Difícilmente se puede encontrar una persona
que niegue la falta de seguridad jurídica en
Ecuador. Sus instituciones están pulverizadas.
Basta con recordar que desde diciembre de 2004 hasta
la fecha no hay prácticamente Corte Suprema
de Justicia, ni Tribunal Constitucional; que la Fiscalía
funciona con un subrogante desde hace meses y que,
desde hace un par de años, se registra una
situación similar en la Contraloría
General de la Nación; incluso en la Defensoría
del Pueblo no existe titular.
Desde
todos los ámbitos de la vida nacional hay razones
para exigir instituciones jurídicas sólidas
y confiables. Los solemnes reclamos por la seguridad
jurídica, sin embargo, se transforman en una
tomadura de pelo cuando casos jurídicos en
donde sólo hay lugar para decisiones jurídicas,
se los quiere llevar al campo económico y político.
Este es el caso de la caducidad del contrato con la
compañía petrolera Occidental (OXY).
La ley es clara. No da lugar a interpretaciones. Tampoco
hay margen para negociaciones, menos aún espacio
para cálculos de costo-beneficio. No se requiere
un gobernante salomónico. Simplemente hay que
garantizar la seguridad jurídica. Y eso exige
un juez probo. De eso se trata. OXY ha violado y sigue
violando la Ley de Hidrocarburos y el contrato suscrito
con el Estado. Estas violaciones son causales suficientes
para declarar la caducidad del contrato: sea por el
traspaso del 40% de derechos y obligaciones del contrato
de OXY a Encana sin que previamente se cuente con
la autorización expresa del Ministro de Energía
y Minas; por no haber realizado las inversiones mínimas
comprometidas contractualmente; por insistir en infracciones
al ordenamiento legal y reglamentario en casi todos
los ámbitos del contrato. Los incumplimientos
continúan: en junio OXY no estaba al día
en la entrega completa del porcentaje de participación
que le corresponde al Estado, debe más de 1,5
millones de barriles de petróleo.
Cumplida la ley, si se puede hacer un análisis
de costo-beneficio propio del mundo de los negocios.
Entonces se podría escoger entre entregar los
campos a otra empresa o permitir que Petroecuador
(preferentemente a través de una unidad ejecutora)
asuma el funcionamiento de la ex-OXY en Ecuador. Y
en esta definición, pensando en el interés
nacional, no conviene que una empresa privada se lleve
los campos de OXY, que produce más de 100 mil
barriles al día y que le deja al país
menos del 15% de la renta petrolera (TEXACO, en los
años 70 y 80, dejaba el 95%). Y que no se siga
desinformando, diciendo que Petroecuador no ha podido
subir sus niveles de producción por culpa de
sus sindicatos, pues para destruir sistemáticamente
al ente estatal, entre 1994 y 2004, entre otras trabas,
no le entregaron 1.460 millones de dólares
para todas las inversiones necesarias en el campo
de la producción de crudo, lo que provocó
pérdidas para Ecuador por 4.580 millones de
dólares. Sobre estas cuentas y negociaciones
podemos discutir más adelante. Lo que interesa
ahora es simplemente el cumplimiento de la ley.
Darle la razón a la OXY, por miedo al garrote
imperial, ratificaría que este pequeño
país andino no es más que una colonia
y que el discurso de la seguridad jurídica
es una falacia.
Alberto
Acosta
es economista e investigador ecuatoriano. Columnista
del Diario Hoy y de otras publicaciones periódicas.
Asesor de varios movimientos populares. Sus puntos
de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por La Patria
(Oruro), el 5 de septiembre del 2005. Petroleumworld
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