Una
actividad económica normal es la rentista.
Consiste en la obtención de recursos mediante
el aprovechamiento de una riqueza ya existente. No
es una actividad que genera nueva riqueza, pero puede
ser un aporte importante a la economía cuando
el rentista utiliza los recursos que obtiene para
mejorar sus condiciones de vida, de trabajo o de producción.
En Bolivia existe, lo sabemos luego de que se han
invertido centenares de millones de dólares
en exploración e infraestructura, una riqueza
apreciable: el gas natural. Esa riqueza, puesta a
disposición de los agentes económicos,
generará una renta. Esa renta es accesible
a través de las regalías y de los impuestos.
Pero hay dos preguntas clave al respecto: ¿A
quién pertenece esa riqueza?
¿Quién recibirá las rentas?
La primera tiene una respuesta directa y sencilla.
Esa riqueza pertenece al pueblo boliviano. Así
lo estipula la Constitución Política
del Estado y así lo reconocen todos los países
del mundo. Es parte de la soberanía, cuyo respeto
es básico para las relaciones entre los pueblos.
De modo que la riqueza natural del gas nos pertenece
a usted y a mí, como a los pocos millones de
personas que nacimos y vivimos en este territorio.
La segunda pregunta tiene una respuesta más
difícil. Todos los que reclaman una parte de
las rentas lo hacen asumiendo nuestra representación,
y también nos exigen que salgamos con ellos
a marchar y a bloquear para asegurar su tajada en
la torta nacional. Y así nuestra representación
se diluye en medio de pugnas y presiones, y al final
no sabemos realmente quién recibe nuestras
rentas (ni por qué); a no ser que nos incluyamos
en alguno de esos grupos que presiona y patalea, logrando
la tajadita que nos corresponde... o quizás
algo más.
Pero ¿qué pasa con los que no pueden
presionar? ¿Qué pasa con la mayoría
de los bolivianos, que no tienen organizaciones que
los lleven a marchar por calles y plazas, a bloquear
caminos ni a reclamar su cuota de las rentas en nombre
de todo el pueblo? Por supuesto que usted y yo lo
sabemos... Ésos son los marginados y los excluidos
de siempre, en cuyo nombre muchos dicen actuar, pero
de quienes muy pocos se acuerdan de verdad.
La experiencia ya nos ha enseñado, además,
que cuando nuestras rentas pasan por intermediarios,
como por ejemplo el Estado, pueden ser fácilmente
apropiadas por quienes tienen la fuerza de imponerse.
Especialmente si esos intermediarios son débiles
y vulnerables a la presión. Y así resulta
muy sencillo que muchos queden sin beneficio alguno.
Al analizar estos problemas, debemos reconocer que
vivimos días de extraordinaria importancia
para nuestro futuro. Sabemos que se generarán
nuevas rentas, que esas rentas incluso podrían
aumentar si logramos restablecer una relación
de buena sociedad con las empresas que tienen tecnología,
acceso a los mercados y capitales de inversión;
pero también ya podemos ver que esas rentas
corren el riesgo de esfumarse en el juego de presiones
que ya se ha desatado.
Un gobierno de pocos meses, cargado con la difícil
misión de restaurar el orden democrático,
y un Parlamento que ya se despide, han empezado a
ser asediados para que entreguen nuestras rentas,
las rentas de todos. No las rentas de este año,
ni las de los meses que quedan hasta que asuma un
nuevo gobierno, sino todas las que vengan a partir
de ahora. Hay grupos organizados que amenazan, se
coaligan, marchan, ponen en juego toda su fuerza para
apropiarse de nuestra renta: la suya, la mía
y la de Toribia Quispe, que vive en Tinguipaya y no
sabe siquiera que tiene derecho a su parte de beneficio
por el gas.
Las municipalidades reciben parte de los impuestos
y tienen el derecho y la obligación de cobrar
impuestos para proporcionar los servicios que la población
requiere. Las universidades también reciben
parte de los impuestos y también tienen la
posibilidad de cobrar por los servicios que prestan.
¿Por qué pretenden apropiarse de las
rentas que son de todos? Mañana, a la fila
de las presiones podrá sumarse quizás
la Policía, y luego las Fuerzas Armadas, los
sindicatos de esto y las cámaras de aquello
y las asociaciones de no sé qué.
El destino de esas rentas, la forma en que se utilicen
para beneficio de todos los bolivianos —y no
sólo de algunos— debería ser uno
de los temas centrales de la campaña electoral.
Cada uno de nosotros debería concentrar su
atención en lo que propongan los candidatos,
para ver si alguno tiene una idea clara y precisa
de lo que hará para que nuestra renta se use
verdaderamente en beneficio de todos. Éste
no puede ni debe ser un tema resuelto por una o dos
comisiones a las que se ha puesto contra la pared.
Por eso, ni el Gobierno ni el Parlamento deberían
dar ni siquiera la posibilidad de negociar este tema,
y mucho menos bajo amenazas y presiones. Que sea el
20 por ciento del 60 por ciento o el 15 por ciento
del 32 por ciento es igualmente abusivo para con los
derechos de los bolivianos. Si hoy ya se reparten
las tajadas grandes de la torta, ¿sobre qué
decidiremos en las elecciones y qué harán
el próximo Gobierno y el próximo Parlamento?
Los candidatos deben pronunciarse de inmediato, porque
mientras ellos buscan votos, se les empieza a escurrir
el poder que buscan para representarnos. Y cada uno
de nosotros debería apoyar al Gobierno para
que no ceda a las presiones. Ésa es, por ahora,
la única manera de defender lo que es nuestro
y de mantener abiertos espacios para la equidad y
oportunidades para el desarrollo.
Roberto
Laserna
es economista y PhD en sociología. Sus puntos
de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por La Prensa ( La Paz) el 4 de septiembre del 2005.
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Bolivia 05 09 05
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