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Comentario Editorial/Opinión


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Daniel A. Pasquier R. :
MAS, ¿la oportunidad perdida?


La resaca dura ya ocho meses. La indiscutible victoria del MAS en diciembre llevó a Evo Morales al gobierno el 22 de enero 2006, y con él, la esperanza de sus seguidores indiscutiblemente, pero también la de otros, quizás muchos, que presenciaban la caída de los partidos tradicionales envueltos en las trenzas de una burocracia indolente e ineficiente en la administración del estado (el país estable pero sin crecimiento), del prebendalismo más vergonzoso y humillante en el accionar político social (cuoteo para los jefes y, como siempre, migajas de azúcar, arroz, galletas y poleras como única doctrina y práctica cuando convocaban a una nueva contienda electoral) y, sobre todo, arrastrados por la gran red de corrupción con acceso restringido a un pequeño grupo de privilegiados ancestrales, algunos casos ya centenarios.

Los ciegos no ven y los sordos no escuchan. Es de ciegos a estas alturas dudar de que existen en el país visiones distintas sobre lo que debería ser Bolivia, un proyecto compartido por todos los bolivianos. Pero todos tienen el derecho y quizás también la capacidad de analizar las opciones y alternativas que tenemos como colectividad. Opiniones expuestas públicamente a consideración y hasta a referéndum si son tan importantes y se considera necesario; opiniones expresadas por patriotas, no por vendepatrias, en ejercicio de una capacidad jurídica reconocida en todo el mundo, porque ese reconocimiento de derechos individuales es parte del avance histórico de la humanidad: expresar ideas y opiniones en libertad. Con fundamentos históricos, sociales, económicos y culturales se han expuesto al menos dos propuestas para Bolivia siglo XXI: la primera, la tradicional unitaria, andino centralista, autoritaria, de concepción socialista (desde socialdemócratas a comunistas), y la otra renovadora, que se inclina por un estado unitario autonomista, democrático, y propugnadora en la práctica de una economía social de mercado.

El 54 por ciento en las urnas era la gran oportunidad para Bolivia, pero se la está dilapidando. La dirigencia del partido ganador ha optado por la primera alternativa, la tradicional, con el ropaje ultratradicional del indigenismo andino. A ocho meses de gobierno la desilusión, el desencanto, es mayor y creciente. Al optar por una línea intervencionista los ejecutivos del MAS se han granjeado antipatías a todos los niveles, dentro y fuera del país, con el añadido de que se han comportado faltos de respeto tanto a personas como a normas, leyes y contratos, y justo desde Bolivia, que debería proyectarse como país de contactos, abierto a la cooperación internacional, hospitalario para con todos los pueblos del mundo, lo que no está reñido con la prioridad que deben ser los campesinos e indígenas, de oriente y occidente, los más necesitados entre los bolivianos. Se han complicado más al alinearse con los peores compañeros de ruta, o como tontos útiles. Del desencanto a mayores índices de pobreza, de desempleo, de migración al exterior, del achicamiento de la economía, es sólo cuestión de esperar las estadísticas de fin de año.

El desorden, la convulsión, el enfrentamiento entre hermanos, “la democracia en las calles”, es un futuro cierto para el país, con consecuencias imprevisibles. Los que pretendían obtener beneficios inmediatos, los más bravos, ya claman por sangre. Pero es que la realidad se impone y el estado no puede satisfacerlos por muy irresponsable que sea, pues para empezar a disminuir el número de pobres, para crear riqueza y poder repartir, hay que ponerse a trabajar no a bloquear; hay que invertir y eso se logra creando condiciones atractivas en las calles, en los ambientes de empresa, proyectando una imagen de tranquilidad (donde cada uno está en su oficio), y sobre todo, cumpliendo nuestros compromisos, lo que da garantías de que somos personas, empresarios, un país fiable. Lo demás es demagogia, esa mezcla de irresponsabilidad e ignorancia que recurrentemente ataca la mente de nuestros líderes. La oclocracia, ya tan mencionada, la turbamulta imponiendo desde las calles, con dinamita o sin ella, los que les viene en gana, no es gobierno para el bien de los pobres, pues en el desorden no se genera riqueza para el rico, peor empleo para los pobres. El ejercicio del poder político no garantiza mayor bienestar para las mayorías ni para los excluidos, aunque seguramente sí lo traerá para sus dirigentes, que no tardan en aprender todas las mañas para enriquecerse con los bienes de todos.

La intransigencia radical indigenista no es la solución estructural para los males sociales de Bolivia y a su dirigencia bien le vendría aplicar sus propios postulados, ya que en la madre naturaleza los cambios violentos se denominan “catástrofes”, lo normal es el cambio progresivo, en el tiempo, evolutivo, hacia lo mejor. Esto no lo entienden los extremistas, como ya lo denunció el mismo Marx (sí, ese del que muchos de los actuales gobernantes se jactan de ser sus discípulos), cuando denuncia que esas posturas radicales, cerradas al diálogo y a construir en consenso, son fruto de la incrustación de pequeños burgueses en la estructura de los movimientos sociales.

El ascenso al poder del proletariado, en nuestro caso de campesinos e indígenas, de mano de estos marxistas de escritorio, sólo lleva a explotar resentimientos, sentimientos de venganza (los famosos 500 años de exclusión), y crear condiciones de enfrentamiento que finalmente harán retroceder la marcha de los pobres en el recto camino en busca de una sociedad más justa. En el fondo desconocen “la dialéctica” en lo social y será nadie menos que Lenin el que con furia califique a estos extremistas radicales, como “una enfermedad infantil del comunismo”.

La propuesta autonomista de Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz debe ser respetada y atendida por estos nuevos centralistas, ya bastan 181 años, si es que de verdad están a favor del pueblo, y quieren colaborar para acabar con la exclusión, la pobreza y la indignidad de tener un país al borde del enfrentamiento. Lo contrario, es la verdadera traición a Bolivia.

 

Daniel A. Pasquier Rivero es columnista en los medios. Los puntos de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por El Nuevo Día, el 14 de septiembre del 2006. Petroleumworld Bolivia no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.
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