Cuando
Alcides D’Orbigny llegó por primera vez a Santa
Cruz en noviembre de 1830, según relata en Viaje a la
América meridional, se encontró con un paraíso
tropical. “Son aquí aguaceros incesantes, torrentes
que inundan toda la región y llenan todas las llanuras,
formando momentáneamente lagos. Todo está húmedo,
todo está mojado”. Y prosigue: “La llanura
se halla primero entrecortada de bosquecillos y praderas, rodeada
al norte por las florestas de las orillas del Piray, cuyo curso
seguí. El campo, al comienzo de la estación de
lluvias, es de lo más bello. Los bosques están
llenos de brotes, de color verde tierno y de flores elegantes
y variadas; las llanuras están cubiertas de una hierba
alta y tupida, esmaltada de plantas florecidas de diversos colores”.
Escasa población pero con “esa bonhomía
de los habitantes de las campiñas, que los lleva siempre
a recibirnos con la sonrisa en los labios y deferencias de toda
clase”.
130 años más tarde, al inicio de 1960, esto es
hace 45 años, mi impresión personal fue de una
“capital dormida con techos de teja y florecientes cactus
sobre ellos, calles de arena, corredores donde los tranquilos
habitantes hacían su siesta, en ese entonces de algo
más de 60.000 habitantes”, en un pueblo extraordinariamente
amable y acogedor. Su campiña seguía siendo rica
en bosques, y la agricultura se tropezaba con las lluvias, que
hacían que, apenas se terminara de limpiar un campo,
la vegetación creciera.
Mis visitas recientes a la capital se encuentran con una ciudad
pujante, como capital del departamento y locomotora económica
del país, a través de una agricultura bastante
moderna, fuertemente vinculada a la exportación de productos
agrícolas y agroindustriales. Cuenta con dos instituciones
que la caracterizan. Una, el Carnaval, un tanto a la usanza
del de Río de Janeiro, pero que combina la alegría
que ha caracterizado al pueblo cruceño con una intensa
actividad económica. La otra, una feria industrial y
comercial que cada año sigue creciendo en cuanto a número
de visitantes y negocios.
Pero parece que el gusto cruceño de vivir en medio del
campo está siendo reemplazado por el ladrillo, el cemento
y el asfalto. Resulta chocante encontrarse con una plaza 24
de Septiembre remodelada, donde un amplio sector carece de la
sombra de unos bellos toborochis o tajibos, que podrían
darle hermosos colores en la época de floración.
Sus asientos de material pétreo, descubiertos, me imagino
que en días de sol son verdaderas planchas en las que
no se posarán ni las palomas. Igual, en la extensión
que se encuentra detrás de la actual sede parlamentaria,
desnuda, sin árboles, hay apenas unas pocas palmeras.
La plaza empresarial de Equipetrol es un hermoso edificio de
ladrillo, pero con una plaza adornada por palmeras de tronco
de piedras y follaje de fierro. Copia de las que se encuentran
en El Alto de La Paz.
Por último, el reelegido alcalde Fernández, un
excelente profesional, un hombre de la ‘bonhomía’,
como describía D’Orbigny, estará empeñado
en ampliar los desagües de la ciudad. Pero lo que la ciudad
necesita es recuperar el concepto natural de absorber parte
de esa agua para que alimente naturalmente los parques públicos
y los jardines.
El campo ferial, un hermoso avance económico, se va cubriendo
de construcciones y espacios cementados, aunque reduce cada
vez más su hermoso entorno de árboles y vegetación,
que da aroma, color y es refugio de las aves y los grillos que
dejan escuchar su música al amanecer y anochecer.
Si la ciudad de Santa Cruz no retoma una línea más
ecológica, acabará desertificada y ‘descertificada’
en cuanto a su calidad de vida.
Hernán Zeballos H.
es
Superintendente general Sirenare (Sistema de Regulación
de Recursos Naturales Renovables). Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por El Deber
( Santa Cruz), el
23 de noviembre del 2005. Petroleumworld Bolivia no se hace
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