La República cumplió casi doscientos años de vida, años llevados con esfuerzos, sacrificios, penalidades y también con altivez y dignidad. Como sus hermanas del continente, contribuyó a imponer en el mundo el modelo republicano que significó, en contraposición a la monarquía de ese entonces, una forma de gobierno democrática, representativa con autoridades elegidas que rotan perió- dicamente y división de poderes, sometida a una Constitución y desde el punto de vista ideal en búsqueda de lograr el bien público.
Su creación no fue sin oposiciones. Hubo patriotas y no pocos que fueron partidarios de traer y coronar un Rey europeo o tal vez alguien con el título de Inca, pero el intento falló. Uno de sus más decididos opositores fue Vicente Pazos Kanki, indio orgulloso de su estirpe, a la sazón uno de los redactores del periódico oficial de la Junta de Buenos Aires.
Ahora, con un decreto se suprime la denominación de República y se cambia inclusive de género. Cuanto más fácil era ser patriota con ella y hasta entregarle la vida como hicieron los bolivianos en las arenas del Pacífico, en las selvas del Acre o en los pajonales del Chaco que morir por un Estado, frío, distante, burocrático que Hegel lo creyó la encarnación de la racionalidad.
Para muchos se trata de un simple cambio de nombre, algunos ni siquiera se han dado cuenta que el país ha sido rebautizado sin decir agua va. Hoy, el país se denomina Estado Plurinacional de Bolivia. Tal vez sea sólo una veleidad de revolucionarios para mostrar que por lo menos las etiquetas cambian ya que las prácticas siguen. Pero, no. Hay en este hecho más que un juego de palabras. Cierto, toda República es un Estado, pero no todo Estado es una República. La primera tiene como virtud propia el bien común, dicen los filósofos clásicos. El segundo se organiza alrededor del ejercicio de la soberanía en un territorio en el cual existe un gobierno propio cualquiera sea su forma democrática, autoritaria, imperio pretendiendo monopolizar el uso de la violencia.
No faltará quienes piensen que caracterizar así la República es una ingenuidad, sino una tontería, pues ninguna en su desempeño real ha alcanzado el propósito. Dos pensadores han puesto su obra al servicio de la denuncia de los valores republicanos. Por un lado, K. Marx, que juzgó ideológica, es decir falsa, toda intención de justificar el uso del poder, invocando fines colectivos, ya que éstos servían para beneficio de la clase dominante en perjuicio de los proletarios, por eso anticipó que en la sociedad por llegar, liberada de todas las formas de alienación, el Estado desaparecería. Profecía que no se cumplió. Por otra parte, F. Nietzsche, autor de una filosofía aristocrática, equipara los valores, negando la superioridad de algunos o la inferioridad de otros, echando dudas sobre el sentido de la política y la moral. No hay base racional para establecer escalas de diferencia entre ellos. Sólo los hombres superiores pueden crear e imponer valores.
El mundo contemporáneo paradójicamente debe mucho en su visión de lo pluri-multi a estas concepciones antagónicas, no menos que al horror del nazismo y la pretendida superioridad física y moral de una raza. La multiculturalidad es un rasgo compartido por la inmensa mayoría de las sociedades actuales. Entonces, ¿cómo hablar, en un mundo plural, donde cada grupo tiene su bien propio, de un bien de todos, objeto de la República? ¿Hasta dónde alcanza el planteamiento? Los límites son difíciles de señalar. Sin embargo, hay uno que no se puede pasar: la convivencia social, democrática y pacífica que asegura a los diferentes actores, clases, regiones, movimientos, etnias que componen una sociedad como la boliviana, vivir juntos, participar en la política que interesa al conjunto. Cuando la anarquía se hace presente en el escenario, como lo descubrió Platón en su diálogo sobre La República, que trata de la justicia y la mejor forma de gobierno en una sociedad que ya se mostraba diversa, la inseguridad, la desconfianza, la violencia y el desorden campean entre los ciudadanos. Sus conclusiones destacan la fragilidad de la democracia si de ella se apoderan vicios, tales como, la palabra separada de la realidad, hueca, el discurso demagógico que terminan por reemplazar el bien común. ¿Cuál entonces puede ser éste? El mínimo común denominador para que la vida social, en despecho de los intereses dispares sin desconsiderarlos, pueda continuar.
El Gobierno tiene razón de ocuparse de la educación, tanto como un instrumento para el logro de fines, personales y grupales como para establecer una convivencia colectiva. Es importante e inexcusable conseguir resultados visibles en salud, vivienda, alimentación, seguridad social, pero a la vez construir una ciudadanía republicana, capaz de ir más allá de las geografías, de las historias particulares. El pasado debe emplearse para levantar la dignidad de todos no como arma de combate de unos contra otros. Su estudio está llamado a prevenir los errores del pasado.
Los valores de los pueblos originarios son tan importantes y propios como los de la cultura occidental-mestiza de la mayoría del país. La educación equivocaría su propósito si se limitara a forjar identidades cerradas, encapsuladas, que desconocen al otro, desconfiadas del diálogo con el cual se intenta llegar a un espacio de significados compartidos, voluntariamente, ajenos a las imposiciones.
De esta manera, el cambio de nombre oficial de República de Bolivia a Estado Plurinacional, proclamado sin ningún debate, no puede dejar indiferente al país, pues aquel sin el freno republicano puede ceder pronto a las inclinaciones autoritarias, al uso del poder sin respeto por las minorías. Lo que hubiese sucedido en el pasado no puede valer como argumento para ahora, en una sociedad que anhela la tolerancia y la justicia. La nueva denominación oficial de Bolivia no añade nada a nuestra tradición política y quita no pocas promesas.
Salvador Romero P. es sociólogo.Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por La Razón
25 06 09. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.
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