La
resaca dura ya ocho meses. La indiscutible victoria del MAS en diciembre
llevó a Evo Morales al gobierno el 22 de enero 2006, y con
él, la esperanza de sus seguidores indiscutiblemente, pero
también la de otros, quizás muchos, que presenciaban
la caída de los partidos tradicionales envueltos en las trenzas
de una burocracia indolente e ineficiente en la administración
del estado (el país estable pero sin crecimiento), del prebendalismo
más vergonzoso y humillante en el accionar político
social (cuoteo para los jefes y, como siempre, migajas de azúcar,
arroz, galletas y poleras como única doctrina y práctica
cuando convocaban a una nueva contienda electoral) y, sobre todo,
arrastrados por la gran red de corrupción con acceso restringido
a un pequeño grupo de privilegiados ancestrales, algunos casos
ya centenarios.
Los
ciegos no ven y los sordos no escuchan. Es de ciegos a estas alturas
dudar de que existen en el país visiones distintas sobre lo
que debería ser Bolivia, un proyecto compartido por todos los
bolivianos. Pero todos tienen el derecho y quizás también
la capacidad de analizar las opciones y alternativas que tenemos como
colectividad. Opiniones expuestas públicamente a consideración
y hasta a referéndum si son tan importantes y se considera
necesario; opiniones expresadas por patriotas, no por vendepatrias,
en ejercicio de una capacidad jurídica reconocida en todo el
mundo, porque ese reconocimiento de derechos individuales es parte
del avance histórico de la humanidad: expresar ideas y opiniones
en libertad. Con fundamentos históricos, sociales, económicos
y culturales se han expuesto al menos dos propuestas para Bolivia
siglo XXI: la primera, la tradicional unitaria, andino centralista,
autoritaria, de concepción socialista (desde socialdemócratas
a comunistas), y la otra renovadora, que se inclina por un estado
unitario autonomista, democrático, y propugnadora en la práctica
de una economía social de mercado.
El
54 por ciento en las urnas era la gran oportunidad para Bolivia, pero
se la está dilapidando. La dirigencia del partido ganador ha
optado por la primera alternativa, la tradicional, con el ropaje ultratradicional
del indigenismo andino. A ocho meses de gobierno la desilusión,
el desencanto, es mayor y creciente. Al optar por una línea
intervencionista los ejecutivos del MAS se han granjeado antipatías
a todos los niveles, dentro y fuera del país, con el añadido
de que se han comportado faltos de respeto tanto a personas como a
normas, leyes y contratos, y justo desde Bolivia, que debería
proyectarse como país de contactos, abierto a la cooperación
internacional, hospitalario para con todos los pueblos del mundo,
lo que no está reñido con la prioridad que deben ser
los campesinos e indígenas, de oriente y occidente, los más
necesitados entre los bolivianos. Se han complicado más al
alinearse con los peores compañeros de ruta, o como tontos
útiles. Del desencanto a mayores índices de pobreza,
de desempleo, de migración al exterior, del achicamiento de
la economía, es sólo cuestión de esperar las
estadísticas de fin de año.
El
desorden, la convulsión, el enfrentamiento entre hermanos,
“la democracia en las calles”, es un futuro cierto para
el país, con consecuencias imprevisibles. Los que pretendían
obtener beneficios inmediatos, los más bravos, ya claman por
sangre. Pero es que la realidad se impone y el estado no puede satisfacerlos
por muy irresponsable que sea, pues para empezar a disminuir el número
de pobres, para crear riqueza y poder repartir, hay que ponerse a
trabajar no a bloquear; hay que invertir y eso se logra creando condiciones
atractivas en las calles, en los ambientes de empresa, proyectando
una imagen de tranquilidad (donde cada uno está en su oficio),
y sobre todo, cumpliendo nuestros compromisos, lo que da garantías
de que somos personas, empresarios, un país fiable. Lo demás
es demagogia, esa mezcla de irresponsabilidad e ignorancia que recurrentemente
ataca la mente de nuestros líderes. La oclocracia, ya tan mencionada,
la turbamulta imponiendo desde las calles, con dinamita o sin ella,
los que les viene en gana, no es gobierno para el bien de los pobres,
pues en el desorden no se genera riqueza para el rico, peor empleo
para los pobres. El ejercicio del poder político no garantiza
mayor bienestar para las mayorías ni para los excluidos, aunque
seguramente sí lo traerá para sus dirigentes, que no
tardan en aprender todas las mañas para enriquecerse con los
bienes de todos.
La
intransigencia radical indigenista no es la solución estructural
para los males sociales de Bolivia y a su dirigencia bien le vendría
aplicar sus propios postulados, ya que en la madre naturaleza los
cambios violentos se denominan “catástrofes”, lo
normal es el cambio progresivo, en el tiempo, evolutivo, hacia lo
mejor. Esto no lo entienden los extremistas, como ya lo denunció
el mismo Marx (sí, ese del que muchos de los actuales gobernantes
se jactan de ser sus discípulos), cuando denuncia que esas
posturas radicales, cerradas al diálogo y a construir en consenso,
son fruto de la incrustación de pequeños burgueses en
la estructura de los movimientos sociales.
El
ascenso al poder del proletariado, en nuestro caso de campesinos e
indígenas, de mano de estos marxistas de escritorio, sólo
lleva a explotar resentimientos, sentimientos de venganza (los famosos
500 años de exclusión), y crear condiciones de enfrentamiento
que finalmente harán retroceder la marcha de los pobres en
el recto camino en busca de una sociedad más justa. En el fondo
desconocen “la dialéctica” en lo social y será
nadie menos que Lenin el que con furia califique a estos extremistas
radicales, como “una enfermedad infantil del comunismo”.
La
propuesta autonomista de Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz debe ser
respetada y atendida por estos nuevos centralistas, ya bastan 181
años, si es que de verdad están a favor del pueblo,
y quieren colaborar para acabar con la exclusión, la pobreza
y la indignidad de tener un país al borde del enfrentamiento.
Lo contrario, es la verdadera traición a Bolivia.
Daniel
A. Pasquier Rivero
es columnista en los medios. Los puntos de vista expresados no necesariamente
son los de Petroleumworld.