El 24 de
julio, día del natalicio de Bolívar, inició
oficialmente sus emisiones Telesur, canal multiestatal de televisión
del que son socios Venezuela (51 por ciento), Argentina (20),
Cuba (19) y Uruguay (10). Brasil observa con simpatía
el experimento, pero por ahora no compra acciones, y el gobierno
colombiano guarda cauteloso silencio. La Alcaldía de
Bogotá, sin embargo, podría ofrecer su canal para
recibir emisiones.
En el acto
hubo algo de retórica, a cargo del periodista uruguayo
Aran Aharonián, director del canal (“Promovemos
la diversidad cultural a fin de fortalecer la memoria histórica
y la dignidad colectiva de nuestros pueblos”); un poco
de demagogia, por cuenta de Andrés Izarra, ministro venezolano
de Comunicación e Información (“Telesur
es un modelo de integración lleno de pueblo, junto con
nuestros pueblos y desde nuestros pueblos”), y unas horas
de música rock.
El propósito
de este canal, que nace por iniciativa del presidente Hugo Chávez,
con 2,5 millones de dólares y sede en Caracas, es ofrecer
enfoques y temas latinoamericanos a los espectadores internacionales,
desde una perspectiva distinta a la de los medios de comunicación
privados ya existentes. Según Aharonián, estos
se hallan “dominados por las oligarquías de nuestros
países y sus socios del norte”. En el consejo asesor,
donde nos habría gustado ver más periodistas,
figuran notables poetas (Ernesto Cardenal), escritores (Eduardo
Galeano), cineastas, músicos y actores. En su comité
informativo, conocidos profesionales. En su jefatura de noticias,
el destacado periodista colombiano Jorge Enrique Botero.
La nómina,
pues, parece de primer nivel. Y no falta razón a algunas
quejas que ventilan los fundadores del canal. Es verdad que
existe un desequilibrio informativo entre el sur y el norte;
es verdad que a menudo nos reducen a estereotipos grotescos
y acartonados (no menos torpes que la generalización
de Aharonián en el sentido de que todo lo que no sea
Telesur es oligarquía e imperialismo); es verdad que
la mayoría de las noticias publicadas sobre nuestros
países es de estirpe tremendista, y es verdad que los
medios informativos más poderosos son estadounidenses
y europeos.
Hace dos
décadas, esta desproporción ya había suscitado
un agrio pero útil debate sobre el Nuevo Orden Mundial
de la Información. Desde entonces, la televisión
digital e Internet han permitido la aparición de numerosos
y pequeños medios alternativos.
Diagnosticada
la enfermedad, hay que decir que, lamentablemente, el remedio
propuesto podría ser aún más nocivo para
el paciente. Por una rigurosa ley de biología política,
los gobiernos tienden a manipular, interferir y controlar la
información. Incluso, el régimen más transparente
del mundo en esta materia, el británico, ha tenido serios
rifirrafes con la BBC. A su turno, la agencia española
Efe, respetada y respetable, padeció un vergonzoso episodio
de intromisión partidista en vísperas de las elecciones
del 2004. El canal multiestatal árabe Al Jazeera ha sido
una grata sorpresa, pero siempre dentro de los estándares
de autonomía de su región.
¿Qué
esperar, entonces, de cuatro gobiernos latinoamericanos que
se sienten codueños de un canal informativo internacional,
y lo son? “Donde haya queso, no mandéis gatos”,
aconseja una moraleja de don Rafael Pombo. No es igual el “sentido
noticioso” de un presidente que el de los periodistas,
ni coincide la definición de libertad de expresión
de ciertos gobernante con la de una sala de redacción
razonable: Chávez interrumpe a veces los canales privados
para ensartar sus interminables discursos, y Fidel Castro encarceló
hace poco a un grupo de disidentes pacíficos. El solo
hecho de que un delegado político presida a Telesur es
mala señal, y la oscurece más la militancia política
del director, según el cual “el gobierno venezolano
ha dejado los medios de masas en manos del enemigo”.
¿Podría
realizar Telesur un informe sobre las jineteras cubanas, la
corrupción en Argentina o el populismo venezolano sin
que los dueños se irritaran? ¿Pende acaso un silencioso
chantaje sobre los gobiernos ajenos a la sociedad, como imagina
el de Colombia que lo hubo con la divulgación de imágenes
“positivas” de Tirofijo en las emisiones de prueba
del canal? ¿Podrían los televidentes esperar una
actitud equilibrada en las noticias sobre George Bush, por ejemplo?
Telesur tiene la palabra.
Y, hablando
de Estados Unidos, con inaudita torpeza su Cámara de
Diputados acaba de obsequiar jugosos argumentos al proyecto
de televisión oficial latinoamericana al aprobar una
ley por la cual Washington financiará una estación
contra el gobierno de Caracas.
¿TeleBush contra TeleChávez? Alega Connie Mack,
anticastrista patológico sustentador de la ley, que su
canal será “fuente precisa, objetiva y detallada
de noticias para los venezolanos”.
Mentira.
Solo lo será de propaganda política, como ocurrirá
con Telesur, a menos que los gatos se enseñen a no comer
queso.
El
Tiempo (Bogotá)
es
uno de los diarios mas importante de Colombia.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario
fue originalmente publicado por El Tiempo, el 28 de julio del
2005. Petroleumworld publica este comentario en beneficio de
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