Comentario
Editorial/Opinión
Extra
José
de la Fuente: La tragedia de Huanuni
Escribir
sobre la tragedia minera en Bolivia es una reiterada, penosa y sangrienta
remembranza que nos lleva directamente a la tradición de un trágico
sino histórico nacional, pero también, con no poco orgullo,
al penúltimo ícono de nuestra proverbial riqueza natural:
el Estaño. El mineral que hizo nuestra memoria política
y social del último siglo, un aspecto central de la épica
de la Revolución de 1952 y cuyos resultados para bien y mal seguimos
viviendo como país.
Y,
ahora, luego de esa época histórica, mezcla de lucha social
y fracaso de la administración estatal de la minería,
una enésima tragedia –particularmente estúpida,
desgraciada y en democracia–, no podemos dejar de pensar en sus
dimensiones y en la profundidad con la que abraza al país entero.
¿Qué paso en Huanuni? Fue tan grave lo sucedido, que por
respeto a su gravedad sólo debiésemos pensarlo en torno
a nuestras responsabilidades ciudadanas y el derecho de soñar
en otro país; pero escapando, radicalmente, de la otra miseria,
la mediocridad y la falta de imaginación política, parte
esencial de lo que acabamos de vivir.
En
esa línea, reflexiva y de responsabilidad ciudadana, queremos
dejar constancia de cuando menos cinco lecciones para asimilar lo sucedido
y otear alternativas. Lo primero, ese horror -insisto; sangre y estupidez-
nos acaba de mostrar la urgencia de plantearnos una esperanza compartida
de otro país, que es la discusión de un Estado y sociedad
hartos distintos de los que tenemos y que implica una firme voluntad
de asumir cambios de fondo; esta actitud es esencial, en lo mínimo
en que tenemos que estar de acuerdo es en la urgencia de cambiar, todos,
unos y otros.
Segundo,
el análisis de tamaña desgracia no puede reducirse al
último cuarto de siglo, por más razones objetivas que
hubiese para temporalizar así lo sucedido; si bien no puede olvidarse
la impronta de quienes en ese tiempo pensaron resolver los temas estatales
como cuestiones de meros joint ventures u otros negocillos internacionales,
supuestamente milagrosos. El menor de los verdaderos horizontes de la
problemática tiene que ver con el Estado del 52 y el mayor con
el eterno desafío boliviano de explotar racional, rentable y
sosteniblemente sus ingentes recursos naturales para construir un país.
Tercero,
la cuestión de cómo plantear la explotación de
los recursos naturales debe partir de una visión nacional que
no la tenemos o que, cuando menos, no es la conocida, y que ello implicará
redefinir los conocidos y fracasados roles del Estado, la institucionalidad
pública y hasta de los sindicatos. Y, sobre todo, estar conscientes
de que enfrentar esa problemática estructural es plantearse la
creación de riqueza material y su distribución social
y que ello no sólo es “negociación” entre
sectores o la distribución física del recurso natural
entre los vecinos inmediatos, por más justo que aquello pareciese;
la cuestión es principalmente económica – productiva
y su único rasero válido es mostrarla rentable económica
y socialmente.
Cuarto,
que parte de la complejidad de la crisis que vivimos es que estamos
al medio de una ingesta ideológica que llega al extremo de amenazar
la comunicación básica, la utilidad del lenguaje y que
impide no sólo el debate, sino la misma concertación.
Chocan los sentidos discursivos de quienes gobiernan ante un estado
de crisis que obligó a las mayorías nacionales a tomar
el gobierno con indiscutible legitimidad y que empieza, también
con todo derecho, por expresar su enojo y amargura por tanta postergación
y miseria; pero que mayormente sirve para el testimonio y poco para
la gestión gubernamental. Al frente, los discursos conservadores
incapaces de reconocer su responsabilidad en el desastre y dedicando
su escasa imaginación política y social para hacer calculillos
que protejan sus privilegios y ese sistema corrupto de administrar el
Estado.
Lo
fundamental es que, discursos y visiones sólo sirven para mostrar
horizontes y nada más, entre el lugar real donde estamos –la
tragedia de Huanuni– y la transformación estatal profunda
necesitamos visiones alternativas y una enorme capacidad política
para desarrollarlas; y cuya principal responsabilidad es gubernamental.
Quinto,
que la paz y la anhelada concertación nacional, no son treguas,
consensos o los famosos Acuerdos Nacionales a que nos acostumbraron
en el último cuarto de siglo democrático. Ella no vendrá
mientras no resolvamos estructuralmente las visiones antagónicas
de país por la única tangente posible: un proyecto alternativo
de país. La discusión de fondo, -sin soslayar la urgencia
ética de procesar criminalmente a los responsables de los hechos-,
es una cuestión estatal de carácter básico e implica
centralmente la responsabilidad de la sociedad y de los ciudadanos;
no sólo de los políticos, acá estamos todos.
Esta
vez, el gran acuerdo sólo puede ser sobre la base de un plan
de transformación profunda de la democracia, el Estado y la sociedad
y esta posibilidad, agradezcámoslo, nos ofrece la mal comprendida
Asamblea Constituyente; por supuesto lejos de esa idea politiquera de
que es una cuestión de números quebrados o absolutos.
Es una cuestión política de primer orden y sólo
puede enfrentársela con imaginación, ideas revolucionarias
y la consciencia que tenemos nuestro futuro a la mano pero que hay que
construirlo.
Esto
es lo menos que debemos a la tragedia minera de Bolivia.
José de la Fuente
es coordinador de la Unidad de Acción Política (UAP) en
CIPCA Nacional. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor:Este comentario fue originalmente publicado por Jornada,
11 de Octubre del 2006. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.
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