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Comentario
Editorial/Opinión
Extra
Gonzalo
Mendieta Romero: Superagente 86
La
muerte por vejez del Superagente 86 debería haber tenido
más ecos en esta tierra que le ha dado tantos émulos
sin talento, desafiando a los siniestros designios de la organización
criminal K.A.O.S., en perpetua conspiración para hacernos
mal, a nosotros que somos tan buenos en nuestra infinita ingenuidad.
Contrariamente, no se vieron homenajes, discursos ni desfiles,
a los que somos tan proclives. Fue así, para que nadie
se percate del mecánico culto que le rendimos. Nada como
heredar sin reputarse heredero. Los discípulos criollos
del Superagente 86 no quisieron reconocerse en él, probablemente
por su falta de gracia. Tan ingenuos en su tedio, como ingratos.
Este despistado tributo en días de incertidumbre electoral
pretende insuflar admiración por otros tipos humanos
que no sean el conquistador, el luchador y la víctima,
que provocan un empalago supino, dado su escaso poder transformador
y falta de novedad, una vez aprendidos sus trucos básicos.
Decenios y quizás centurias de conquistadores, luchadores
y víctimas nos tienen en este estado. Es como para que
variemos un poco, idolatrando a la diversión como becerro
de oro, a ver si, aun sin mejorar, carcajeamos más de
lo que lamentamos.
Nuestra política está signada por el eterno retorno
de los mismos arquetipos, con ropaje nuevo y viejos moldes.
Sucede, para infortunio de tanto zurdo soñador, tanto
en la izquierda como en la derecha. No es motivo para que creamos
en nuestra excepcionalidad, pues una campaña política
es en cualquier parte del mundo circunstancia para enviar elementales
mensajes de la lucha del bien contra el mal, de la sorda batalla
entre K.A.O.S. y C.O.N.T.R.O.L. Reclamar contra esta fatalidad
del mundo moderno podría asemejarse a la majadería.
Contrariamente, una dosis de esperanza en la misericordia de
los jefes de campaña no podría ser tildada de
romanticismo.
Las elecciones, fenómeno televisivo más que político,
podrían ser motivo para introducir nuevas formas de invocar
el voto. Abandonar, aunque fuere sólo gradualmente, el
icono del príncipe, azul o de otro color, rescatando
a la bella princesa del pueblo de las fauces del ogro de la
codicia. Exiliar la imagen del conquistador o del guapo, varón
seguro y heroico, capaz de cualquier hazaña, en quien
ciframos la esperanza de hallar el Paititi y llenarnos súbitamente
de oro, esperemos que con mucha aventura y poco trabajo. Archivar
para siempre la figura de la víctima honesta, mejor si
virgen y madre, venida a redimirnos del pecado, a enseñarnos
igualdad y decoro. Prohibir la reencarnación de Pedro
Domingo Murillo, Tomás Katari, Alejo Calatayud o Andrés
Ibáñez en personajes de menor porte. Admitir con
indulgencia, en cambio, que éstos guarden un silencio
bastante parecido a la estupidez.
Provocar un retorno a David Santalla, para ponerle forma local,
con brujas haciendo propaganda de escobas “Royal”,
como mi memoria registra ocurría en los setenta, para
barrer con el polvo del pasado, dejando intactos los muebles.
Opción respetable que nos libraría provisionalmente
de tanta cojuda solemnidad que intima a apostar por los mismos
paquetes, sin regalos. “Las brujas al poder” podría
ser una consigna que recuerde a las putas al poder de las Mujeres
Creando, ya que los hijos de tanta buena madre nos traen así.
Mientras, a cambio, podríamos tolerar tener elecciones
conforme a los datos del censo levantado por la administración
crucista del siglo XIX, para contentar a los tipos que hablan
a nombre de los fantasmas de la gente que abandona sus regiones.
Sería una muestra de gracia que no intentaría
pasar por lealtad a la región. Transitaría por
excentricidad, que es un bien superior a la picardía,
al menos por su escasez.
Porque las campañas electorales son también expresión
de una faceta adulatoria que está entre las raíces
de nuestros males. Responsabilidad de tanto gobernante o candidato
no es lo que sobra. No debería, empero, implicar renuncia
a examinar las lacras colectivas, del siempre idolatrado pueblo,
como nuestro sino colonial y precolonial de admirar al aventurero
y al autócrata, y simultáneamente querer para
nosotros la santidad de sus víctimas.
Una campaña política mediática es, con
toda seguridad, el peor foro para expurgar los vicios de nuestra
mentalidad. Si al menos fuera escenario para la chanza común,
aseguraría mayores resultados que las suculentas promesas
que revelará. Superagente 86, ruega por nosotros pecadores,
tan aburridos sin tu humor.
Gonzalo
Mendieta Romero
es colaborador de La Prensa.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado porLa
Prensa, el 29 de septiembre
del 2005. Petroleumworld Bolivia no se hace responsable por los
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Petroleumworld Bolivia 03 10 05
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Gonzalo Mendieta Romero.
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