Durante
décadas la izquierda fomentó mentiras
absurdas que todavía persisten, como el que
los socialistas son más sensibles al sufrimiento
de los pobres, que los gobernantes de izquierda son
más honestos y dedicados al bien común
y que la corrupción es un mal del capitalismo.
Por eso los pueblos se asombran cuando ven a los gobernantes
socialistas robar a manos llenas los fondos públicos
que debieran servir para darles mejor salud y educación
a los más pobres, como se ha visto en la enorme
corrupción develada en el gobierno de Lula
en Brasil.
Peor
aún son las falsas generalizaciones que origina.
Así se piensa que todos los gobiernos siempre
caen en la corrupción o que la corrupción
es un mal de las democracias y que para eliminarla
es preciso restringir la libertad. ¡Absurdo!
¿Acaso las dictaduras no han sido más
corruptas? La corrupción es un fenómeno
que afecta con fuerza únicamente a los gobiernos
estatistas, de izquierda o derecha, en los que prevalece
la compra y venta de favores y el tráfico de
influencias. Las economías más libres,
en cambio, se suelen ver muy poco afectadas por la
corrupción, como fue el caso de Chile hasta
hace poco.
Los
países capitalistas no sufren la corrupción
característica de los gobiernos estatistas
gracias a la libertad económica. Esta frena
la corrupción porque limita la injerencia del
poder en la economía. El poder corrompe, por
eso el liberalismo siempre desconfió del poder.
En los mercados libres no hay lugar para la corrupción.
Los estudios del Heritage, Fraser, Cato, Freedom House
y Transparencia Internacional muestran que los países
más corruptos son los más estatistas.
A mayor libertad económica menor es la corrupción,
mientras que a menor libertad económica o más
estatismo, mayor es la corrupción. A su vez,
a mayor libertad económica, mayor es la prosperidad.
La
libertad económica es la libertad de trabajar,
producir, comprar, vender, importar, exportar sin
restricciones ni coerción del gobierno. Los
10 países de economías más libres
– Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Luxemburgo,
Irlanda, Estonia, Inglaterra, Dinamarca, Suiza y Estados
Unidos – están entre los menos afectados
por la corrupción. Por otro lado, los países
más estatistas como Brasil, Rusia, Zambia,
Argentina, Paraguay, Venezuela, Laos, Zimbabwe, Cuba
y Corea del Norte, están entre los países
más corruptos del mundo, en los que es común
la captura del estado por las élites y el abuso
del poder público para beneficio privado.
Las
excesivas regulaciones, controles e intromisiones
en la economía que imponen los estatistas,
así como las violaciones a los derechos de
propiedad, crean el caldo de cultivo ideal para el
soborno. Nadie respeta las leyes y los funcionarios
pueden exigir coimas a los productores y enriquecerse
a costa del pueblo. La corrupción es inevitable
cuando las decisiones económicas se concentran
en manos de los funcionarios. La vieja cultura del
trámite y la coima, producto del estatismo,
no sólo es la causa de la corrupción,
sino también de la pobreza y el atraso.
Las
excesivas restricciones a la libertad económica
que soportan los países estatistas en detrimento
de su desarrollo no existen en las economías
libres. En Paraguay registrar una compañía
toma más de 100 días, mientras que en
Australia y Hong Kong toma dos días. El costo
de legalización es superior al ingreso per
cápita anual, mientras que en países
desarrollados los trámites son baratos o gratuitos.
Lo mismo se observa en todas las gestiones del sector
público, desde los interminables trámites
y aprobaciones necesarias para una exportación
o importación, hasta el pago de impuestos.
El resultado es que 70% de la economía es clandestina
y en lugar de tributos se pagan coimas.
La
realidad de la corrupción es que la naturaleza
humana es proclive a ella. La diferencia entre un
país con baja corrupción y otro con
alta corrupción está esencialmente en
el sistema económico, no en la educación,
cultura, raza, o religión. Los países
muy poco afectados por la corrupción tienen
economías bastante libres, en cambio, los más
corruptos son todos estatistas. El único remedio
eficaz contra la corrupción consiste en ampliar
las libertades económicas, reducir las regulaciones
y privatizar los monopolios estatales.
Porfirio Cristaldo
Ayala es corresponsal de la agencia
AIPE en Paraguay y presidente del Foro Libertario.
Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este
comentario fue originalmente publicado por AIPE,
en Julio del 2005. Petroleumworld publica este comentario
en beneficio de los lectores.