En
Bolivia lo sorprendente es la tranquilidad. Desde
la independencia, declarada en 1825, ha habido casi
200 golpes y contragolpes. Tal vez eso se debe a la
artificialidad de su origen histórico. Tal
vez, a la intrincada composición de los elementos
que constituyen al país: una geografía
imposible, varias etnias enfrentadas, y, sobre todo,
al menos tres visiones de la realidad distintas y
adversarias que sustentan diferentes interpretaciones
del pasado y proponen cursos de acción totalmente
divergentes para construir el futuro. Así no
se sostiene una nación, sino un caos con himno,
bandera y asiento en la ONU.
Hay
que dar un par de datos para entendernos. El país,
con algo más de un millón de kilómetros
cuadrados, duplica el territorio de España,
pero sólo posee menos de nueve millones de
habitantes dispersos entre el altiplano, en el techo
del mundo, a 3.500 metros de altura, zonas medias
de temperatura agradable, más territorio tropical
de clima selvático. Grosso modo, la división
étnica convencional establece que hay un 55%
de población indígena -dividido entre
quechuas y aymaras, dos grupos andinos-, un 30% mestizo
y un 15% blanco.
Naturalmente,
esas categorías no son herméticas, y
es posible encontrar un número sustancial de
indios económica y culturalmente integrados
entre los mestizos y (menos) entre los blancos. Aunque
es verdad que más del 60% de la población
es pobre, la existencia de un 87% de población
alfabetizada, 1.500.000 teléfonos móviles,
o la actividad de inquietos enclaves empresariales
en ciudades como Santa Cruz, desmiente la noción
de un país totalmente atrasado. La verdad es
que un tercio de la población boliviana, pobre,
rica o de clase media, vive en el siglo XXI, perfectamente
adaptado a la modernidad, otro tercio vive mentalmente
instalado en un borroso pasado histórico dulcificado
por la leyenda y amargado por el rencor, mientras
la tercera restante, la revoltosa, encharcada en las
supersticiones comunistas, pretende unificar y remodelar
al conjunto de la población de acuerdo con
las ideas de Marx, allí teñidas por
el pintoresco desorden del castrochavismo.
Si
hubiera que ponerles nombre y rostro a esos tres tercios
serían Jorge (Tuto) Quiroga, un ingeniero industrial
de 44 años, graduado en Texas con honores,
quien ya ocupara la presidencia del país por
un año en el 2001, a la muerte del general
Hugo Bánzer. Quiroga, pro occidental, inteligente,
partidario de la economía de mercado, de la
apertura de Bolivia al mundo y de la integración
del país en los circuitos financieros internacionales,
es la esperanza de esa parte de los bolivianos que
sueña con que la nación, lejos de enfrentarse
al primer mundo, debe hacer lo posible por integrarse
decididamente a él, como con gran éxito
lo hicieron los vecinos chilenos.
El
sueño indigenista radical lo encarna Felipe
Quispe, líder aymara del Movimiento Indígena
Pachakutik, ex guerrillero, ex preso político
acusado de terrorista. Quispe sostiene que su etnia
aymara -dos millones de habitantes, con alguna presencia
en Ecuador y Perú-, unida a la quechua -otros
tres millones- debe destruir las instituciones blancas
y republicanas derivadas de la colonia española
para ensayar un regreso a la tradición histórica
precolombina, sin propiedad privada, sin el dinero
que envileció la solidaria práctica
de los trueques, y sin esas extrañas prácticas
democráticas creadas por los imperialistas.
Cree en el comunismo, pero no exactamente en el de
Marx, sino en el que se gestó en los Andes
dentro del mundo de los incas. No ha aclarado si en
su proyecto se incluye la supresión del español
y del cristianismo, pero la propia lógica de
sus ideas, y su patente odio a las fuerzas culturales
y políticas europeas que subyugaron a los aborígenes
desde el siglo XVI, permiten vislumbrar un terrible
enfrentamiento. Si Quispe llegara a hacerse con el
poder el desenlace sería polpotiano.
La
tercera Bolivia es la que sueña Evo Morales,
un indígena que sólo habla castellano,
dirige una de las mayores fuerzas políticas
del país con presencia en el Parlamento y cuenta
con un 20% de respaldo popular. Morales es un revolucionario
castrochavista. Su comunismo no es el precolombino
de Quispe, sino el "científico" de
Carlos Marx, al que se ha asomado por medio de la
influencia ideológica de La Habana y los petrodólares
de Caracas. Su visión de la economía
coincide con la de la Central Obrera Boliviana, un
aparato sindical trotskista varado en el lenguaje
y las actitudes de la Guerra Fría. Morales
quisiera nacionalizar todas las propiedades extranjeras
y nacionales, es profundamente antiamericano, y lo
que con mayor energía lo enfrenta a Washington
es el tema de la coca. Estados Unidos pretende erradicar
ese cultivo en la zona andina, para que no llegue
a las calles de Los Ángeles o New York, y Evo
Morales, al frente de los cocaleros, sostiene que
esa planta es el corazón cultural y económico
de la región, algo que preocupa a los brasileros,
pues es a Río y Sao Paulo a donde suele ir
a parar el polvo blanco.
Al
encontronazo de esos tres sueños excluyentes
hay que agregar las tensiones regionales. Hay zonas
de Bolivia cultural y espiritualmente más cercanas
a Brasil que a La Paz. Hay otras que se identifican
con el norte de Argentina. Algunos regionalismos,
fatigados por el permanente desasosiego, decididos
a explotar sus recursos naturales, toman la pesimista
deriva de la secesión. No son nacionalistas,
sino, como mucha gente dentro y fuera del país,
han dejado de creer en Bolivia como un Estado unitario.
Quieren salvar el terruño porque piensan que
la tierra no tiene salvación.
Evidentemente,
todos los elementos en juego conducen a pensar que
el desenlace, otra vez, será violento, dado
que las tres opciones son excluyentes. Si en las próximas
elecciones triunfara Jorge Quiroga e intentara jugar
la carta de la modernidad occidental, fomentando el
capital nacional y atrayendo capitales extranjeros,
Quispe y Morales no tardarían en lanzar a sus
huestes contra las instituciones y el orden público,
colocando al gobierno, otra vez, ante la alternativa
de matar o rendirse. Si Quispe lograra articular una
insurrección étnica a gran escala encaminada
a destruir los fundamentos de la república,
el tercio del país que responde a los valores
que Quiroga representa -ejército incluido-
respondería a sangre y fuego. Por último,
si Morales, al frente de sus cocaleros, desde un poder
logrado por medio de una mayoría relativa,
intenta imponer un modelo colectivista inspirado en
el castrochavismo, deberá enfrentarse a todos
los demócratas y a una parte de los indigenistas
que lo califican de traidor a una raza.
El
resumen final es muy triste: los bolivianos no comparten
una visión consensuada de la nación
en la que viven. Por eso, lo probable es que estalle
en pedazos.
Carlos
Alberto Montaner
es escritor y Periodista, nacido en Cuba, vive en
España hace más de 40 años. Autor
entre otros libros "Viaje al Corazón de
Cuba". Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue publicado originalmente
en FirmasPress, el 14 de junio del 2005. Petroleumworld
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Bolivia 30 08 05
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