Samuel Doria Medina cree que todo se puede comprar. Se compró
todas las empresas de cemento del país formando un monopolio,
se compró un partido, una militancia ficticia, una ideología
centrista y prestada y, ahora, quiere comprarse el sillón
presidencial.
Sin
embargo, un buen empresario no necesariamente es un buen presidente.
Dicen que Doria Medina, en privado y en público se compara
a sí mismo con Max Fernández, no por nada tiene
a uno de los herederos de éste en sus listas de candidatos.
Pero quizás, en realidad, la comparación más
acertada sería con Gonzalo Sánchez de Lozada.
Goni,
igual que Doria Medina, era uno de los más exitosos empresarios
de nuestro país. En un momento dado de sus vidas, a ambos
sus empresas les quedaron pequeñas para el tamaño
de sus ambiciones personales, ya que supuestamente los dos vendieron
sus empresas y se preguntaron a sí mismos: ¿por
qué no hacerme cargo del país?
Goni
y Samuel comenzaron como ministros del sector económico
y parece que les gustó. Es cierto que Goni apuntó
en su curriculum, para bien o para mal, el famoso Decreto Supremo
21060 para acabar con la hiperinflación, mientras que
el paso de Doria Medina fue mucho más modesto y tuvo
que conformarse con privatizar un par de hoteles y alguna hilandería.
En
lo político, Goni se compró el MNR cuando Paz
Estenssoro ya estaba demasiado viejo para evitarlo. Doria Medina
trató de comprarse el MIR, pero se topó con un
Jaime Paz que todavía no estaba dispuesto a tirar la
toalla. Por eso, tuvo que adquirir un nuevo partido full equipo
al que llamó Unidad Nacional y en el que también
es dueño hasta de los ceniceros.
Para
desgracia de muchos bolivianos, a Goni no le fue tan mal como
político: llegó a Presidente dos veces. Sin embargo,
en su primera experiencia vendió todos los bienes públicos
y en la segunda tuvo que huir en helicóptero dejándonos
hundidos en la más profunda crisis política de
la que tenemos recuerdo. Goni pensaba que un país se
gobernaba de la misma manera en la que se dirige una empresa.
Se olvidaba que los países tienen ciudadanos, no trabajadores
ni accionistas, y que el dinero y los activos que administra
no le pertenecen a él, sino que son el patrimonio de
todos.
Samuel
va por el mismo camino. Detrás de un discurso ideológicamente
vacío en el que defiende un “extremo-centrismo”
desbocado (no es de derecha ni de izquierda sino todo lo contrario),
se esconde la ambición personal de un hombre que ha decidido
que Bolivia merece que “él” sea el Presidente.
Si lo logra, cosa poco probable, querrá poner a todos
los gerentes de sus empresas de ministros y pensará que
se gobierna un país como se administra una cementera.
Pero
al final, es nomás cierto que ambos no se parecen en
todo, pues Doria Medina tiene menos carisma que un tanque de
agua hecho de concreto. Sólo sonríe cuando sube
el precio de la bolsa de cemento y no me lo imagino contando
chistes socarrones como hacía Goni. No lo sé,
quizás ese es un punto a su favor.
F.
Javier Limpias Ch.
es
articulista de varios medios. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por El Nuevo Día
( Santa Cruz), el
23 de noviembre del 2005. Petroleumworld Bolivia no se hace
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