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Comentario
Editorial/Opinión
Extra
Felipe
González Márquez :
La energía desestabiliza el futuro
La
lucha de intereses por la energía disponible
tensionará las relaciones de poder en el mundo
hasta límites desconocidos. Es dramático
que los gobiernos se preocupen sólo por los precios,
sin diseñar estrategias a mediano plazo.
Constituye un lugar común considerar la energía
como una variable estratégica insustituible para
el desarrollo. Es menos frecuente analizar la energía
como un elemento clave en la integración regional,
con la perspectiva de ampliar mercados y fomentar áreas
de crecimiento sostenido.
Por ejemplo, América latina como región
posee recursos energéticos que serían
decisivos para todo el continente, aunque los intercambios
en este capítulo sean escasos. Lo mismo cabría
decir de Oriente Medio y de otras zonas del mundo, como
la Unión Europea y Rusia.
Por otra parte, los últimos treinta años
revelaron, a partir de la primera crisis del petróleo,
la importancia de la energía en las relaciones
internacionales, en la paz y en la guerra. Por tanto,
para los países productores, la energía
es también un factor decisivo para su relevancia
internacional. En los años ochenta del pasado
siglo algunos líderes consideraban inevitable
un desplazamiento del centro de gravedad del poder mundial
hacia los países productores, desde los consumidores
dependientes.
Finalmente, los sucesivos choques petroleros pusieron
en alerta a las zonas más desarrolladas del planeta,
que empezaron a plantearse el ahorro energético
y el desarrollo de energías alternativas a las
fósiles. Este fenómeno se ha visto acompañado
de una oleada creciente de preocupación por el
medio ambiente, indiscutiblemente alterado por el uso
masivo de estas energías.
De forma periódica se añade a estas consideraciones
la del agotamiento de los recursos disponibles, aunque
las predicciones sobre el límite temporal se
trasladan hacia adelante, acompañadas de nuevos
estudios sobre reservas útiles.
Lo más notable de este panorama es que la periódica
alarma por la situación de las energías
no renovables, desde el alza de precios hasta el calentamiento
atmosférico, no ha movido a los actores más
afectados —las economías consumidoras más
desarrolladas del mundo— a fomentar consistentemente
la investigación sobre otras fuentes energéticas
que disminuyan la dependencia del petróleo. Tampoco
se han producido inversiones capaces de responder a
las demandas crecientes en el campo mismo del petróleo
y del gas.
El escenario al que estamos abocados en la próxima
década es el que se corresponderá con
la primera crisis de oferta de la era industrial. El
crecimiento de la demanda mundial, fuertemente influido
por actores emergentes de gran transcendencia como China,
no sólo mantendrá la tensión en
los mercados, con precios muy por encima de las previsiones
que se venían haciendo desde la crisis de 2000,
sino que nos llevará a una clara insuficiencia
en la capacidad de oferta.
Entre los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón
y China pueden llevarse —o pretenderlo—
la casi totalidad de la energía no renovable
disponible en el horizonte del año 2010 o 2012.
Incluso si el nivel de inversiones en nuevos yacimientos
se incrementara ya, de forma sustancial, la maduración
de estas inversiones no alcanzaría a satisfacer
ese crecimiento de la demanda.
Probablemente estamos enfrentando el problema decisivo
para la estabilidad internacional, aunque no aflore
en los análisis. La lucha de intereses por la
energía disponible tensionará las relaciones
de poder en el mundo muy por encima de los límites
que ya estamos conociendo.
Son paradójicos los aspectos peculiares de una
economía global que no premia —por decirlo
suavemente— los esfuerzos inversores de las grandes
petroleras, más allá de los enormes beneficios
resultantes de los precios del crudo. Pero también
es paradójico que los gobiernos, con las naturales
excepciones, no estén preocupados de otra cosa
que de los precios de la energía, olvidando estrategias
energéticas sostenibles a medio plazo. Sostenible,
en este caso, está considerando sólo el
aspecto económico, ni siquiera el medioambiental.
Por tanto, frente a lo que he considerado inevitable
como crisis de oferta, los movimientos de las grandes
compañías y de los responsables políticos
son cuanto menos escasos y no parece esperable una reacción
consistente a corto plazo. Si los estudios que se manejan
son ciertos, como creo, no se trata de recursos escasos,
sino de falta de inversiones en la mayor parte de los
casos.
Los países con estrategia energética,
como Estados Unidos o China, están tomando posiciones
frente a los recursos actuales y futuros en las energías
no renovables, empleando recursos económicos,
capacidad de influencia y/o potencia pura y dura, pero
no están haciendo un esfuerzo paralelo para la
investigación y el desarrollo de otras energías
para sustituir a las actuales, ni siquiera para avanzar
seriamente en la eliminación de los residuos
nucleares. Parecen dispuestos a competir o combatir
por el reparto de lo que hay, más que al análisis
de alternativas para aumentar la oferta o para completarlo
con otras fuentes de energía.
Así que, más allá de las consideraciones
de la energía como variable estratégica
para el desarrollo, como elemento decisivo para los
procesos de integración regional, lo más
preocupante —por urgente— es la consideración
de la escasez de energía como uno de los factores
más importantes para la paz o la guerra.
Aunque resulte exagerado, tan importante como la proliferación
armamentística y las amenazas del terrorismo
internacional, que no vamos a poder separar de los problemas
de la energía.
Felipe
González Márquez,
ex- Presidente del Gobierno de España.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este
comentario fue originalmente publicado por el País
(Madrid). el 09 de junio del 2005. Petroleumworld publica
este comentario en beneficio de los lectores.
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Petroleumworld Bolivia 02 08 05
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