acceso al acuerdo debe ser encarado sin la
pretensión de lograr rápidamente compromisos,
pero procurando siempre el consenso, aun reconociendo que
el consenso es una mercadería muy escasa en los mercados
de ideas de nuestro país. En algunos departamentos
se ha hecho un ejercicio político y hasta periodístico
del disentimiento; es así que existiría un
ansia difundida de agresión recíproca entre
distintos grupos sociales que termina siendo un estilo de
vida nacional. Y, muchas veces, la falta de información
del pueblo sobre los verdaderos problemas constituye la
fuente de “financiamiento” de esta esgrima que
hacen sus élites, la cual no tiene nada de académica,
sino que se refiere concretamente al prestigio y al poder.
En la medida en que el diálogo responsable e institucionalizado
reemplace progresivamente al uso de la mera puja y la influencia
directa, se podrá ir llegando a definir los atributos
de la sociedad a la cual se aspira, se podrá construir
la convicción acerca de que determinadas instituciones
e instrumentos de política deben ser perdurablemente
edificados, y utilizados en sentidos precisos; y se aplicarán
los grados de aceptación de determinadas políticas,
y de convergencia de las conductas para lograr objetivos
unívocos. Por este medio se evitará que la
conducta de unos grupos sociales esterilice la acción
de otros, tan sólo en el caso de que las políticas
sean realmente equitativas. Y, para ser equitativas, deben
ser elaboradas sobre la base de la discusión hecha
con mentalidad nacional —no para defender intereses
de grupo— y a partir de información correcta
y suficiente.
La experiencia aconseja que no se dialogue sin documentos
previos a la vista.
Buena parte de éstos existen ya y la convocatoria
hecha por el Gobierno a los actores sociales es el mecanismo
para iniciar el diálogo institucionalizado.
Oscar Vega López
es Economista (ovegal@gmail.com). Los
puntos de vista expresados no necesariamente son los de
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Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por La Prensa, el 25 de julio del 2006. Petroleumworld Bolivia
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Bolivia 26 07 06
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