Muy a mi pesar, otra vez me ocupo de la conducta funcionaria de José Miguel Insulza, secretario general de la OEA. Pero no tengo otro remedio, pues siguen sus chocantes actividades, sus objetables propuestas y su reiterada parcialización.
Habrá que recordar que la elección de Insulza fue resistida. En unos casos, por su pasado extremista y tránsfuga, aunque en otros, hubo mal manejo de los argumentos, como la estridente posición durante la presidencia de Carlos Mesa que basara esa oposición en la nacionalidad chilena del candidato.
Lo cierto es que Insulza no despertó ninguna esperanza; fue electo luego de 6 empates en otras tantas votaciones. Por supuesto que el voto del gobierno de Hugo Chávez contó mucho, creando una deuda del secretario general que ahora procura pagar a costa de faltar a la coherencia y a la rectitud funcionaria. Pero es más, el nuevo secretario general tuvo que soportar mansamente insultos e imposiciones de Chávez, que ya lo ha llamado “pendejo”.
Es bueno recordar que Insulza ha transitado en su país por distintos caminos políticos: fue demócrata cristiano, luego se afilió al Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), una facción de su suegro que abandonó la Democracia Cristiana y se declaró marxista. Finalmente, se unió al Partido Socialista de Chile. Insulza no es, precisamente, exponente de consecuencia, ni política ni personal. Estos antecedentes hacen comprensible su reciente conducta. La decencia le es desconocida.
A propósito de la crisis de Honduras, hace unas semanas este Insulza fue a Tegucigalpa y, muy orondo, con su prepotencia por delante, dijo que durante su permanencia no hablaría con los nuevos gobernantes, porque él –vaya importancia que se da “el perla”– no los reconoce como legítimos. Y volvió a sus bravatas, tan parecidas en esencia a las desenfrenadas del sátrapa de Caracas.
Resulta que, ahora, la OEA decide que una misión integrada por algunos cancilleres visite Honduras, y se procure que el presidente Micheletti acepte el llamado “Plan Costa Rica” diseñado por el presidente Oscar Arias, para que vuelva el estrafalario Zelaya por los pocos meses que le faltan para que cumpla su malhadado mandato. Por supuesto que Insulza, que en toda boda quiere ser, por lo menos, el padrino, se incluyó a sí mismo entre los cancilleres, aunque la pregunta surge: ¿qué tiene que hacer este patético personaje ante los gobernantes que él pretendió no reconocer por ilegítimos?
La reacción hondureña fue comprensible: El nuevo gobierno objetó la presencia de Insulza que, tozudamente, pretende ser parte de los que “negocien” un acuerdo para solucionar la crisis. Nadie sabe qué pasó; Tegucigalpa, finalmente aceptó que viaje Insulza, pero sólo como observador, es decir en la calidad que debió ostentar desde el comienzo. Esto seguramente es un castigo humillante a quien quería “colarse” entre los que si tienen el poder político en la organización: los países miembros. En otras circunstancias, y luego de recibir cien mil palos, un secretario general honesto y con un mínimo de decencia, presurosamente habría renunciado.
La secretaría general no le sirvió a Insulza para su objetivo final: ser una opción para la presidencia de Chile. Ahora, sólo cosecha el rechazo general por su chatura moral. Pero, hasta ahora, no renuncia…