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André Fontaine: ¿Adiós, De Tocqueville?

Alexis de Tocqueville, de cuyo nacimiento se cumplen 200 años este 29 de julio, es uno de los más impresionantes de entre los numerosos futurólogos del siglo XIX. En un tiempo donde muchos parecen jugarse por la imprevisibilidad de todo, tal vez no sería inútil citar su célebre profecía sobre la repartición del mundo -para él inevitable- entre EEUU y Rusia. Visión más notable si se considera que el autor de “La democracia en América” tenía 30 años cuando se publicó el primer tomo.

Tras estudiar Derecho, el joven De Tocqueville, hijo de un prefecto de la Restauración que se convirtió en Par de Francia, había sido nombrado juez en Versalles. Apenas establecida, la Monarquía de Julio lo envió con su colega Gustave Guérin a estudiar el régimen carcelario en EEUU y la misión no era superflua. Para un país que desde 1789 no había dejado de coleccionar revoluciones, se trataba de saber cómo se las habían arreglado los norteamericanos para no cambiar de Constitución desde 1787.

El viaje, marcado por un naufragio donde los dos casi perecen, duró entre mayo de 1831 y febrero de 1832 y le permitió visitar todo el país. Le siguió la publicación del informe sobre el sistema penitenciario. Pero fue “La democracia en América” lo que le valió la gloria. Pronto se convirtió en uno de los más jóvenes miembros que haya tenido la Academia Francesa, antes de ser diputado y luego, después de la revolución de 1848, efímero ministro de Relaciones Exteriores, cargo al que renunció para no tener que servir bajo Luis Napoleón. De Tocqueville había dispuesto de todo el tiempo para contemplar la sociedad norteamericana, y sus predicciones respecto de ella se revelaron correctas, aunque cabría preguntarse si todavía escribiría que la igualdad constituye su rasgo más profundo.

Pero sobre todo hay que examinar en qué medida el esquema que trazó hace casi dos siglos sobre la repartición del mundo, refleja aún la realidad. Theo Sommer, de “Die Zeit”, no ha dudado en escribir que la caída del Muro de Berlín marcó su fin. Pero si se admite que el espacio, la población, el poderío militar, los recursos naturales y, finalmente pero no menos importante, la fuerza de las ideas, siguen constituyendo elementos esenciales de la potencia, ¿no es eso apresurarse más de la cuenta?

El espacio: al joven De Tocqueville le bastó mirar el mapa para medir la distancia entre las dimensiones de los diversos estados de Europa, acostumbrados por siglos a invadirse, y los formidables espacios abiertos a la ambición tanto de Rusia como de EEUU. Los otros pueblos, para colonizar, debían cruzar mares, mientras que rusos y norteamericanos no tenían más que empujar, unos hacia el Este, los otros hacia el lejano Oeste, para extenderse sobre vastedades hasta entonces casi desiertas. Como se había visto en 1812, y como se volverá a ver durante la Segunda Guerra Mundial, los generales rusos disponían de un espacio casi infinito para replegarse y preparar, con la ayuda del “General Invierno”, la destrucción de los invasores. De Tocqueville había previsto con perfecta claridad que los norteamericanos, a pesar de todos sus compromisos, no dudarían en apoderarse llegado el momento de un tercio de México.

Con 17 millones de kilómetros cuadrados, comparados con los aproximadamente nueve millones de EEUU, Canadá, China y Brasil, la Federación Rusa sigue siendo lejos el más vasto Estado del mundo. Corre pocos riesgos de ser invadida, pues dispone todavía de un arsenal nuclear gigantesco y mantiene tropas en varias repúblicas antaño federadas en la URSS. Pero tiene menos de un millón de hombres alistados, contra dos millones y medio de EEUU, cuya red de bases e instalaciones militares se extiende -según un estudio de Pierre Buhler en “Commentaire”- por 132 países, entre los cuales figuran las ex repúblicas soviéticas de Uzbekistán, Tadjikistán y Khirghiztán, más Afganistán, otrora invadido por el Ejército Rojo. El presupuesto militar del Kremlin no representa siquiera la treintava parte del que tiene el Tío Sam.

El cuadro es diferente respecto de los recursos naturales, que Rusia sigue poseyendo en abundancia. Tiene las mayores reservas mundiales de gas y, después de Arabia Saudita, de petróleo: la evidente recuperación de su economía durante los últimos años, se explica en buena medida por la espiral en los precios de los hidrocarburos. En cuanto a la población, el declive es impresionante. Al momento de publicarse “La democracia en América”, EEUU tenía trece millones de habitantes, de los cuales dos millones y medio eran negros, en su mayoría esclavos, por lo que De Tocqueville concluía en que su inevitable emancipación constituía la mayor amenaza concebible para la “pax americana”. Hoy son cerca de 300 millones, con una elevada tasa de fertilidad de 2,1 y varios centenares de miles naturalizándose cada año. Rusia, de la que nuestro profeta advertía que “de todas las naciones del Viejo Mundo es donde la población aumenta más rápidamente”, tenía, sin contar a los polacos y finlandeses, 52 millones de habitantes, entre los cuales -de creer a la “revisión” de 1856- 25 millones eran siervos. Pero Rusia perdió decenas de millones en el transcurso de las dos guerras mundiales y de las purgas de Stalin, y ve cómo su población disminuye año tras año debido a una tasa de fecundidad baja, de 1,1, a una emigración no desdeñable y a una expectativa de vida que el alcohol y el tabaquismo han llevado, para los hombres, a niveles extremadamente bajos. Actualmente la patria de Lincoln está a más del doble de poblada que la de Pushkin.

El mesianismo y la convicción de haber sido elegidas por la Providencia para ser su instrumento privilegiado, fue ciertamente y por mucho tiempo el rasgo común de las superpotencias en formación. Estados Unidos, al que Madeleine Albright, la secretaria de Estado de Bill Clinton, calificaba de “nación indispensable”, se cree hoy más que nunca investido de la misión de “hacer al mundo seguro para la democracia” como postulaba el Presidente Wilson en 1917. Pero está lejano el tiempo, 1951, en que el filósofo Nicolás Berdiaev podía constatar “una especie de identificación del mesianismo ruso con el mesianismo proletario del comunismo”. A diferencia de la Norteamérica de George W. Bush, Rusia ya no tiene ideología ninguna a nombre de la cual reivindicar algún liderazgo internacional.

¿Amigos o enemigos? Curiosamente, De Tocqueville se cuidó de adelantar la menor predicción sobre el futuro de las relaciones entre los dos grandes imperios cuyo advenimiento le parecía inevitable. Pero el balance que hemos esbozado de la situación actual de cada uno deja poco espacio a la duda: Reagan tenía razón en 1989 al vanagloriarse de haber ganado la guerra fría y no se ve por qué milagro Moscú podría procurarse una revancha. Si el visionario de 1835 regresara a la Tierra a reactualizar su predicción, reconocería que Rusia, cualquiera sea la nostalgia patriótica de muchos de sus habitantes, dejó hace 20 años de ser capaz de soñar con cualquier paridad con Estados Unidos.

¿Significa que estos últimos ganaron la partida para siempre y que George Bush tuvo razón al aconsejar a las otras potencias que se alinearan con él para organizar su defensa? Con una tasa de crecimiento cercana al 3,3% para este año, que sobrepasa ampliamente las de Japón y Europa, con fondos de investigación iguales a la totalidad de estos, Norteamérica ha tomado una ventaja fantástica que refuerza al límite la famosa predicción del cientista político Francis Fukuyama sobre “el fin de la Historia”.

También puede ocurrir que Estados Unidos haya presumido de sus fuerzas, y que las pérdidas que sufre a diario en Irak signifiquen una caída, no solamente en la popularidad de Bush sino también de los compromisos del ejército; que distintos países de América Latina -de Brasil a Venezuela, de Bolivia y Ecuador a México- se pongan a alborotar en las filas; que Corea del Norte e Irán hagan resurgir el espectro de las armas de destrucción masiva, y que el nivel de endeudamiento y el déficit presupuestario alcance montos vertiginosos que obliguen al Departamento del Tesoro a vender bonos de corto plazo. La paradoja consiste en que el principal tenedor de esos bonos sea, después del Japón, un país que sigue proclamándose comunista: China, cuyas intenciones a largo plazo plantean inevitables interrogantes, más no sea porque posee un tercio de la población mundial.

No hay duda en todo caso que si De Tocqueville reeditara su “La democracia en América”, dedicaría una gran parte al Asia, que él ignora por completo debido a que ese continente todavía no había “despertado”, para usar la célebre expresión de Alain Peyrefitte. También daría sitio a la India, que pronto estará más poblada que China y que ha comprendido el partido que un gran país en vías de desarrollo puede sacar de la revolución informática. Pero seguiría desdeñando a Europa, donde cada día que pasa tras el referéndum subraya la incapacidad de hacer sus tareas.

André Fontaine, director de Le Monde (1985-1991). Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por
La Nación (Chile). el 28 de julio del 2005. Petroleumworld publica este comentario en beneficio de los lectores.

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